Viejos años nuevos

PLAYA EL TUNCO, LA LIBERTAD 2011
Cual Samurai preprándose para la batalla de la vida
PERQUÍN MORAZÁN 2015
The Bridge of Death, como el que sale en Monty Python and the Holy Grail
Cada 21 de diciembre, cumplo años y siento el peso de los últimos 365 días, más pesados aún cuando a la gente se le olvida tu cumpleaños, a la sombra de La Tragedia de la Navidad que muchxs vivimos año tras año. Sí, son los 21 de diciembres que me acechan preguntas acerca de esto llamado El Futuro. Este último año, por ejemplo, en vísperas de mis 31 años, estaba en una finca en Alta Verapaz tratando de conseguir cita con una vidente para que me revelara la verdad y así me ayudarme a configurar mi vida. Pero no se pudo: me subí al bus de Guatemala hacia San Salvador el día siguiente sin respuestas y, al llegar, brindé porque no sabía (ni sé aún) qué hacer con mi vida.


Me entregué a la crisis con sashimis el día siguiente, con una cita en el doctor, con un poco de tarot y tabaco; y cerveza, también. Se sumaron las celebraciones: mi cumpleaños se celebra perpetuamente hasta que el 25 de diciembre acaba por robarse el protagonismo. Nunca se disipa del todo este aire a decepción (que combina con la tez que dejó el 2018), pero consigue hacerme pasar la página con elegancia. Al llegar el 31 de diciembre, me importa un pepino el futuro.


Al llegar el 31 de diciembre, me entrego a la indulgencia del pasado y no el futuro. Recuerdo más bien los años nuevos viejos, como un ejercicio de análisis y de anticipación.


2018
Shalpa, La Libertad
Los días fueron una secuencia de viñetas repetidas de comer, tomar, hablar. El 1ero de enero, me bañé en el mar para dejar mis pecados, que los arrastren las olas. Horas después, estuve en el volcán, hasta que me arruyó Roma (2018). Las conversaciones siguieron.


2017
San Salvador, San Salvador.
Algunos años nuevos no son tan alegres, como el del año pasado. Por fuera, en mi vestido tornasol y leggings de látex (combinación un poco extraña y out of character). Por dentro, bostezos. Mandé un mensaje de texto medio incoherente, a un expretendiente, en respuesta a sus saludos elocuentes. ¡Qué vergüenza! Debió haber pensado que eran los tragos, la borrachera… Pero en realidad era el aburrimiento y la soledad que habían atrofiado mis habilidades de ligar. O la preocupación por mi gata, que había desaparecido. No me aguantaba porque dieran las 12 para irme a dormir.


Después de las 12, ya en pijama, acostada habiendo dejado atrás todos mis malos mensajes de texto de todo el año, me dijeron que bajara. Me puse una bata y acepté un whiskey. Fueron varios. Nos reímos de ellxs, de mí, de todo. Chin chin.


Comí lentejas en el mar y  dije en voz alta un propósito que no cumplí: “Este año voy a hacerme más experta en volcanes.”


¿Por qué?


2016
Brooklyn, New York.
El 2016 no hizo sentido. Nada tenía sentido. Es normal que haya terminado el año en un sofá en Brooklyn tomando champán y viendo Dr. Strangelove: or How I learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964). Me puse un suéter ridículo y un vestido pegado, sin sentido alguno porque no terminamos yendo a esa fiesta en Greenpoint (lo siento, Jake.) En vez, nos quedamos catando whiskies, “This one has more legs”.


El 2016 fue el año que dormí debajo de un mosquitero en una hacienda en Ometepe, la primera y última vez que escalé por 11 horas, la primera vez que volví al Pasado en 6 años, y el año de mi retiro de escritora entre parejas. También fue el año en el asumí mi gusto por ir a citas de terceros.


Es lógico que iba a terminar con un reloj de compromiso y con chistes de vivir en Nueva Jersey, planeando una boda que nunca hubo.
2015
Antigua Guatemala, Guatemala.
El viaje a Antigua Guatemala para pasar el 31 tuvo muchos highlights. Entre suegros, padres, madres y consuegros, tías y hermanas, y cuñadas, íbamos 4 anexos miembros de la familia extendida. Aún así, de manera casi uniforme nos encontrábamos para las comidas y nos dividíamos regularmente en varias sillas y mesas. Siguieron mis recomendaciones y cada vez “Muy rico, Paty”. Tomamos mezcal antes de ver las luces debajo del arco, antes de las 12. Yo me fui a dormir [temprano], parapléjica por el dolor de vientre y de pies, de tanto caminar en calles piedritas.


