Lotería de viajes exprés






LOTERÍA DE VIAJES EXPRÉS*

*título y ejercicio concebido luego de leer Matria, de A. Lytton Regalado

El viaje exprés, por definición, no es lo mismo que un viaje corto: es un viaje hipercorto (e “hiper” es mi nuevo sufijo preferido, pero no vamos a hablar de eso ahorita.) El viaje exprés tiene su magia particular, mientras que en los viajes cortos abunda el tiempo y se extiende la agenda. En los viajes cortos, hay espacio reservado para descomprimir y también viajar, sin instalarse, permanecer extranjero pero familiarizarse. El viaje express, en cambio, te obliga a obviar lo más posibles las señales de viajero, y tomar con naturalidad la breve estancia, el tiempo, las opciones. No hay tiempo para cosechar la consciencia de la condición de viajero, ni el modo pasajero. Hay que afrontarlos con cotidianidad, poco equipaje y levedad de espíritu.


Las complicaciones y la logística de viajar, con tiempo limitado, aunque el traslado físico sea real, uno jugando a ser inmune: como la vez pasada que pasé como dos horas en tráfico para llegar a Antigua Guatemala, solo para ir a tomarme un café, y ya [exagero, fueron más las horas en carro y no solo tomé café, sino que comí tacos y también grabé audios para un trabajo]. Abajo, un amalgama de viajes exprés.


LA FIESTA


mayo 2018


Si tenía que estar en San Salvador ese sábado, y el evento era jueves, pero jueves en la mañana había un… en fin, la única manera de estar en todos los lugares al mismo tiempo era haciéndolo. No era cualquier fiesta, tampoco: era el estreno de casa de Little Coins. Lo habíamos empezado a planear a finales de abril, en una mesa de Café Despierto con pizzas que nos coqueteaban desde su estructura para servir, elevadas. La planificación había seguido y aproveché las 5 horas de trayecto para entregarme a mi almohada para el cuello en un efervescente monólogo interno y poco trabajo. Llegaría solo a maquillarme, ponerme aretes e irme a 1001 noches, a las oficinas de Little Coins. Iría a reír, comer y beber. Encontrarme con caras conocidas y otras nuevas, y unos colegas, y qué tal si no hablamos de lo que ambos sabemos? Si buscás nuestra amistad en Facebook, encontrarás versiones más jóvenes de nosotrxs comiendo choripanes a las 2 AM afuera de la z. 14, pero esta vez no hablamos de esto: esta vez reímos de cosas que no tienen que ver con las camisas Havoline que llevamos puestas ese viaje corto, el de esa foto de la que no hablamos; esos momentos de 2011.


Las conversaciones del after, entre dos, fueron geniales.


El día siguiente se lo dediqué a mi resaca. Me habían ofrecido ponche para llevar y tuve interacciones innecesarias por What’s App hasta las 2 AM, pues a cualquier se le va un chiste interno con dedicatoria en un balcón. Pasé en pijama y eventualmente recorriendo el apartamento ilustre de Casa Américas, hasta que fue hora de irme. Sería la última vez que nos veríamos, pero yo no lo sabía.


La agenda (apretada) ignoraba la precariedad de tiempo que disponía. Me alcanzó para tener brunch en Café Despierto, we meet again, gesto que agradezco y que desencadenó una serie de pláticas con palabras dulces sumergidas en café. Y para cerrar, un café con Papalota Negra y su estrella de ese momento, Óscar Donado. Un abrazo en 3D, antes del bus hacia la vida real, sin batería en el celular.


Nunca tengo batería en el celular.

EL PUEBLO REVOLUCIONARIO


octubre 2017


Eran las 7:00 AM en San Salvador y yo estaba bañada y semi-vestida (probablemente en bata, probablemente a duras penas arrancado el día, contemplando el vacío cual novela de Virginia Woolf) frente a mi computadora, en mi estudio. Así comenzaban mis jornadas laborales, las de hace un año, no las de hoy.


Cathy me interrumpió mis vacilaciones con una invitación a ir a Cinquera, pueblo revolucionario en el departamento de Cabañas que conocía yo solo de nombre. Una “joya turística llena de historia,” sin duda. En una agenda rígida de profesores del Liceo Francés guiados por el testigo Rafael. Ella tentó su suerte, y no sabía qué respondería a esa propuesta impromptu de irse de viaje en unas cuantas horas. Dije que sí.


