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El pecho pesado o las palabras más bonitas del idioma español



Foto aleatoria
Foto de las fotos de Sara Pérez Castillo

Este es un texto que responde un juego que aprendí en el 2003 de palabras impuestas, no tan lejano a la dinámica a la que obedecen los juegos de Las Palabras Favoritas que le aprendí a Jacinta Escudos. Esta lista de palabras impuestas viene de un pedacito de internet, la lista “Las 20 palabras más bonitas del idioma español” de Upsocl.com. Me dio ganas, desde hace días, de venir a jugar con estas palabras bonitas que se pueden usar en pensamientos feos. Mientras algunos rememoran el lanzamiento de Window’s 95 y otros se preocupan por la bolsa de China, yo huyo por túneles hacia nudos de pensamientos inconsecuentes que no van a cambiar las crisis que me (nos) rodean.

Las historias actuales rara vez, quizás, me atrevo a decir, están dictadas por semejantes 20 palabras (las más bonitas del idioma español, según la fuente citada allá arriba con hipervínculos). Esta es una historia escrita en dos patadas en las que sí son estos términos bonitos los que marcan el cuento, la historia, el pues sí, ¿por qué no?

El pecho pesado

Era una persecución, con caballos; un jinete sin cabeza venía corriendo atrás de Priscila con mucha determinación y parecía que la única salida era un precipicio poroso… cuando, despertó del sueño. Priscila, con P de prefacio y R de resistencia, había hecho de sus sábanas una gran maraña y reconoció en el latido de su corazón la resaca de una pesadilla de cuando estaba en primer grado. Y reconoció el pulsante dolor de cabeza localizado en el hemisferio sur. Así es cómo se siente que te den con un bate. Mejor me doy la vuelta, y se puso boca arriba adonadada sobre el colchón melifluo como hecho de nubes. El anuncio decía que era contra migrañas y que en una siesta en su cama Steady Foam era como dormirse en la estratósfera. Solo Priscila se cree esos cuentos.

El pecho aún le dolía, no se había repuesto del corazón. No se lo habían roto, le dijo el Doctor, pero sí estaba machucado. Por un elefante. Que están locos los doctores batas blancas, decían Los Amigos, pero Priscila reconocía los síntomas: vómito, producto de la inefable sucesión de pensamientos imposibles de verbalizar, e ideas sonámbulas. A 35 días del incidente, las ideas de rencor o de perdón o de amor estaban dormidas pero caminaban en horarios irregulares imposibles de predecir. Y los miedos de Priscila se habían contagiado de este comportamiento al que algunos seres humanos están acostumbrados. En los miedos se manifiesta con una sudoración sin precedente y uno que otro parálisis emocional, (también confirmado por médicos.)

La época marcada por el principio y el fin de un empleo coincidió con ciertas travesías que alimentan, según especialistas en horóscopos, al espíritu inquieto en cortejo con otro espíritu inquieto. Su tos perpetua, las responsabilidad individuales y/o compartidas, el carro nuevo, los viajes, las fotos familiares, la adopción tácita de una familia con todo y mascotas… Todos los factores los juntaron hasta que chocaron con errores, desbalance y diferencias. Él abogaba por esperar a ver el desenlace después de este clímax, alegando de que que era incierto y que uno nunca sabe. Dejando a un lado la elocuencia y las apuestas, Priscila prefirió proteger a su confianza. Tenía fama de ser inmarcesible pero tampoco se trataba de ponerla a prueba. Suficientes achaques: era la 5ta vez desde que estaban juntos que se desmayaba el corazón por falta de azúcar. La hipoglucemia cardíaca quizás tenía que ver más con Priscila que con Él, pero “no puedo permitir más d’esto”, exclamó en medio de su falsa epifanía.

Ahora podía alzar los brazos y decir ¡Soltera! ¡Sin trabajo! –pero no por eso dejó de sentir efervescencia en medio del vientre cuando pensaba en Él, con quien a puras penas podía mantener una conversación por chat, ahora que la soledad llevaba la batuta de los berrinches y caprichos que solían ser problema no de uno sino de dos.

¿Existirá más limerencia como la que estudios sicológicos habían registrado, a este nivel, en el 1979? En ese año se acuñó el término por primera vez y probablemente desde allí se arrastra la anunciada serendipia que conjugó todos estos accidentes en la vida de Priscila a quien ahora le pesa el pecho y la hunde en el hábitat de miedos sonámbulos. Desde allí, escudriñaba letras de Los Beatles para encontrar sentido en la distancia que la separa de tantas referencias a la cultura inglesa. Y así, se pasa mejor el tiempo, cuando las cosas son inconexas a uno y, por ende, no duelen. Miraba en el techo, además, figuras de una iridiscencia que no veía desde su infancia en la que era capaz de alcanzar arcoiris cada 8 días, al menos.

Había que limpiar la sala, porque olía demasiado al etéreo residuo de promesas pasadas de ahora desconocidos, extranjeros en el país de la memoria.  Había que empezar a salir, porque recordó que en las madrugadas se encendían con luminiscencia los mapas hacia nuevos espacios. Recordó el arrebol al que le había huído, escondida en un mundo que no deja ver esos atardeceres que se estiran y recubren montañas y palacios, aquí a la vuelta.

Se levantó y fue a estirarse cerca de la terraza, su silueta se perdió en la aurora. Se casó con el olvido e hicieron juntos el espacio para nuevos recuerdos que curan, sanan.