2014
Antigua Guatemala, San Salvador y Perquín
Antes de que se fuera a vivir a Chile, yo usaba mucho el comodín “después te vas a ir a vivir a Chile, y no vamos a poder hacerlo.” Ese comodín, ese fin de año, consiguió que nos fuéramos solas, mi prima y yo, a Guatemala en un road trip muy Thelma & Louise (1991). El 31 de diciembre, nuestros planes seguían en el aire. En el carro, el Honda Fit rojo que iba a desaparecer [de mi vida] una vez mi prima se fuera a vivir a Chile, yo tenía ropa lista para cualquier opción de Noche Viejo: vestido, botas, bikini, suéteres. Lista para que el carro nos llevara a la montaña, el mar, el lago… ¡donde sea!


Pero a mitad de nuestra cazuela de huevos con chorizo en Los tres tiempos, ambas accedimos a regresar a San Salvador.


–Voy a pasar el 31 con mi mamá.
–Yo también.-


Ya en El Salvador pero aún en la carretera (después de la frontera la Hachadura, cuando los árboles se arquean y se hacen sombras perforadas), yo pensé “faltan 5 días para volver a la oficina. 5 días que se podrían aprovechar:”


–¿No querés ir a otro lugar?.-


A mi prima le gustó la idea de ir a Perquín, Morazán, así que reservé una habitación para dos noches en Perquín, justo cuando llegamos a San Salvador. Conseguimos aleros, y a las 12 encendimos estrellitas adonde mi mamá con la promesa de salir a las 7 AM a nuestra aventura. El cerro de Perquín se veía hermoso con la luz de enero, las montañas verdosas y el suelo reseco.


A los dos días, todos estaban tan felices de regresar a la civilización. Desayunamos y manejamos* hasta la otra punta del país, a La Barra de Santiago. Lo haría de nuevo.


*Yo no tenía permiso de manejar, ni de guardar ningún ítem de valor como las llaves de la habitación. Yo solo tenía permiso de tripear con la mara.


2013
Zaragoza, La Libertad.
Me arreglé por gusto y me dormí lo más posible. Cuáles cohetes, cuál vacil.


2012
Cangrejera, La Paz.
En el mar, las stats fueron estas: 2 invitadxs míos, 1 abuela, 1 novio de mi mamá, 1 novio mío, 1 sobrina de alguno meses; 2 hermanas, 1 hermano, 1 novia de mi hermano. Eso recuerdo. El setting: el mar. Todos contentxs, hasta que mi amiga y yo ya no podíamos seguir despiertas y los novios (el de ella, el de mi mamá y el mío) se quedaron tomando.


Al día siguiente, mi mamá no podía dejar de hacer chistes pasivo-agresivos: “Allá deben haber quedado en la arena, si allí estaban chupando. Andá buscalos en la arena, que por allí los vi yo anoche.”


2011
No me acuerdo.


2010
El Tunco, La Libertad.
La celebración del año nuevo 2010 empezó un par de días antes: la vez que huí con mi primo y uno de mis mejores amigos al ahora difunto Bar bass. Volvimos diciendo cosas sin sentidos y dejamos el freezer abierto, buscando munchies. Y, tras eso, el día siguiente morí del cansancio y el sueño y, francamente, me regresé (escoltada) temprano del bar a la casa en el mar. Menos mal me perdí de los sucesos sin explicación que provocaron encuentros raros el día siguiente.


Y menos mal que la celebración se extendió hasta el 2 de enero: el 1ero volvimos al bar, pero esta vez me acuerdo. Hablé con un semi-conocido en una mesa, y con un desconocido en otra. Juntamos fuerzas y terminamos en un after con mi mamá, tomando el coctel del año: Fanta con champán, una mimosa improvisada.