El tour empezó con un almuerzo en San Sebastián y compras en Ilobasco… pues, allí compré sorpresitas pícaras que quedarían tiradas en la parte de atrás de ese Toyota por meses. También compré café, para mi alero Eduardo y yo. Equipo Cinquera, allí vamos. Luego, nos instalamos en el hostal de nombre genérico como El Hostal, con quien luego negociamos un precio más barato debido a la averías del baño de la habitación y los daños a la paz mental. En el interim entre la cena a las 6:00 PM y la bienvenida al pueblo Cinquera, hubo un paseo con cerveza en mano. Apreciamos los murales de la zona y el monumento homenaje a las víctimas de la guerra, y a Monseñor Romero. Luego, con nuestra Pilsener camuflajeada, Rafael nos dio el discurso introductorio al tour de Cinquera: la historia de una guerra, su historia dentro de la guerra, los cerros aledaños y lo que sufrieron los que vivieron la misma historia de Rafael, allí en Cinquera.


Pero después de la noche de no dormir, no pude irme con los demás a conocer el pueblo y el cerro y la zona. Me habían prometido caminata y cascada, pero yo tenía que trabajar. Un día laboral, pero en Cinquera. Y ellos volvieron enlodados, y yo olvidé mis mom jeans favoritos en El Hostal, y comimos en Suchitoto, antes de volver a San Salvador. Volví cabal a tiempo para bañarme de nuevo, cambiarme e irme al Teatro Luis Poma.


Ese día, al volver de mi viaje exprés, lanzaron Distópica y hablé de mi texto, “Oro rosa”. También hablé de otros textos, con cervezas, y de otras cosas. Mi mente aún estaba viendo al lago Suchitlán.



LA GRANJA
agosto 2017


Llegué afónica a Hacketstound, N.J., tras haber sufrido de una gripe (la verdadera maldición de Moctezuma es la laringitis aguda potenciada por el cansancio inminente de los viajes cortos a México en general; al D.F. en particular) *tos* Descubrí a Penn Station, en Midtown, bajo el lente empañado de mi malestar, no sin antes tomar un subway desde Nostrand Ave., la estación/avenida limítrofe de los barrios Bed-Stuy y Crown Heights – mis barrios.


Hackettstown está compuesto por granjas: una cama de Lego verde con arbolitos. Sobre ella, casitas, bloques, cul-de-sacs y árboles. La gente de mi generación que trabaja en estas granjas está reinventándose, pues no puede parcelar tierras agrícolas. Yo quiero reinventarme con ellos y ofrecer tours y sandías y elotes y sándwiches. Hay un súper entero de licor y cervezas, “esto no es una tienda, es un universo”. Probé más IPA’s y cené una porción para una persona capaz de alimentar a 3, en un diner que sirve comida las 24 horas, al que chicos de Nueva Jersey solían ir por café ralo ilimitado y cigarros. Cené donde se gestaron infinitas intrigas de amores adolescentes, tal cual lo representa Hollywood en Say Anything de Cameron Crowe, por nombrar un ejemplo. Dormí en una escena de una película gringa, de esas que pasaban en el cable y con las que uno se encariña.


No era mi primera vez en N.J., ni será la última. El domingo bebí blueberry coffee, algo que tachar de la lista de cosas que hice sin antes haber sabido ni siquiera que existían. Fue el acompañamiento de mi cacerola rara de huevos estrellados en una especie de ratatouille de verduras recién cosechadas, y una cama de papas, porque todo es mejor con ese tubérculo. No quería volver a Nueva York, un amalgama de competencia en el que no sé de donde viene lo que a uno le sirven en el plato… no como en Nueva Jersey, donde los menús cambian según temporadas. ¡Y es que hubiera podido ir a cosechar mis propios duraznos! y luego hacerme experta hacedora de jaleas gringas.


Cuando muera, quiero que me recuerden como una mujer que amó la vida rural de Nueva Jersey y siempre se declaró fan de las papas. Y, quién sabe, a lo mejor acabo viviendo en mi propia granja norteamericana, perpetuamente afónica y ebria de fruta fresca fermentada. Les enviaré un día una invitación a una boda en Louisville, Kentucky y verán que no hay nada de malo con el exceso dentro del aislamiento.


LOS ALMUERZOS
mayo 2017





“We all have our rituals”


Uno de mis rituales es almorzar con un caballero cada vez que estoy en Guatemala, al principio o al final. El caballero se llama René y nos conocimos en el 2003, en San Blas. Hablamos de Harry Potter en la arena. Fumábamos de escondidas.