Foto aleatoria 2
Patricia Trigueros

Libros que hay que evitar

Ojeando una revista (o Pinterest, osea lo mismo...) me topé con una referencia a 50 shades of Grey. Tengo entendido que es una novela erótica/sexosa exitosa, y nunca la he leído. No me sorprendería que para este momento se haya reproducido y tenido hijos, pero no mucho me importa qué fin tuvo. "¿Será que la leo?", pensé. ¿Me iré a arrepentir o será un guilty-pleasure como mi amor por la serie Gossip Girl? Decisions, decisions... Y después me acordé de los libros que hay que evitar leer, que yo he leído. 

1. El Código Da Vinci, Dan Brown. Leo muy lento, normalmente (lo puse en una de mis confesiones) pero esta novela la estaba leyendo tan rápido que supe que algo estaba mal. Me estaban llevando por donde querían que me fuera y dándome todo masticado para que me lo tragara. ¿Misterio profundo? Ya no quise saber más. Lo abandoné.
No caí en la trampa, Dan.
2. The Grapes of Wrath, John Steinbeck. Escuchando el título en mi cabeza, ya me aburrí. Viendo la portada, me aburrí de nuevo. No pude con esta novela ultra-descriptiva y con ese tono tan ugh. Se supone que es realismo y que es un vistazo a la dura temática de la Gran Depresión de los años 30, el Dust Bowl, y quién-sabe-qué-más. Ganadora de premios, la odio. Obra maestra, no me importa. 
prefiero a D.H. Lawrence
3. Confessions of a Shopaholic y compañía, Sophie Kinsella.
A los 14 años, mi Teenage Soul ya sabía que era un error. No me atrapó la lectura de la periodista mediocre que no deja de comprar -- ítems para el hogar, ropa, zapatos, accesorios varios, cualquier cosa -- y su historia de éxito. Conoce a un tipo y se hace personal shopper, aunque si la historia hubiese sido escrita hoy ese trabajo fuera de fashion blogger. Leí los primeros tres quizás por la misma razón que empecé a ver Gossip Girl: no tener nada mejor que hacer. Después de todo, nunca he tenido tanto tiempo libre como en mi pre-adolescencia (que hasta me tomaba el tiempo de hacer pasteles y brownies, además de fracasar en una serie de deportes.) Cómo terminó esto siendo una película es algo que no me explico. 
También hay que evitar la serie de Chicken Soup
4. El Hobbitt, J.R.R. Tolkien.
Mi gusto por Tolkien se fue en el momento que empecé a leer al Hobbit, dispuesta a leer toda la saga y a amarla por el respeto que ya le tenía a la obra y que aún le tengo al autor (y a mi diario del 2003, temático de Lord of The Rings). Es un recorrido tedioso, absurdo, cansado y aburrido; un trabajo feo pasar por esa prosa y cada una de las acciones fantásticas. No lo pude terminar. ¿Qué vieron lo amantes del libro que yo no vi?  

5. Chasing Harry Winston, Lauren Wesiberger. 
From the best-selling author of The Devil Wears Prada, la novela trata de tres mujeres que se quieren casar. El kick-off creo que es mientras toman champán y dicen Va pues, démole, a ver a quién le dan el anillo o una cosa así y por supuesto que hay giros inesperados como que la más cerrada es la que se enamora y participa en una muy buena escena sexosa, y la más libertina también afianza, y cosas así. Mala. Pero, ¿qué iba a hacer? Viví como un mes en un apartamento sin computadora, ni radio, ni libros, ni revistas, ni tele, ni teléfono. A veces no había comida, tampoco. Mi única fuente de entretenimiento (aparte de salir a comer/tomar) era esa novela para mujeres que una joven como yo había dejado tirada (probablemente porque no le gustó.) La leía en el metro, con pena, y antes de dormir. Y la terminé rápido, claro. 
esta edición leí yo, en paperback
6. Four Blondes, Candace Bushnell. 
Lo más feo de esta novela de la autora de Sex and The City no es que reúne las historias vacías de socialites en Nueva York, si no que preferir esto sobre cualquier otra fuente de contenido. Tenía 17 años y me lo prestaron, y lo andaba conmigo. Como yo no hago eso de entender matemáticas y ciencias, lo saqué del bolsón en clase de Ciencias (con Mr. Delors, en el Liceo Francés) y me lo puse en mis piernas, leyendo discretamente. Me absorbió tanto la lectura que lo levanté, y lo tenía alzado frente a mí, pasando las páginas, en primera fila... Hasta que Mr. Delors me llamó la atención. Lo siento, qué pena. 

Esa es más o menos mi lista. La discutí con un amigo que me contó los picks de él, pero no me corresponde a mí traerlos a la mesa. Me dieron ganas de leer uno en particular para ver si comparto ese sentimiento de rechazo, o no. Cada quién tendrá sus opiniones, y puede que en mi lista estén los favoritos de otros, y que libros que unos odien sean libros que yo amo. A mí me da miedo leer Madame Bovary, por lo aburrido que me han dicho que es, y eso que el otro día me lo recomendaron... y hay quienes odian la obra de Émile Zola, y yo la amo. Dejo el ejemplo de He's just not that into you: medio lo leí, no esperando más de lo que encontré, y no lo detesté, da para una comedia romántica; mientras que hay quienes lo aman y otros que lo odian. Para gustos hay colores. 
de la colección de libros de mi hermana