2009
Me acuerdo, pero no lo voy a contar.


2008
París, Francia.
Cerca del 31 de diciembre del 2008, organicé una fiesta en la casa de mi querido amigo y ex, sin su autorización. Hice un evento en Facebook con una foto de miles de shots de todos los colores y, en vista que lo hice a las 8 AM regresando de otra fiesta, la descripción no tenía sentido. Incitaba e invitaba a comer salmón y baguette antes de las 12.


Mi amigo no me autorizó la celebración, y fue él el anfitrión. En vez, fui invitada y por alguna razón me puse un vestido de lentejuelas *encima* de unos jeans y un converse blanco, y el otro gris, como queriendo evidenciar la fase trash en la que estaba. Bailé canciones horribles, tuve momentos de duda profunda, y así bauticé el 2009 que tenía por delante: diva, sucia, trash, divina.


2007
San Francisco, CA.
Ingerí demasiados cosmpolitans. Hablé mucho, y muy fuerte. Me rendí y me fui a acostar, solo para amanecer el día siguiente con un dolor punzante de cabeza y de vientre; chakras alineados y unidos en dolor. Alguna gringada (como dos toques y un sándwhich, en carro por suburbios californianos) fue lo que me hizo salir adelante.


2006
San Sebastián, España.
[censurado]


2004
San Salvador, San Salvador
No quiero hablar de la noche del 31, que se confunde con la noche del 24 en la que no pude salir y me quedé en casa (en el cuarto de mi hermano, que tenía tele y DVD) viendo Hable con ella (2002) de Pedro Almodóvar. Me gusta el recuerdo de intercambiar SMS y no hacer nada más que entregarme a este película, que me destruye un poquito. Prefiero ese recuerdo. Me lo quedo.


2002
Ilopango; entre los departamentos de San Salvador, Cuscatlán y La Paz
Esta fue probablemente la primera vez que pasé una vacación o fecha así lejos del núcleo familiar. Me acaban de quitar los brackets y compartí un cuarto de visita, y socializamos con los otros hijos de amigos de papás que habían llegado a esa misma vacación.


Hace un par de findes volví a esa misma casa, y recordé esa vez del 2002, la primera vez que fui. “Una vez pasamos aquí el 31, veá? Nos vinimos, y la noche del 31 la pasamos en otra casa, que quedaba al otro lado del lagp. Nos habíamos ido en la lancha, pero la cosa es que el lago es tan grande, y estaba tan nublado, que no nos pudimos regresar. Nos tuvimos quedar en ese lado del lago, y nos dieron posada en la casa de mi tío. Esa fue la vez que… bueno, ajá, estábaos bien bichos.”


Y este viaje, de este año, inspiró una historia que está en proceso: vamos a escribir un drama que ocurra en ese paraíso volcánico, en una casa en la caldera de un supervolcán, un matrimonio en llamas, felicidad en ruinas. Una novela como para leer con una copa de vino, y ver qué pasa después; muy parecido a los años nuevos en Shalpa, La Libertad.

GREENPOINT, BROOKLYN, NY 2016/2017
Lista para tomar champagne y ver Kubrick's  Dr. Strangelove: or How I learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964)

Lecciones cumpleañísticas

diciembre 1998
diciembre 2008



Yo llegué a mi casa, del hospital en Honduras, un 23 de diciembre. Debe haber sido un poco raro para todas las parte involucradas tener a una recién nacida allí en Navidad.

Desde que me acuerdo, he vivido con sentimientos encontrados con respecto a mi cumpleaños y con una muy buena voluntad de celebrarlo. El discurso que puede ser egomaníaco que repito, que el 21 de diciembre es el mejor día del año, es en realidad un poco irónico. Querer hacer mi cumpleaños el día favorito de todos es también un esfuerzo por que no lleve el leve tinte de decepción de años anteriores.

Por la época, me jodían las vacaciones. Me encontraba en aviones, muy pequeña, levantándome del asiento y buscando amistad en las aeromozas a quien les decía que hoy es mi cumpleaños. Me regalaron prendedores de alitas y un librito para colorear, y pinté feliz mientras volaba. Habían pasteles con muñequitos, rodeada de adultos, cuando no eran aviones sino tardes chapinas o salvadoreñas. Y cuando venía abril 4 meses después, había una piñata que compartía con mi hermana. Era muy confuso.

Pero cuando me dejaron de hacer una piñata en conjunto con mi hermana en abril (o mayo; todo es posible), se fue normalizando este sentimiento de decepción y falta de compromiso con la causa.

