El desierto de Atacama grita


El desierto de Atacama grita, crónica de viaje

Interior, escritorio, *clears throat*


La loca del desierto.

Si vas a ir a Chile, ve a San Pedro de Atacama. Reserva un vuelo [ya] de Santiago de Chile a Calama, y quédate cinco días en ese ir y venir en el desierto, yendo y viniendo en el clima árido en altitudo; yendo a las cerros, a los salares, a mercados decepcionantes y a los restaurante a comer solamente salmón y quinoa. Quédate hasta que grites tú también, así como grita la extensión de piedra árida del desierto de Atacama. Grita, el color ladrillo grita de las paredes desérticas,
solito,
grita.

Veníamos de un paseo
(muy)
breve por el centro de Santiago. Nos asomamos al Palacio de la Moneda, escuchamos protestas;
pasivas y extranjeras

caminamos cuadras largas, hasta que el hambre y la prisa nos llevó de regreso a ÑuñoaQuiero que mi autobiografía se llame Ñuñoa I love you– y, apúrate, hermana; teníamos que comernos una empanada deliciosa de la panadería Sabor de Buenos Aires, servirnos café en termo, agarrar maletas e irnos a agarrar el vuelo a Calama, sin olvidar el trípode, para al menos hacer el intento de tomarle fotos a las estrellas.

Muchos ignoran
el hecho que los trípodes prestados
son producto
de negociaciones amorosas
como lo son
a menudo
los viajes al pasado

Dicen que el cielo en Atacama [de noche] es espectacular, y he comprobado que es cierto lo que dicen.

Así empezaron nuestros días en las alturas de San Pedro de Atacama, con carreras, labiales de prueba en el aeropuerto, y un abrazo fuerte pero sentido de nuestra primera noche en ese pueblo en el desierto
y aún escucho los gritos del viento de los paisajes andinos, y extraño ese puto desierto.

Atacama es el único desierto con el que yo me casaría.

Íbamos varios en el bus del aeropuerto al pueblo, pero no sé si los demás pasajeros tenían la misma impresión de dejarse llevar por la incertidumbre causada por el recorrido de 106 kilómetros por tierra desértica rojiza, accidentada por molinos de viento de energía eólica. A mí nunca me dejarán de asustar esos gigantes blancos, uno tras otro; las montañas adelante y atrás, abrazadas por el atardecer decembrino. ¿Qué irá a pasar?

La tarde, muy educada, le dio paso a la noche. Llegamos a San Pedro de Atacama y lo primero que hicimos después de dejar las maletas tiradas en Hoiri Ckunza, como preámbulo al desorden comunal en el que viviríamos para amortizar el frío del norte del sur, fue buscar tour operador. Éramos un joven Fausto y teníamos que elegir quién iría a ser nuestro Mefistófeles.

Tres extranjeras, cero acceso
a transporte, mucha
ignorancia

Teníamos que depositar nuestra confianza en alguno de los cientos de tour operadores para asegurar que viéramos todo lo que queríamos ver. De las cientas de oficinas a la redonda, solo una estaba abierta a las nueve de la noche: Colque Tours.  Bebenka nos vendió todo, y nos vendió aire también, pues todo sonaba muy WOW, pero [hoy ya sé] que hasta no ver, no creer.

Nos dormimos cansadas de las caminatas capitalinas, las idas en metro, en taxi, en bus, sin saber que eso no era nada en comparación al cansancio que íbamos a llegar a sentir.

Nuestro itinerario estaba hecho: tres días íbamos, miles de lugares. Nos dijeron que la laguna Céjar nos quedaría muy bien en el atardecer, en la laguna Tebinquiche. Nos dijeron que en la laguna Chaxas llegan los flamingos y que, en esa época, aún era tolerable el clima. Que viéramos las lagunas altiplánicas, y que nos iba a encantar el salar de Tara. Nos prometieron choripanes bajo las estrellas en el tour astrológico de las 11:00 PM. Obvio, no nos podíamos perder del Valle de la Luna. Para ir a los geysers del Tatío, hay que preparse para las 4,800 metros de altura, a las 4:30 AM.
En mi vida se me había ocurrido
comer choripanes
bajo las estrellas.

Lo que no nos dijeron fue que en el camino a Céjar tendríamos a unos compañeros en el tour que no querían pagar la entrada, y que el guía, Pedro, iba a ser tan buena gente. Pedro fue el highlight de toda la experiencia, que empezó con atrevernos a meternos al agua fría. Contestaba nuestras preguntas, y al final no importaba que la temperatura del agua estuviera como a 10 grados, porque la playa es pura sal y, sin importar la profundidad del agua, no dejarás de flotar.

Grité del frío, grité
de la emoción;
grité en conjunto
con el desierto que grita.

De la laguna, fuimos a los ojos de sal –dos pozas mágicas, en medio del desierto y sus montañas azuladas. De los ojos de sal, corrimos por todo el parque y bordeamos los ojos de los límites de los pozos, sin meternos a bañar: corría el rumor que al fondo de una de estas pozas había un carro. Nadie lo había podido sacar desde que a unos turistas se le olvidó poner el freno de mano. Aprovechamos para tomarnos selfies, con rastros de sal en nuestras sonrisas. Me luce la sal y la piel seca, debo admitir.

Las sonrisas se extendieron y nuestras sombras, también: se estiran las sombras cuando el desierto grita, porque el sol se estaba yendo. Cada vez que se alargaban las sombras en Tebenquiche, crecía este amor palpable por el desierto. Parecían infinitos los caminos trazados en sal, firmados con arena; infinita la tierra y pequeñas nosotras. Los deseos salen hasta tocar la superficie de la piel casi intacta, casi de la misma manera en la que la evaporación de las piedras resalta las sales, en esos extensos salares.

mi última película se llama Extensos salares Mon Amour (2018)

Se me había olvidado
que ese primer tour incluía un pisco sour,
y se me olvidó
que el doctor me había prohibido tomar.

Brindé con Pedro el fuía, abrazé con mis brazos a mi prima y a mi amiga, y con las piernas me agarré del suelo. No quería ver nada más que ese atardecer en Tebenquiche y los colores arcillosos mezclados con blancos, marcados por sombras, manchados por el contraste del cielo y de los andes. En tres días no alcanzaríamos a ir al salar de Uyuni en Boliviar; y los tours que siguieron continuaron removiendo los deseos, con esos gritos.

“El mismo cielo que cae sobre las piedras cae sobre él. Todas las piedras gritan.
Gritan, el desierto de Chile grita. Nadie diría que esto puede ser, pero gritan.” - Raúl Zurita

sombras que gritan

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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