No recuerdo mucho de ese día entre semana, en mayo. No me fui en bus, me fui en carro, con el ahora difunto servicio de Intercity. Trabajé las cuatro horas, desde el cel, a través de Google docs. Esta vez almorzamos en Oakland. Pizza o pasta, o ambos; y los dos, René y yo, teníamos historias de Nueva York.


Fui al mercado central, por lo que iba, y encontré cosas que no esperaba. Después no sé si volví al apartamento de René, o si fui por café. La noche estaba apartada: cena con mis amigas de infancia, porque después me iba a Nueva York sin planes de regresar.


Los planes cambiaron. Vuelvo a guate, pero hace ratos que no almuerzo con René.

EL CUMPLEAÑOS
noviembre 2008


El viernes 28 concluyó una semana difícil, de esas de desvelo haciendo disertaciones de literatura comparativa y ejercicios lingüísticos en dos idiomas. Media vez había terminado de poner la última coma y el punto final en mi tarea de Dino Buzzati y Franz Kafka, tenía una copa de vino en mano… o vino, en un vaso, y labios enmoradándose. En calcetines, jeans flojos y camiseta de esas que es pijama o blusa dependiendo del contexto, soirée pequeña en la sala de mi apartamento compartido en Bordeaux. Muchísimo vino y muchísimas risas, sobre todo cuando nos repartíamos historias colectivas y, por turnos, le contábamos al invitado. Sergio era externo al grupo, y el grupo “muy querido.” Boté todas las tensiones, recordé viejos chistes y a caras conocidas y, de repente, me levanté a llamar a Matías. Nada más oportuno que estar despierta justo a las 12 AM y ser la primera en felicitarlo. “¡Te veo mañana! ¡Me voy a Poitiers!”, le grité al teléfono.


Fue una decisión tomada en el fervor de momento que presentaba un riesgo elevado de ser una promesa en el aire, pues esyaba yomando y sin boleto de tren. Pero el día siguiente, reconcí las paredes de mi cuarto y las dimensiones de mi cama y parpadée, buscando irrigar mis ojos con los últimos flashbacks. Huí a Poitiers, para evitar una reproducción semejante. Me había excedido y llegué a darle clases a Charles, un mi alumno que quería reforzar su inglés porque trabajaba en hotelería y turismo, con un boleto comprado y el cerebro a medias. Al terminar de analizar las diferencias entre “since” y “ago”, con ejemplos como “This yoghurt went bad 5 weeks ago! It has been bad since october 21st!”, me fui a Poitiers.


Esa fue la noche en la que perdí una bufanda, comí rissotto con el cumpleañero quien me hizo huevos rancheros al día siguiente. Hacíamos acentos como en nuestra adolescencia y nos sentamos en el piso de su apartamente a actualizarnos más: relaciones, tareas e universidad, secretos culinarios y cadáveres exquisitos. Hicimos una eppopeya que luego transcribí de mis recuerdos, la esencia misma de la tradición oral, en mi tren de regreso a Bordeaux. Es lindo visitar a Matías, la verdad, aunque sea por 24 horas.


LA EXPOSICIÓN


mayo 2008
Recién llegada de uno de los viajes más largos de mi vida (pero no el más largo), le escribí a un ÉL. Le dije que estaba en París, que me iba al día siguiente; que casi, casi nos veíamos para su cumpleaños. ¿Irme con mis maletas a dormir a su casa a un after? No, no gracias. ¿Exposición con desconocidos? Sí, eso sí. Pero no fui sola.


Me acuerdo de la artista que exhibía esa noche. Su vestido era largo, de tirantes, con un patrón como un pañuelo. Recuerdo las dimensiones de la micro-galería en una callesita no muy lejos de la parada de metro Bastille, y la luz perfecta. Las paredes blancas. Me acuerdo de las sonrisas, del maquillaje y del juguito que nos tomamos en el bus. ¿Era bus? No, no sé.


La noche no terminó en la expo, sino que nos fuimos, parte ahora del clan de desconocidos, a un restaurante. Hubo comida brasileña/árabe y champán, y pastel. Nos demoramos. ¿En qué momento es de buena educación irse?


Nunca, aparentemente. Nos quedamos hasta que se puso más incómodo. Perdimos en el último bus nocturno hacia Porte de Lilas, el barrio en el que ELLA, mi alera de esa noche, y yo siempre pedíamos combos en el McDonald’s de la esquina.


