Paseo inglés (3


paseando sin maleta, ni noción de la realidad

Nota del editor [Paty]: Tengo como 3 años de andar diciendo que hoy sí, esta vez, me iré a vivir a Inglaterra. Allí encontré a mi hija y un jardín de rosas llamado Nostalgia, el mismo título llevaba un retrato mío hecho en la Costa del Sol en 2004. Son señales, obvio. Irme a vivir a Inglaterra y no Irlanda, por miedo a encontrarme mucho y regresar comprobando que siempre debí haber sido dramaturga y actriz, todo en uno, y curtida en whiskey y papas. Últimamente evito la música inglesa, porque de por sí me siguen los paseos ingleses.


The packing of the luggage would be followed by some educational reading or some less educational internet scrolling

No quería andar jalando mi maleta, no en mi último paseo inglés. No quería andar jalando nada, de hecho: me había deshecho de zapatos y de un bolsón en París, y en esa sala alfombrada que nos albergó en Camden, dejé una chaqueta de jeans, un anillo… y dejé hecha mi maleta, coronada con mi almohada para el cuello, de modo a solo pasar recogiéndola antes del aeropuerto, pues ya iba a concluir mi viaje express de jueves a domingo.


What am I supposed to do if I have the chance to visit my friends?


Nos habíamos regresado del centro de Londres hasta Camden en la luz azul de esa mañana. La fiesta seguía, probablemente, en varios sitios de Londres. Yo no sé en qué estado intermediario estaba, entre sí y no, viva y también muerta. Vale verga. Pasamos Primrose Hill, ah, mirá, ahí podemos venir mañana.

En efecto, lo hicimos. Dejé mi maleta empacada y una pequeña montaña de ira, de prendas, de desorden – no todo me puede seguir para arriba y para abajo. Estamos listos, vamos, a pendejear y tomarnos fotos silbando en la loma, la loma Primrose, caminando y tratando de mapear cómo íbamos a llegar hasta lo que nos faltaba por ver, y en esas vi a una niña en bicicleta con gafas como la mía: Mi hija, sin duda. Otro presagio.

Caminamos en dirección a más y conocimos, a fuerza de no saber a dónde íbamos, jardines y ríos, de esos que vienen incluido en parques. ¿Qué parque habrá sido?, me pregunto. Nos topamos con un jardín de rosas que decía Nostalgia, la nueva alegoría para mi mente y los recuerdo que irrigo.

Salimos del metro a recorrer –en un mismo remolino recorrimos– los clásicos. Las palabras claves que sientan la base –Picadilly, Oxford, National Gallery, Buckingham, Prêt-à-manger. "Burger & Lobster queda aquí cerca”, el mapa decía que SoHo era al lado. Íbamos bien de tiempo, viendo con prisa y parando para posar con libertad con teléfonos públicos, plazas, sándwiches, lo que fuera.

Solo que nos equivocamos de Burger & Lobster: nuestras amigas estaban mucho más lejos. No solo íbamos a llegar una hora tarde al rendez-vous gomoso que coronaría el fin de semana efervescente y accidentado, sino que yo corría el riesgo de perder mi vuelo. Decidí no estresarme antes de tiempo, preguntarle a desconocidos si ellos sabíamos dónde era. Caminamos, caminamos. Nos subimos a un metro, nos bajamos, cogimos un Uber, o no – no me acuerdo, pero cuando llegamos al restaurante que sí era nos recibieron rostros medianamente enojados mi equipo, y severamente preocupados por mi futuro. “¿Y no trajiste tu maleta?”

Ups and downs are what carefully shape that period

De lo más relajada, alcancé a comerme una hamburguesa petite mucho antes de que llegara la comida de los demás comensales quienes disponían de tiempo que yo no tenía. ¿Qué? ¿Acaso nunca han sufrido del mal de viajero torpe? De peores había salido… Pero, bueno, ¿qué hora es?

Además, siempre he pensado que se puede hacer mucho con media hora. Y aunque disponía del tiempo contado como dice el refrán, alargué la sobremesa lo más que pude hasta que pedí un Uber para ir a Camden, mi primera parada. Viktors ya venía por mí.