Cuando cumplí 11 años exigí que no hubiera piñata, pero me compraron una de todas formas. Un Winnie the Pooh que me avergonzaba guindó, ignorado, en el jardín de la casa que alquilamos en Guatemala. Al menos llegó gente, entre ellos mi novio de infancia, el único niño invitado. Me llevó un peluche rarísimo. Fue el 10 de diciembre, en vísperas de las vacaciones que me separarían de nuevo de mis amiguitos del colegio [nuevo].

Cuando cumplí 12, el regalo fue mudarme de país y dejar a todo el mundo. Alcancé a ir a pasar un rato (era martes, 1999) a la casa de una amiga, junto a otras amigas, y pedimos pizza… Nos pidieron pizza, porque era lo más fácil para alimentarnos, no porque era mi cumple. “Y tú, ¿cuándo cumplís años?”. Pues, hoy. En la noche, cené con mis papás, mi primo y mis hermanos (y sus parejas). En el restaurante que ellos querían. Al día siguiente, me fui a vivir de Guatemala a El Salvador, con mi primo al volante y mi gato encerrado en una jaula llorando. Sammy, mi gata, vivió traumatizada el resto de su vida.

A los 13 me iban a llevar a almorzar, pero se les olvidó. Llegaron como a las 3 PM porque se habían quedado comprando regalos de Navidad para terceros.

A los 14, ibamos a irnos de viaje ese día y como buen insomne no dormí nada. No pudimos irnos, mi mamá estaba enferma; aprendí esto a las 4h45 AM. A una hora prudente, le avisé a mis amigos (2) de la situación y me acompañaron a ver The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring (2001) en estreno. Rafa, Armando y yo seguimos siendo brothers muy a pesar de que ya tenemos días de no ir al cine juntxs.

Y para mis 15, no hubo nada rosa, ni grande, ni clásico. No sé bajo qué óptica accedí a que me hicieran una cena, manteniendo según yo la esencia del rite of passage latinoamericano muy a pesar de mi outfit negro improvisado. Invité a algunos amigos. Lo que en realidad pasó fue que mis papás siempre hacían una cena navideña alrededor del 14 de diciembre, pero ese año la corrieron al 21. La única foto de mis 15 es de yo en la mesa de las divorcées, más jóvenes que mis papás pero no de mi edad. Las señoras, amigas de mis papás de toda la vida, llegaban con regalos en mano, regalos de navidad para mis papás. Creo que un porcentaje muy pequeño de los invitados estaba al tanto de que era mi cumple.

Los 18 fueron pleitos; una historia de ruptura que casi nunca cuento.

Cuando cumplí 20 me hicieron una fiesta sorpresa, pero no me sorprendieron porque lo intuí. Hubo sandwichitos de piñata, en mi ex-casa allí en Bordeaux/Talence. Hubo, antes, una cita no-cita con un chico que me gustaba y fui a ver una reinterpretación de El Quixote en ballet. Al final, cuando llamó mi papá desde El Salvador, le contestó una amiga y ninguno de los dos captó qué estaba pasando, ya eran las 7 AM hora Francia. Lo malo es que todo el tiempo pasé pensando en un ex, con dolor de vientre, en una nube de hormonas muy difícil de leer.

Los 21 iban a ser épicos, según yo. Ya, adulta. Una mujer sabia. 21 años, el 21 de diciembre, a las 21 horas. En realidad, dejé un angry voicemail a las 3 AM, cogí el teléfono fijo y llamé a El Salvador porque, por la diferencia de horas, Fernanda iba a estar despierta. Soy Paty, felicitame. Y me desperté con un mensaje agrio de “te devuelvo los lentes cuando regrese de Nevers”, en vez de “Feliz cumpleaños!”. Me lo bajé todo con un brunch en una terraza, a 10 grados C; y en la tarde no tenía planes, más que ir a una novena. Era eso o desperdiciar mi tarde de mujer adulta, divina, abandonada. Al día siguiente, sin embargo, hubo una revancha.

A los 22, un martes, exigí un trago con fuego y me lo tomé con una pajilla. Me dormí en una cama de visitas oyendo Janis Joplin y me regañaron el día siguiente porque no llegué a la casa de mi papá adónde me estaba quedando, ni avisé. Not the first time, not the last, pero really no podía dejar las conversaciones de Janis Joplin a medias.

