México, te amo

vistas en el Museo Tamayo

“Ya venite a México, te necesito aquí una temporada.”

Y yo también necesito a México. Aguanto la distancia, me alimento de un amalgama de recuerdos, pero sé que tarde o temprano debo volver.

Nos conocimos en los noventas, la Ciudad de México y yo; y no tengo ningún recuerdo, en lo absoluto. Recuerdo crecer con una vaga idea de las calles y de los lugares, creciendo con mujeres amantes de México, pero yo luego regresé y sí me acuerdo. Aprendí a qué saben los buenos mezcales, cómo se moja la ropa con las lluvias de julio y agosto, cómo se ven los murales de Siqueiros y Rivera; y cómo se siente amanecer en la colonia Narvarte y los tacos de barbacoa del mercado los domingos. “Algún día me vendré para acá, me vendré par siempre.”

Pero o no lo he hecho. Creo que no te merezco, Ciudad de México. En algún momento nos comió la monotonía de vivir lejos, y te dejé de querer igual. Las relaciones a distancia tienen fecha de vencimiento. Camnié mis planes, dejé de ir a la Feria Internacional del Libro, esa que me permitía verte de nuevo... Pero cerrar la brecha e irte a ver esta última vez me llenó de amor, de nuevo. Una emulsión de paz y afecto, un país vecino, y no las calle neoyorquinas que me hostigan porue están pintadas con rencor.

Compramos los boletos a última hora. Preferí volver al D.F., que ir a Tulum. No había un plan trazado, y lo primero que vimos fue un incendio. Había agarrado fuego el local de abajo de nuestro destino. Salió mi anfitrión y sus dos perras, asustadas. Iríamos a tener una primera cena mexicana, en algún lugar en el que dejaran entrar mascotas, un par de taquitos y un par de alambres en Tacos Álvaro Obregón, a la vuelta de nuestra casa temporal. ¿Cómo dejarlas solas en el apartamento, después del trauma del incendio? Es esquina de la Colonia Roma era un caos.

No dejó de haber caos a lo largo del viaje, pero eso no influye en mi amor por ti, México. No habrán peleas en el balcón ni episodios de indigestión que interrumpan esto, aunque sí que me encantaría no tener desayunos así de amargos… pero podría volverme a servir esos tacos de cochinita en cualquier momento, vamos. Y es que no solo regresé a una ciuuda, regresé a mi tierra de abrazos y hoy tenemos un retrato hermoso de tres amigos juntos, y hubo un viernes de cansancio en que le dedicamos a Almodóvar abrigdos y, por Dios, qué frío hace en México.

Y a este vaije, se sumaron experiencias viejas. Subí todo lo que pude subir en Teotihuacán y documenté el viaje desde el café matutino y los tickets de bus. Entré al Museo Memoria y Tolerancia del había oído, pero al cual nunca había entrado. Fue mi primera vez en la Cineteca, y como mi cuarta vez en la Casa Azul. No alcancé a ir al MUNAL, pero sí volví al Tamayo. Bailé en la Purísima, caminé por reforma, comí y leí. El dolor de irme (y dejarte) me dejó con una gripe de dos semanas. Nunca debí de irme de la Ciudad de México, pero se puede volver a los sitios. Menos mal volveré al D.F., y no agosto del año pasado.

Vistas en Teotihuacán

Mi primer viaje a Brighton


arqueología de emails 2006


“I never told you about my trip to Brighton?”



Nunca hablé de mi primer viaje a Brighton.


I mean, I did, pero decirlo así es un mejor prinicipio para una anécdota. After all, I am known for ser dramática.


En un verano occidental/invierno tropical, yo, empalidecida por el consumo cuestionable de alcohol y la falta de sol, me subí al carro de un nuevo amigo. Usaba una falda ahora difunta, gris, corta, circa 2006; mi pelo largo me tapaba el rostro en un intento fallido por emular a Farrah Faucet u otro ángel [secundario] de Charlie y de mi bolsillo se cayó una tarjetita amarilla. Mi amigo lo recoge, lo lee y me lo entrega


qué es eso
ah, eso


Pues, era un boleto Gatwick-Brighton. Un boleto de tren, preciso. Anaranjado con amarillo, algo desteñido pues llevaba meses en mi bolsillo.