“What are we waiting for??”

Viktors me dijo que le encantaba Portugal, y me preguntó que qué tal era. Le dije Gracias, y que supongo que es lindo. Yo no sabía que El Salvador quedaba en Portugal, hasta que hablé con Viktors de Latvia. Él es prácticamente inglés, dice. Se quejó del sistema, de Brexit, y me habló un poco acerca de su idea de hogar. Muchos nos sentimos así con respecto a la nacionalidad y las fronteras, Viktors. De nuestros lares, lejos de Portugal, fuimos colonizados, amigo.

Cuando Uber me pidió que calificara mi ride con Viktors, debí de haber dicho que era el mejor conductor que he conocido en mi vida, y eso que nací en el ’87; Viktors no era mi primera vez en el asiento de pasajera. Hola, Viktors, ¿qué tal?, empecé. Luego, habiendo avanzado ya unas cuadras le dije Mierda, Viktors, ¿será que podemos regresar? Es urgente… Había olvidado las llaves a la maleta que me estaba esperando.

Me bajé al otro lado de la calle, boté mi billetera en media calle, y procedí a recogerla sin ver si venían más carros. Viktors tenía que dar la vuelta: sugirió hacerlo en lo que yo recogía las llaves del piso en Camden, de modo a recogerme justo en la entrada. No te vayás sin mí, Viktors, pensé. Me recibieron de nuevo rostros de aflicción, apostando que no iba a llegar.

“Mejor quédate, pendeja.”

Pero si me deja el avión mejor estar allí en el aeropuerto encontrando soluciones.

Seguí mi camino.

Con la misma tranquilidad con la que me atravesé SoHo buscando el camino más eficiente para llegar al restaurante correcto, iba de pasajera viendo arcos y calles, el Uber encendido en mi celular sin señal ni datos, y le pregunté a mi conductor-amigo, así al suave, ¿cuánto crees que nos tardemos en llegar a Camden? Porque, la verdad, yo tengo que ir al aeropuerto.

Viktors se echó el rollo –el mal planning, la maleta hecha esperándome… Mi vuelo se iba en dos horas y yo estaba como a tres horas, (“Technically, you’ll be fine.”) pero podría llegar en menos si cogía el shuttle a tiempo, lograría llegar a Gatwick a tiempo. Wait me, my Darling.

Gracias, Viktors. Es lo más dulce que me han dicho.

Pero no llegué a tiempo, pero no me dejó el avión tampoco. No me querían dejar entrar, pero el vuelo estaba atrasado. Paty 1 - Universo 0

Here’s where the story ends

Llegué como a la 1 AM a Gracia, Barcelona. Lesseps sería mi hogar por una semana, y se me atascaba la llave de la habitación 911. Dios guarde, que solo. Me había divertido tanto en Londres, en compañía de 11 compatriotas, idiotas. Bueno, mi soledad tenía un aspecto positivo: podría aprovechar la tranquilidad, la calma para leer y escribir, y terminar de leer Houellebecq y acabar con las historias a medias que ando, como migas, al fondo de mis bolsillos.

En vez, lo que hice fue poner Nicki Minaj y Enrique Iglesias para llenar el vacío y transportarme de nuevo a las risas de todos los paseos ingleses de ese verano, mi chaqueta tirada en Inglaterra.

Semanas laborales

Semanas laborales versión 1 

The Grand Chalatenango Hotel
Abuso de sustancias: budín




Un poco antes o un poco después del 15 de noviembre de 2014, renuncié a mi trabajo de aquel entonces. Me levanté del escritorio que compartía con los creativos, en el cual ejercía mi labor de ejecutiva de cuenta polivalente y copywriter, y exclamé: –¡Soltera! ¡Sin trabajo! ¡LIBRE!

Alcé los brazos dramáticamente y todo.

Regocijo genuino, del que solo se accede sin cadenas. Un pequeño baile de cachiporrista amateur.