Lo que hicimos fue pedirnos una cerveza cara en la terraza de un bar de Bastille, comprar una cajetilla cara de Camel, dividir la cuenta en dos e irnos en taxi, riéndonos de nosotras.


LA SERENATA
marzo 2009


Mi querido amigo, antiguo co-star de la serie “El amor de mi vida”, me llamó justo cuando estaba viendo una cosa de unos boletos a St Raphaël, en el sur de Francia, un viaje esperadísimo. ¿Por qué no ir a París por un día, en vez? Mi tren al sur iba a posponerse por huelga, y la huelga iba a habilitar algunos trenes principales.


Hicimos una despedida con el vecindario (3 invitados, incluyendo a mi compañero de piso) para desearme buen viaje. Viajé sin nada, prácticamente. Iba, en teoría, a volver a Bordeaux 24 horas después no más a coger el tren nocturno al sur. Iba jugando una lotería, pues me subí y bajé sin pagar. Me preocuparía por el regreso, pero no en ese moment.


¿Qué hicimos? La noche se la dedicamos a cervezas y pizza barata con ÉL y ELLA (los mismos del cuento anterior), mi querido amigo y yo, sus compañeras de piso… una reunión familiar efímera, pero sentida. Al día siguiente paseamos, y cerca del río, hablamos de todo menos de él y yo, como verdaderos amigos. Nos habíamos demorado en llegar, pero allí estábamos. Ese mismo día me tenía que regresar, pero no pude.


Me salía muy caro volver a Bordeaux, para tomar el tren original. Estábamos en mi segundo hogar, el apartamento de mi querido amigo y amigas, escuchando Charles Aznavour, entrada la tarde. “Te sale más barato quedarte a vivir aquí,” pero no lo hice. En vez, me fui al supermercado a comprar provisiones y ropa extra. Hice malabares y compré un boleto de tren extra, y ya allí sí ya nos despedimos, como amigos. “Nos vemos”, nos dijimos. Opté por escuchar Charles Trenet y escribir y escribir, en este nuevo tren nocturno de 8 horas hacia el sur.


***


Quisiera más viajes exprés en mi vida. Ir al gimnasio regularmente, para tener a condición física que requieren estas idas y venidas. “Y vos qué venís a Antigua solo por dos horas?” Y sí, esa es la respuesta. Si pudiera hacerlo más lo haría, eso y otros viajes exprés, como la ida a comer tapas a Madrid que concebí en mi mente. Dos vuelos, un transatlántico, un sentimiento de crisis existencial, dos líneas de metro y un par de tapas. Aprovecharía para saludar cálidamente a mi querida amiga Carmen, y nos bajamos el agrio sabor a locura con un Vermut, y ya; de regreso.


mis volcanes

Semanas laborales, vol. 2

delirio, san salvador

siempre que pienso en semanas laborales
me conmueve de nuevo
como ver una película que conozco
y si pienso en semanas laborales
fragmentadas y pesadas
no sé como describiría
mi horario dibujado
fuera del formato antiguo
de un horario de clases que empiezan
todos los lunes a las 7h45


lunes


7h20
trato de dormir porque el domingo me quedé tomando té
viendo netflix
dibujando
mentiras, la verdad
es que yo no dibujo y necesito
un hobby
o un novio


8h20 llego a la oficina
aunque mi intención era
bañarme en 5 minutos y salir
a las 7h25
nunca se cumple la fantasía


12h05 pausa para ir a comer
ver a mi gata
mi gata me llora
yo la abrazo
gastar 45 minutos de las hora que dispongo para comer
en
gasolina, carro, parquear, comprar comida, pan y saludar a mi gata


17h15 salir de la oficina
tardarme media hora en tomar una decisión sencilla
18h00
casi fallar la llegada a yoga
19h45
dedicarle tiempo y energía a pensar en lo que quiero hacer
y no hago


martes
6h45
quedarme en cama lo más posible


8
bañarme y probarme 10 outfits, todo en un epacio de 8 minutos
optar por el elevador, en vez de las gradas


16h15 o 20
reunión extracurricular
perder la clase de yoga que ya pagué
gastar en pedicure y manicure, por primera vez
en lo que parece ser años
una ida al súper para hacer compras de soltera
cenar a solas o ir por 1 cerveza pero en realidad tomarme 3
energía y desvelo
escribir un guion

miércoles


6h40
despertar con la sorpresa
de que
mi cuerpo no quiere dormir más
5 horas es sufi


7h15
tomar suero
agua
café
ingerir alimentos múltiples


colocarme en un estado de supervivencia


16h15/20
ir a que me corten el pelo por segunda vez en 10 días
convertirme en una nueva persona


17h30/18h
entregarme al tráfico
perderme en camino
a una oficina a la que nunca antes de ido
hablar de asustos bonitos
como comunicación estratégica


20h
crisis con el vigilante
no encuentro mi DUI
que diga
él no quiere darme mi DUI
porque yo no encuentro
su tarjeta de visitante


20h15
eterme a las Farmacias CAMILA
porque necesito algo para la migraña


¿Se puede tomar dos Avamigran al mismo tiempo? ¿Y qué tal si lo mezclo con Acetominophen?