Esto debe haber sido agosto de 2007. El boleto decía “mayo.”


Esto debe haber sido a finales de agosto, pues mi amigo a quien llamaré Chandler (para proteger su identidad, y evidenciar la ficcionalización de la realidad pues no conozco a ningún Chandler nacido en San Salvador) nos conocimos alrededor del 16 (o 21) se agosto del 2007. Brindamos por nuestra elección de disfraces, quedamos flechados, nos entregamos a una serie de noches alcoholizadas.


Esto debe haber sido aquella noche que empezó en un elegante chupadero. La tele tenía puesto porno en mute que displayed the fastest doggy style I had ever seen, y bebí Pilsener con sabor a Golden, tras ponerme gotas para los ojos. En el traslado del sitio 1 a la fecha en la que reiríamos como enfermos de chistes que quedaron en el olvido, en el carro, se me cayó del bolsillo de la falda el boleto Gatwick-Brighton.


qué chivo
qué hiciste


El viaje a Brighton fue una locura. Un tres de mayo, por ahí. Un finde largo. Boletos (plural, porque cogí un bus y luego un tren y luego un shuttle y luego un avión, y luego el tren Gatwick-Brighton). Lo disfracé de decisión sensata, pero no lo era. Se armó de manera medio alrevesada, que no alcanzo a recordar, como si me hubiera gastado esos ahorros que creí haber guardado en la cuenta de mi cabeza; todo falla, en mi cabeza.


¿Cómo fue, exactamente?


Gab se había perdido –


[one of your usual hiatus, my dear, where your coordinates disappear from the map of my life
A geyser emerges and we reconnect
Come down and see me]


– y en ese lapso me ofusqué, reí, amarré y corté. Nos encontramos, de repente, sentados en una veranda de París solteros y desatrasándonos, “Vos, X preguntó por vos” y nos fuimos a Toulouse. Bebimos mini prensas francesas y escuchamos y cantamos Beast of Burden, fuimos a regar mentiras por fiestas y hubo guitarra y pijamadas en el piso y “deberías venir a Brighton."


Esa idea terminó de cuajar con un chantaje que involucró una web cam y una botella de vodka, pues volví a hablar con X. Con la reaparición de Gab vinieron mis correos y mi culto a Gmail, bandeja de entrada que me hacía feliz. Iba a pasar 5 días con X y con Gab; luego Gab vendría a Bordeaux.


Luego, todos seríamos amigos.


[i put on new self-love gear
my confidence, withered from moving
had just grown back, my feet
were on the ground]


Me esforcé en ponerme un outfit que dijera “no me esforcé nada”: camisa de botones blanca, skinny jeans talla “He engordado pero me siento bien” y un cardigan negro. Me planché el pelo a las 5 AM para enfatizar el look pseudo-cero-esfuerzos y me quemé la oreja haciéndolo. Luego, cuando finalmente me bajé del tren y encontré los “telephone boxes”, hablé con Gab, que me dijo que X me iría a recoger.


Cuando lo vi, le di un semi-abrazo muy incómodo y me regué el café encima, una mancha de café viejo atravesando todo el centro de mí blusa. Yo pálida y cansada, él pálido por naturaleza pero descansado. Nos fuimos a la playa de Brighton.


Me senté en piedras y me cambié de outfit in situ y desapercibida. Tomamos cervezas, fumamos algo que nos cayó del cielo y también mis Lucky Strikes. Aluciné. Luego, llegó una guitarra y una mujer que dijo “Wow, you read French??”

Junto a ellxs, llegó Gab.


Yo caminé a Mouslecomb temblando, de la mano de X. Compramos una botella de vino cada uno de 8 libras. Nos tomamos dos sorbos. Compramos leche. Nos la tomamos al día siguiente con té inglés, en un deck de mdera, con planes en el aire y una camiseta que no era mía, en la que había dormido.

Todas las noches de Brighton me la pasé con mucho frío, maximizando el potencial de aquel cardigan negro y de una ahora difunta chaqueta morada.