Lástima que a las pocas horas estaba en una cita romántica, y me habían escrito solicitando mi portafolio (que no existe, solo existe una versión mediocre como sustituto para satisfacer la necesidad de los contratistas)… Ese fue el día que fuimos al Teatro Luis Poma, en víspera de un viaje de 17 días en pareja – creo que [eso] no cuenta como soltería, no del todo. Empecé a trabajar en otro sitio al volver de Guadalajara, con un ejemplar de Escritos para desocupados en mano.


Fueron pocas las horas de libertad, en los años de mi trabajo en agencias, plural, poligamia laboral, multiamores en las palabras.

Seguí trabajando en otras dos agencias y así sería mi vida por largo rato más, hasta que decidí renunciar (de nuevo), y cortar (de nuevo) y enumerar y costear los servicios que serían mi fuente de ingreso. A lo mejor así me acercaría más a lo que más me gusta. A lo mejor atraigo proyectos editoriales, como mi actual Papalota Negra. A lo mejor así puedo sentirme congruente, mi idealismo incontaminado, no sé, no sabía – sabía que había que cambiar. Pero antes, un viaje.

Al volver de Chile, el viaje en el que me encontré con la noticia de que mi cuerpo no aguanta la altura, fui recibida por una nueva escala de ansiedad, producto de aterrizar fuera de la esfera del trabajo formal, lejos y lejana de la estructura de un horario fijo.

Ser mi propia fuente de coerción era un Hotel California.

Además, era fin de año y diciembre no es el mejor mes para cosechar una cartera de clientes, menos con un discurso a medias de Pues, yo escribo, y hago planning, cheers. Era temporada para pláticas casuales, que me ayudaron a formular mi figura de consultoría. Con enero vino mi primer trabajito.

Eventualmente, me organicé. El precipicio no es tan oblicuo. Aprendí cositas nueva, gané la batalla contra el autosabotaje, hice un par de sacrificios que dieron fruto y por allí perdí a (otro) novio por lo mismo de que hay cosas que quiero, y algunas que no… Como cuando dejé ir proyectos que no funcionaban conmigo, pero a lo mejor y sin mí sí. Me induje unas cuantas migrañas por irresponsable, regresé a vicios viejos con amores nuevos, me cagué de la risa y también lloré y, es más, hubo un tiempo que conseguí un trabajo fijo a distancia, el sueño hecho realidad. Qué tranquilidad la que me traía despertarme afuera de una oficina y trabajar en algo que me gusta (todo lo que tenga que ver con palabras, eso me gusta), y poder sanar un dolor de cabeza con escritura, a media jornada laboral, si la ocasión lo ameritaba. Mi estudio, mi lugar favorito, que ahora visito muy poco, ya que me comprometí con otro espacio laboral. Y cuando acepté cortar mi relación casi hedonista con la autogestión y la libertad, decidí aprovechar el tiempo. “Conserva tu libertad, y úsala”; si no, ¿de qué sirve?

Lunes
A las 8:00 AM no todo está abierto. Caminé por las calles de Antigua Guatemala – de la 6ta avenida a la 6ta calle, y de la sexta calle a la 2da y 4ta avenida, y cosas así. Cargaba una mochila pesada, los mocasines rozaban las calles de piedra, y estaba consistiendo una gripe in the making provocada por bailar bajo la lluvia por los 9km que caminamos en el desfile del Orgullo de Guatemala, mi primera vez. Todavía tenía escarcha rosada que destiñó mi ropa, pero el buen cansancio es casi rico – la marcha el sábado en Ciudad de Guatemala, Antigua Guatemala el domingo… Se siente bien pasarla bien y extender la diversión del sábado a conversaciones erráticas con desconocidxs un domingo en un lugar horrendo, a altas horas de la noche, *tos*; con flashbacks de la disco inferno, cuya playlist estaba hecha a mi medida (de alma vieja), what’s next? Volví a El Salvador a las 8:53 PM molida y amanecí con gripe el día siguiente, pero no me detiene.

Martes
Le dediqué momentos a una cuarentena. Desarrollé una adicción al budín. Abrí, al fin, una cuenta en Netflix. Tomé fotos irrelevantes. Trabajé y no trabajé, pero siempre en mi estudio. Maduré mi idea acerca del tratamiento para curar una gripe: ignorarla.