Receta para sobrevivir a un miércoles:


ingredientes
1 avamigran
3 mni tostadas con tomate
2 botellas de suero (opcional)
1 pupusa de arroz de Frijol c/ Queso
1 applicación de Chakras p/ iPhone
1 cigarro porque YOLO
1 llamada que anuncie incapacidad, “esta noche no estaré disponible”
5 gotas de aceite de lavanda
1 ducha semi-larga, bien caliente

jueves


6h30
despertar
quedarme en cama
café
empacar maleta


selfie after after-office

sammy que diga clarissa después del trabajo


México, te amo

vistas en el Museo Tamayo

“Ya venite a México, te necesito aquí una temporada.”

Y yo también necesito a México. Aguanto la distancia, me alimento de un amalgama de recuerdos, pero sé que tarde o temprano debo volver.

Nos conocimos en los noventas, la Ciudad de México y yo; y no tengo ningún recuerdo, en lo absoluto. Recuerdo crecer con una vaga idea de las calles y de los lugares, creciendo con mujeres amantes de México, pero yo luego regresé y sí me acuerdo. Aprendí a qué saben los buenos mezcales, cómo se moja la ropa con las lluvias de julio y agosto, cómo se ven los murales de Siqueiros y Rivera; y cómo se siente amanecer en la colonia Narvarte y los tacos de barbacoa del mercado los domingos. “Algún día me vendré para acá, me vendré par siempre.”

Pero o no lo he hecho. Creo que no te merezco, Ciudad de México. En algún momento nos comió la monotonía de vivir lejos, y te dejé de querer igual. Las relaciones a distancia tienen fecha de vencimiento. Camnié mis planes, dejé de ir a la Feria Internacional del Libro, esa que me permitía verte de nuevo... Pero cerrar la brecha e irte a ver esta última vez me llenó de amor, de nuevo. Una emulsión de paz y afecto, un país vecino, y no las calle neoyorquinas que me hostigan porue están pintadas con rencor.

Compramos los boletos a última hora. Preferí volver al D.F., que ir a Tulum. No había un plan trazado, y lo primero que vimos fue un incendio. Había agarrado fuego el local de abajo de nuestro destino. Salió mi anfitrión y sus dos perras, asustadas. Iríamos a tener una primera cena mexicana, en algún lugar en el que dejaran entrar mascotas, un par de taquitos y un par de alambres en Tacos Álvaro Obregón, a la vuelta de nuestra casa temporal. ¿Cómo dejarlas solas en el apartamento, después del trauma del incendio? Es esquina de la Colonia Roma era un caos.

No dejó de haber caos a lo largo del viaje, pero eso no influye en mi amor por ti, México. No habrán peleas en el balcón ni episodios de indigestión que interrumpan esto, aunque sí que me encantaría no tener desayunos así de amargos… pero podría volverme a servir esos tacos de cochinita en cualquier momento, vamos. Y es que no solo regresé a una ciuuda, regresé a mi tierra de abrazos y hoy tenemos un retrato hermoso de tres amigos juntos, y hubo un viernes de cansancio en que le dedicamos a Almodóvar abrigdos y, por Dios, qué frío hace en México.

Y a este vaije, se sumaron experiencias viejas. Subí todo lo que pude subir en Teotihuacán y documenté el viaje desde el café matutino y los tickets de bus. Entré al Museo Memoria y Tolerancia del había oído, pero al cual nunca había entrado. Fue mi primera vez en la Cineteca, y como mi cuarta vez en la Casa Azul. No alcancé a ir al MUNAL, pero sí volví al Tamayo. Bailé en la Purísima, caminé por reforma, comí y leí. El dolor de irme (y dejarte) me dejó con una gripe de dos semanas. Nunca debí de irme de la Ciudad de México, pero se puede volver a los sitios. Menos mal volveré al D.F., y no agosto del año pasado.

Vistas en Teotihuacán