***

Yo no entendí muy bien, et pourtant je sais parlais Anglais–


[have you had a good time
It’s been great
Would you like a flap-jack to munch on?]


–y la última noche dormí en jeans y zapatos.


En el sofá del primer piso, vimos los pitufos. Bueno, Gab y X vieron los pitufos. Yo no entendí nada. Llevaba como 5 días comiendo una vez al día y alimentándome de nueces, pubs, cervezas, fiestas en casa con referencias de Sex and the City y soundtracks de Lost in Translation. Si me hubiera quedado, Gab, hubiera visto lo que pasó después del pub en el que un chavo se sorprendió con mi cajetilla de Luckies.


[are those lucky strikes?
luck man!]

Estaba muy cansada, y un poco triste al llegar a Toulouse. Descansé una noche en casa de otro Gabriel, y mi alarma fue otra guitarra. El cansancio y el acento inglés se me quitó. La tristeza duró un poco más.


Pero en el espacio del carro de Chandler a finales de agosto de 2007, no pude decir todo eso. Jugué con el fósil de mi boleto de tren y hablé de que fui a ver a un amigo, cuyo roommate había sido un amor platónico. Hablé de que Brighton es chivo, de que estuve muy poco. Fueron cinco días, y no he vuelto.


ah, osea que te fuiste en un viaje de amor
cállate, cerote


nada que ver
o bueno


me llegaba el roommate



arqueología de recuerdos
2006 > 2018

Mis Je me souviens, parte 2

vientos de octubre

Texto inspirado en Me acuerdo (Je me souviens: Les choses communes I) de Georges Perec (1936-1982) y en el Día del Niño.










86


Me acuerdo del olor a la cocina de mi bisabuela, una cocina testaruda y soberbia, envejecida. A mí casi no me gustaba comer donde mis bisabuelos.


87


Me acuerdo de que mi hermano nos pasaba molestando.


En el carro, en la casa. En la sala, en el jardín; en todos lados.


88


Me acuerdo de todo, y de nada.


89


Me acuerdo de una piñata con el tema de La Sirenita.


90


Me acuerdo de que nos separaran porque “así no se juega.”


91


Me acuerdo de aburrirme en misa.


92


Me acuerdo de querer comulgar.


93


Me acuerdo de no poder ir al colegio por estar enferma.


94


Me acuerdo de no poder comer nada que no fueran galletas saldas, gatorade y Coca-Cola, sustitutos de suero oral, por estar enferma.


95
Me acuerdo de las frustraciones de jugar Barbies: construir un mundo y tener que pausarlo, para volver a tu casa de la casa de tu amiga.


96


Me acuerdo de ser mala mentirosa y pésima copiando.


97


Me acuerdo de Las Tres Banderas en Manuel Antonio, y el deseo de quedarme allí.


Ahora es un deseo de volver.


98


Me acuerdo de subirme a varios techos.


99


Me acuerdo de querer emular las bichas brujísticas de The Craft.


100


Me acuerdo de todo lo que se podía hacer con 15 colones.


101


Me acuerdo de ponerme los zaparos al revés – el izquierdo en el pie derecho, el derecho el en el pie izquierdo.


Aún no sé cuál es la derecha y cuál es la izquierda.


102


Me acuerdo de amar My Girl (1991).


103


Me acuerdo de mis amigos imaginarios, de mis polémicas conversaciones a solas y de un par de ideas raras.


104


Me acuerdo de la tragedia inconsolable de tener un chicle trabado en el pelo.
105


Me acuerdo de no tener mucho pelo y de que me confundían con un niño.


106


Me acuerdo de desarrollar una adicción a Cartoon Network.


107


Me acuerdo de los collages con fotos de famosos. Teníamos un álbum. Registraba todo lo que nos gustaba de la farándula y la cultura popular.


108


Me acuerdo de un paseo a una finca que, lo juro, estaba embrujada. A eso me acuerda leer a Samantha Schweblin.


109


Me acuerdo de las historias de miedo relegadas.


110


Me acuerdo de leer Goosebumps de R.L. Stein, prolíficamente. “Es un autor muy prolífico”, me dijeron. Yo pregunté qué era y aprendí la palabra.