Miércoles
El miércoles [de mi última semana de libertad] tuve un almuerzo de 4 horas. Ya, a partir del 2 de julio, no voy a poder hacer esto. Hacía ratos, ya, que no hacíamos esto. Le dimos vuelta a todos los temas que se habían apilado como ropa sucia que uno aplaza, deja para después. Mi querido amigo, we are two of a kind. Nos llevaron yuca sancochadas y no, esa no fue la última vez que nos vimos. Estaba oscureciendo cuando llevé mi gripe a otro lado: cerveza inesperada con Rubén, Javier… ¿qué son los cánones, anyway? Cena con Mario, trueque de poemas y donación de anécdotas. ¿Qué tal si vamos a Santa Ana mañana por la tarde?

Jueves
El rendez-vous era a la 1:30 y Mario, el copiloto. Decime por donde. Vos seguí.

Al salir del Museo de Anatomía, llevándonos la impresión vigente del homenaje y lanzamiento al que habíamos ido, la luz divina de Santa Ana nos llevó a Ban Ban y cogimos otra ruta. Seguimos viendo los rastros de una comunidad muy linda, en cafés por la UNASA y en las pláticas que nos siguieron por toda la carretera.

Esta es mi parte favorita de la carretera. Toma una foto, porfa.

Viernes y sábado
Mi fin de semana estaba apartado. Después de un almuerzo semi vite-fait con mi querida alera vegetariana, me fui a San Ignacio. Pantalón brillante y suéter transparente, ese fue el look #1 de mi retiro temporal de escritora. Fueron dos noches de sándwich de pollo en mi habitación, servido con self-doubt y presión, quiero escribir y terminar esa novela ya. Hubo mucho fútbol para mi gusto, perpetuamente cautivando a los demás huéspedes en cada uno de mis desayunos. Hubo un berrinche, porque me habían prometido agua caliente. Hubo budín, porque ahora esa es mi droga… Y en un momento que quise mandar todo al carajo, me entregué a dos horas y media del romance noventero The American President (1995), con Annette Benning y Michael Douglas, dos nombres que rara vez pronuncio. En pijama y a solas, tenía ratos de nos disfrutar una película así. No me fue mal, y me fui manejando con la emoción de haber escrito algo, y adelantado algo. Quiero más findes así.


Domingo
El tiempo abunda cuando los domingos son bien hechos. Te alcanza para llevar a tu sobrina al volcán, a que ella dibuje mientras vos escribís. Y esas salidas incluyen una parte genial: quitarle a la sobrina la comida del menú de niños.

Ahora mis aventuras suceden después de las 5 PM, o antes de las 8… pero hay espacio para se décontracter de temps en temps, pero el precio es sufrir de cansancio. Del bueno, pero constante.


jueves
homenaje, memoria, libros

todos los días

Mi segundo viaje a L.A., parte 2


el chucho que no entró a brunchear a Bottega Louie, Downtown L.A.
domingo 9h35 AM

"part of the thrill is how cheap it is, but Paty missed out on that because I treated her"
almuerzo en in-N-out, domingo 13h15 
Hubo un aspecto muy íntimo presente en muchos de los momentos, un aspecto que no he compartido, pues no es mi historia para contar; más presente el día domingo, que cualquier otro día, y domingo fue mi día favorito. El sábado, sin embargo, yo no sabía que el domingo sería mejor.


La verdad solo se agravó mi adicción a los domingos.


***


El sábado caminamos a Hollywood, hasta separarnos e irnos cada quien por su lado. Nos veríamos en la noche, invitados a la misma fiesta, conocidos entre desconocidos. Me quedé en The Bourgeois Pig, siniestro y con algo inefable y cool; leí y I collected myself, my pieces, and made a map of where I’d take them, a map I constructed with the help of a local, B, who had traveled and come back. It took me about 40 minutes to walk the 20 minute walk to the subway, and then I hovered.


The end tail of the March for our lives, in March, after all, first; and then a long line at Daikokuya en Little Tokyo. No me molestan las colas cuando estoy sola: siempre hay más espacio, más rápido, para una sola que para grupos. Ellos se la pasan mejor en las colas, pero esperan más. Éramos dos solitarios. Nos veíamos. Su libro en mano y su tote de The New Yorker me decían que él era mi homólogo, la versión masculina de Paty. Nos sentamos al lado y pedimos lo mismo, quizás no hablamos porque no teníamos nada que decirnos, no hubiéramos pasado de “yo también”.


En Demitasse cargué mi celular, escribí, seguí armando una historia que estaba en remojo, que luego se hizo un poema sobre la identidad cultural que se borra, la cultura subordinada a otra cultura, la violencia normalizada. Justo en esos bosquejos estaba cuando entró una mujer negra pintada de blanco, su rostro visiblemente pintado y las piernas que se le salían de su falda también. ¿Ocupará talco o yeso? Seguro un cruce entre los dos, muy Kerry James Marshall, como evoco en ese poema.


Me detuve por un manicure en silencio, los 6 dólares mejor gastados en mi vida, y seguí caminando, que dolor de pies caminar en botines de Almodóvar, pero no importa, Little Tokyo es precioso así sin rumbo. Caminar hasta que la caminata se convierte en una fila afuera de The Broad, adonde vi banderas gringas de Jasper Johns, y me salté a Yayoi Kusama. Mi relación con Yayoi no sufrirá si no veo más de su obra. La impresión es perenne, la admiración también.


Caminé y caminé, varios círculos inconclusos, hasta que subí al rooftop bar de Tha Standard y brindé con mi primo. Brindamos por Los Ángeles, y por todas las veces que coincidimos, su volatilidad y la mía convergentes, como otro tipo de círculos. Se sumaron Aaron y Aaron, actores, nuevos amigos. En un SMS, yo confundí a Aaron con Erin, y en el bar gritamos para escucharnos, o más bien para que ellos escucharan las descripciones que sintetizar cuando alguien me pregunta ¿Cómo es El Salvador?


“I don’t know, I think San Francisco is more you, but L.A. is great!”


Llegué tarde a The Good Luck bar, y en su sofá rojo expresé mi nuevo amor por Los Ángeles, mi arranque repentino de darle vuelta a mi vida y regresar a Los Ángeles a vivir. Me dejaré crecer el pelo, me haré otra persona, con otro domicilio, con otra relación con el tiempo, el espacio y la percepción del valor, “Eso hice yo”, me dijo mi amiga, “me dejé crece el pelo, me lo pinté de rubio. Me hice instructora de yoga y me compré un carro”.  Eso te hace L.A.


Yo pertenezco en el Good Luck Bar, con el Barman que no me cobraba mis Coca-Cola Zero, hablando de decepciones y frustraciones con Danielle, a quien probablemente nunca vuelva a ver, y viendo al techo. Tomando fotos, oyendo en la música la melodía de tantas voces. Mi amiga me dijo que mudara al Good Luck Bar. Además, tengo sangre china.


***


Mi primo no estaba tan entero al día siguiente. Traté en vano de revivirlo con dosis de agua y café en Bottega Louie. No quería dejarme así, pero debía volver a su hotel, pero, tranquilo, aquí me quedo. Fui al MOCA a comprar postales de Kerry James Marshall y a ver arte. Me traje un lapicero que vive conmigo.


“Qué arte estás viendo?” Me preguntó mi anfitrión, y cuando le conté, me dijo que me nos juntáramos en la estación de metro cercana para ir juntos a Culver City al museo más genial del mundo. Pasamos a In-N-out, y lo tachamos de la lista de cosas no tan chivas que Paty tiene que ver cuando llegue a LA. Luego, terminamos el recorrido por muestras inusuales en The Museum of Jurassic Technology con té en el techo, del cuarto ruso al jardín. No se puede tomar fotos. Las teorías de cómo uno olvida son fascinantes.


Tachamos eso de la lista de cosas chicas que Paty tiene que ver cuando llegue a L.A., y nos fuimos a casa de C., allí downtown. Tomamos Picon Bière y hablamos de poesía, de viajes, y se nos fue el tiempo para irnos a Echo Park, a un evento literario en el que nadie nos extrañó. Movimos la fiesta a la calle, a comer tacos, era imposible conseguir un baño, hasta que llegamos por un espresso y cheesecake al café del barrio, de la ciudad, del estado, una institución de esas dee que si has pasado por allí, probablemente le has consumido, y no paramos.