111


Me acuerdo de una primavera muy fría en Chicago. Usé un sombrero ruso y capas de ropa. Yo sé como vestir en invierno, en parte por esa primavera en Chicago.


112


Me acuerdo que Madeline, la historia de la niña francesa huérfana que vive con monjas, me cambió la vida. Quiero un tatuaje de una cicatriz, al igual que la de esta heroína ficticia.


113
Me acuerdo de sufrir cada vez que me tocaba hacer natación, un drama de “NO AGUANTO”. Aún no nado bien.


Pero nado.


114
Me acuerdo demasiado bien de mi pasión por los dictados en clase.


155
Me acuerdo de cantar en clase, y en el recreo, y en la calle.


156
Me acuerdo de formas gramaticales que me confundían, como iRegreso al Futuro con Michael J. Fox.


157
Me acuerdo decir “Meg Ryan se parece a la de Sleepless in Seattle”, cuando Meg Ryan es la [que sale] en Sleepless in Seattle.


158
Me acuerdo de las veces que nos contaban historias de miedo.


159
Me acuerdo de la milanesa de carne de mi mamá.


160
Me acuerdo del consumo patológico de dulces después de Halloween.


161
Me acuerdo de mis disfraces repetitivos de Halloween.


162
Me acuerdo de subirme a un avión cuando aún se podía fumar, y ver a mi vecino pelilargo y descalzo fumar. Iba en shorts hacia San Francisco, inmune al invierno templado de la California.


163
Me acuerdo del momento incómodo de cuando hacen equipos y no te escogen, en las clases de deportes.


164
Me acuerdo de jugar con mangueras, safada de entrenos de futbol.


165
Me acuerdo de decir que sí iba a entreno de futbol.


166
Me acuerdo del jardín y el temor a los tacuasines, en Honduras.


167
Me acuerdo de no saber qué es el duelo.


168
Me acuerdo de ver MTV Latino en un cuarto de visitas, en la casa de mi bisabuela.


169
Me acuerdo de las historias de miedo en casas ajenas, de las leyendas urbanas en casas nuevas.


170
Me acuerdo del limbo de estar en la casa de alguien esperando que te lleguen a traer.


171
Me acuerdo de desear que no llegara el momento de que me llegaran a traer.


172
Me acuerdo del canto “del dichoso fui”, una mañana, en alguno de los países en los que crecí.


173
Me acuerdo de depender de una almohada que yo llevaba a todos lados, que yo llamaba “almohadita”. Éramos inseparables.


174
Me acuerdo del consumo patológico de azúcar, la adicción a las gomitas, el amor al Choco-Crispis.


paisajes que recuerdo

Arqueología de cuadernos


"esta ciudad es bien fea"
Crónica 1.3.
anterior al 27 de sept de 2017

Me duele el cuerpo. Este lapicero (o plumón, que yo llamo lapicero) me acuerda a trenes en París, en donde yo ensayaba mi futuro rol de editora. No creo que yo pudiera ser bartender. Extraño a mi mentor – siento que me podría dar un poco de claridad, o iluminar unas cuantas de estas ideas que andan en mi cabeza.

Tengo ganas de hang out con Tayari Jones. No sabía que este lapicero era rojo, #daltonicossanónimos.

Hay un vino que se llama Josh.

Nunca terminé de escribir sobre Mercado 24 – That was a good day.

Escribí para vos y “do the work”.

El maje ocupado y yo muriéndome por hacerle preguntas. Mi nivel de necesidad de contactar al mundo exterior es (hoy) paloma.

Est 1988 Chicago, IL

Nada más triste que la expresión “The book tanked”

Pero bueno, es chivo learning about the industry.

Se establece un código y todos lo leen, todos lo aplican. Así funciona la vida civil de NY.

Dos cerotas me hicieron mala cara por mi bad subway etiquette que franchement je croyais que iba bien.

No creo que la vida en NY es lonely. Creo que MI vida en NY es lonely.

Las week fue super social.

Arena movediza. Internship. Norton..

Loud and quiet at the same time. You can hear the music, unrecognizable (as are most kinds of music if you have ignorant ears like mine que se quedaron en KOC)

One and done me dijo la mujer divina que me atendió.

"i had a drink with a rat"