Fuimos a The Last Bookstore a intervenirla y esconder libros de Rupi, y leer un poco de Neruda en dos idiomas, y de chinear un montón de libros que no compramos, Will, should I get this overrated feminist essay? Pasamos de sección en sección, juntos pero no revueltos, y mi anfitrión tenía anécdotas para cada esquina a la que me llevaba. Desde que nos bajamos en Culver City a caminar, y cuando nos sentamos a In-N-out, y en el techo, y en el regreso, y allí en The Last Bookstore,  me iba contando historias personales que le agregan a la dimensión visible, y no se ven igual los rótulos de Downtown Los Angeles y las baldosas abandonadas, no cuando tienen a un narrador así.


“It was Sunday and I hadn’t had Picon bière in a while, and after tacos and coffee, and was there cheesecake, too? ...there was The Last Bookstore and we listened to Bukowski but also read some Spanglish; I left with a copy of Insurgent Art in my bag with new books, and realized that the Japanese Highball at The Library Bar is my new favorite drink.”


***


Señores Los Ángeles, quiero agradecer a Hollywood por mi hospedaje y a los chicos por el mejor domingo de mi vida. Gracias a Silver Lake por mis últimas aventuras, y mi almuerzo a solas en Sqirl y por lo amable que fue, el lunes siguiente. Vitrinié y me compré unas cuantas cositas, para traer y regalar algo de mi viaje sin sentido por las calles, los barrios y los rostros de LA. M, mi amiga, llevó una sábana e hicimos un picnic de barras de cereales y agua de coco, y hablamos de lo mismo que hablamos por Messenger, pero en persona. Caminando, nos encontramos con un póster que nos marcó y nos tomamos una selfie, porque ser a la vez vaqueras y artistas es un poco nuestro sueño. Se fue por un lado, por una subida, y me quedé en un bar cercano para quemar tiempo y usar el baño, obvio, ese oasis difícil de alcanzar en una ciudad tan esparcida como L.A.


En la barra, un desconocido me contó de que había dejado su trabajo, ya mucho, ya basta. Había tristeza pesada en sus ojos que combinaban con su voz grave, pero Los Ángeles en general lo tenía harto. Iba a resolver su vida con un viaje a Houston, un montón de calma, pero si es un viaje vertical a través de las dudas de la existencia a lo mejor no resulte en un sentimiento de levedad. No se lo dije: me mantuve en el territorio diplomático de decir que lo entendía y sentando con la cabeza, si supusiera cuánto lo entiendo. De haberle contado de mí, ni me habría escuchado.


Se hizo hora de cena, hora de una última cena. Cené con Will en Night Market, una última cucharada de la comida divina de Los Ángeles y una dosis extra de cara-a-cara, de vida real. Caminamos por Silver Lake y algún otro boulevard sin rumbo, hasta que se hizo hora de tomar un uber y compartir un sofá, cada quien con su libro, una buena despedida.

Tengo que volver, así voy a Getty Museum y al Griffith observatory y me tomo algo con Ruth y Heinz, que no alcancé a ver, ¿quien sabe? La próxima vez, podré estar en Santa Monica por más de una hora, y no me tendré que cambiar en baños ni hacerme las uñas en un intento de sopesar lo extranjero e incómodo. La próxima vez, veré cortos cuando me inviten y no esperaré las últimas horas del viaje para jugar Tinder, e iré a más cosas con C, y tomaré más fotos, la próxima. Quisiera estar allí ya e ir a ver qué hay en el LACMA, y probar las cosillas que me recomendó Ruth; armar otro mapita para perderme y encontrarme.


***

la manta para el picnic del siglo 19 pero con agua de coco y barras de cereales
amo esa cachucha y ese manicure de Little Tokyo
y debo admitir que le reservo cierta fascinación a los fenómenos hidráulicos como ese reservoir

Mi segundo viaje a L.A.

día uno
filtro llamado "dramático frío"
día dos
filtro llamado "dramático sexy"


***
“Hello LA-Patty
léase 'el-ey-pa-ti'
no, La Paty”


¿Que cómo me fue en L.A.? Por un lado, Los Ángeles fue divino. Regresé casi convencida de que lo debía hacer era migrar y vivir perpetuamente errante en la extensión de boulevards infinitos; errante pero extrañamente en casa, allí pertenezco, sin permanecer y sorprendida.


Debía haberlo hecho antes: lo he estado haciendo en las ciudades equivocadas, esto de perseguir nuevas experiencias. No entendía por qué putas había que ir a L.A., ¿a hacer qué, decime? Mejor ir a hacer nada a Wisconsin o a Oregon como en la peli esta que vi el otro día, Cosas que nunca te dije (1996) de Isabel Coixet, cualquier cosa menos Los Ángeles, California.


No había dejado de llover. El clima estaba frío y el cielo, opaco. Con el pañuelo colorido que robé de H&M en 2009 (un acto doble: una protesta contra la producción en masa y un intento para sobrellevar el duelo de una despedida), me subí a un uber aterrorizante lleno de rave reviews sobre lo divertido que era. Tenía luces y un casco de VR, que me puse, pero John (o Joe, o Tom) bien me lo dijo “qué lástima que no te subiste de noche, they call this the party uber, I got lights down there and a disco ball here”...


Me dejó en Culver City y un mi nuevo amigo, quien me recibió en su apartamento, terminaba muchas de sus frases con “friend”, “How’s it going, there, friend?”... El plan era que esta sería tan solo una parada para depositar mi maletilla, no una posada, pero dada la lluvia casi tan vasta como la extensión kilométrica de la ciudad neodesértica, pues, Friend dejó que me quedara allí. Estuve en un sofá, encobijada, viendo Netflix y tomando té con platica, eso mismo que podría hacer en El Salvador, no tenía que viajar a Los Ángeles para arroparme en un sofá un día de lluvia.


Pero la aventura no terminó allí. Friend eventualmente me dejó ser y se fue a ser feliz y probablemente a fumar some pot, pues a eso y a buscar trabajo se dedican los chicos de las nuevas generaciones hoy en día.


I put on my garay hoodie and went out, y llevé mi chaqueta también, pero no andaba sombrilla. ¿Cuánto tengo que caminar hasta encontrar café…? No estaba tan bueno café del Coffee Bean and Tea Leaf más cercano, y esa sucursal no estaba hecha para peatones, sino carros; no tuve más opción que tomármelo bajo la lluvia, caminando por las calles de Culver City, sobre las cuales se edifican majestuosas una cantidad incontable de iglesias y grupos religiosos. Pasé los hare krishnas, la juventud masona, y varias ramas escala petite del cristianismo…



Después de un meet cute en Trader Joe’s, me pregunté si en realidad detrás de cada tipo atractivo que había visto había un ser funcional que valía la pena conocer o simplemente eran, estos tipos californianos, como los cuadros de Monet: un solo desorden que se ve bien a primera vista, como bien señala Cher en Clueless (1995). La yuxtaposición de elementos no siempre funciona, no todas las capas tienen profundidad más allá de la superficie. Oh well, ya era hora de irme, al fin, a juntar con mi anfitrión, y salir de fango del desconocimiento en el que nos encontrábamos, yo y mi pañuelo robado. El Uber #2 me dejó en una callejuela de las colinas de Hollywood, que nos costó encontrar. ¿Me habré equivocado de dirección o será en realidad esta casona mi morada de los siguientes días?


En el sótano-apartamento entregué el café salvadoreño sin el cual no viajo, la botella de gin de duty free como herramienta para completar la farsa (pues no tomo gin, quite frankly y él no toma café, pero dijo "gracias") y los cigarros, que no pudimos consumir sin antes completar una búsqueda extensa de fósforos y luego escaparnos a la pulcra terraza, hecha a la medida del clima de Chinatown (1974), pero no de esas lluvias inesperadas, incesantes, similares en su aspecto record-breaking al calor de California del año pasado… mejor inundada la ciudad que en llamas, pero, ven, hablemos de escritura...


La noche estaba predeterminadamente dividida en secciones: gin tonics sin tónica y con queso de España, pizza y recuerdos compartidos de Nueva York, anécdotas salvadoreñas. Esa era la primera parte, la segunda sería críticas del libro que estábamos leyendo a distancia, y la película que habíamos dicho que veríamos, en Los Ángeles, en el sofá de ese sótano. Me levantaba a fumar en la terraza, y volvíamos a descender por las avenidas los gins y la plática, y lo absurdo que es Brief Interviews with Hideous Men (2009).


Did anything good ever come out of 2009, really?


Me despertó la lluvia y el gris, contraste total con las naranjas en el patio, que podía ver desde la ventana, porque crecen naranjas en paraísos resecos, con cactuses y palmeras altas. Menos mal era muy cómodo ese colchón y esas colchas, porque me habían fisurado las entrañas esas rondas de gin, de hecho ni me acuerdo bien de la parte dos de la soirée, ¿qué nos dijimos mientras veíamos la película, when I laughed and said yes? Toda la situación había agravado mi gripe nefasta y mi hipoglicemia, y pasé en cama, con Kleenex, vergüenza y frío.


El highlight del día fue recibir la visita de mi otra amiga, anfitriona en espíritu pero no en domicilio, quien me llevó agua de coco para mermar los Páncreas Blues. Señaló la botella de Tanqueray y me dijo “Creo que ya sé por qué te sentís mal.” Físicamente, mejoré. Mi anfitrión me encontró deshidratada y malnutrida. Cenamos galletas y queso del Midwest, y terminamos de ver nuestra película mala.


***


Así que ese fue el principio: mi primer día hice cosas que podría haber hecho en El Salvador, luego morí, luego reviví. Pero no podía ser que solo había llegado a LA a ser inerte y a devolverme al estado que precede mi existencia. Tenía aún días por llenar y metas por cumplir.


El tercer día empezó con un brunch vegano en Beverly Hills, en la terraza de Gracias Madre, con una amiga y uno, dos, tres desconocidos que se convertiría en mis aleros,  anfitriones adoptivos, del resto del día, thank you, Connie. Es súper cool ir a brunch un viernes, el día en el que no hay menú de brunch, y sólo es incómodo pero tolerable vivir el limbo y ser los únicos que están almorzando temprano, con tiempo de sobra, y apetito para no uno sino dos sorbetes veganos, ¿dónde vamos después? Fuimos a LACMA, a ver el póster de la producción de instituto que no logramos ver, Carne y Arena de IÑárritu, y un montón de cosas –tantas cosas, como la expo Found in Translation: Design in California and Mexico, 1915–1985, y…. la espuma de mi espresso me impresionó más que el Koons y que otras salas, pero si habían partes de la colección que son bellas, con un Richard Serra, un Robert Irwin que confundí con Dan Flavin, un Cy Twombly, y más.


Comí rápido en Santa Monica, porque después del tráfico desde The Grove hasta allá, me alcanzaba solo para pedir, comer, pagar, correr. Me cambié de blusa en un baño, me puse labial, me escoltaron al metro más cercano para saltarme el tráfico que incrementaba y multiplicaba las tarifas de Uber, y me fui hacia The Little Easy –– sola, cansada, nómada. Llegué tarde, pero a tiempo.

Mucho gusto, hablemos de escritura. Hagamos chistes de la industria y de la vida, y sentémonos en la fuente, parte del set inspirado en New Orleans del bar en el que me querían llevar. Desafortunadamente yo ya me gradué y ya sé qué hacer con mi vida, pues, hace mucho que ya no tengo 22; pero de alguna manera también se filtraron anécdotas de alcohol, citas y relaciones. ¿Cuándo no? A eso me saben las chelas con nuevos amigos, chelas que pasamos del Little Easy al Birds & bees, con un buen partido Jenga, y, al lado, una trinchera de plática, antes del bajón de Prime pizza We drove around, we got sleepy, I fell asleep in two couches, but went to bed, el mismo colchón, el mismo confort.




***

palmeras de culver city, miércoles 13h14 
espectros en el good luck bar, west hollywood
lacma, viernes 14h34