No sé si fue para cuando cumplí 25 o 26, pero yo había planeado algo específico: una ida al mar, barbacoa, una piñata. Pero nadie pudo ir, todos cancelaron (menos 3 personas), y mi novio de ese entonces no quiso gastar dinero en una piñata. Dos desconocidos, voluntarios que estaban de paso, se unieron a la celebración. Hoy es hora que no sé cómo se llaman.

Cuando cumplí 27, el pastel era hermoso y estábamos en San Blas, La Libertad… pero yo había estado triste por meses. Un día más de esconder las ganas de llorar, todo por no querer entregarme al drama.
En 2017, par contre, opté por probar algo distinto: no hacer nada. Cumplí 29 años y aparte de un episodio incómodo con unos antebrazos, no hubo de qué quejarme. Vi a algunas personas queridas; no vi a todo el mundo. Me puse calcetines de bicicleta que me acababan de regalar, la farsa de la Navidad porque no puedo andar en bici. Luego, vino la secuencia de celebraciones de mis 30. Luego, un año después, la más reciente expresión de delgada línea entre vejez y juventud: mis 31. En ambos casos sufrí de crisis post-20’s y las decepciones se hacen entonces secundarias, ante la aflicción real de ansiedad adulta.

Quizás la clave es simplemente no nacer en medio de un 21 de diciembre, pero este año no voy a celebrar mi cumpleaños. No es que el solsticio de invierno sea una mala fecha, es que colinda con La Tragedia de la Navidad: todo lo malo que le suceda a una familia, a un grupo de amigos, a un equipo de trabajo es amplificado por la Navidad y la intensidad de las fechas festivas. Nacer un 21 de diciembre es simplemente nacer con la maldición de la época festiva, pero “feliz cumpleaños y feliz navidad.”

21 de diciembre de 2017
Playa El Sunzal, La Libertad

Lotería de viajes exprés






LOTERÍA DE VIAJES EXPRÉS*

*título y ejercicio concebido luego de leer Matria, de A. Lytton Regalado

El viaje exprés, por definición, no es lo mismo que un viaje corto: es un viaje hipercorto (e “hiper” es mi nuevo sufijo preferido, pero no vamos a hablar de eso ahorita.) El viaje exprés tiene su magia particular, mientras que en los viajes cortos abunda el tiempo y se extiende la agenda. En los viajes cortos, hay espacio reservado para descomprimir y también viajar, sin instalarse, permanecer extranjero pero familiarizarse. El viaje express, en cambio, te obliga a obviar lo más posibles las señales de viajero, y tomar con naturalidad la breve estancia, el tiempo, las opciones. No hay tiempo para cosechar la consciencia de la condición de viajero, ni el modo pasajero. Hay que afrontarlos con cotidianidad, poco equipaje y levedad de espíritu.


Las complicaciones y la logística de viajar, con tiempo limitado, aunque el traslado físico sea real, uno jugando a ser inmune: como la vez pasada que pasé como dos horas en tráfico para llegar a Antigua Guatemala, solo para ir a tomarme un café, y ya [exagero, fueron más las horas en carro y no solo tomé café, sino que comí tacos y también grabé audios para un trabajo]. Abajo, un amalgama de viajes exprés.


LA FIESTA


mayo 2018


Si tenía que estar en San Salvador ese sábado, y el evento era jueves, pero jueves en la mañana había un… en fin, la única manera de estar en todos los lugares al mismo tiempo era haciéndolo. No era cualquier fiesta, tampoco: era el estreno de casa de Little Coins. Lo habíamos empezado a planear a finales de abril, en una mesa de Café Despierto con pizzas que nos coqueteaban desde su estructura para servir, elevadas. La planificación había seguido y aproveché las 5 horas de trayecto para entregarme a mi almohada para el cuello en un efervescente monólogo interno y poco trabajo. Llegaría solo a maquillarme, ponerme aretes e irme a 1001 noches, a las oficinas de Little Coins. Iría a reír, comer y beber. Encontrarme con caras conocidas y otras nuevas, y unos colegas, y qué tal si no hablamos de lo que ambos sabemos? Si buscás nuestra amistad en Facebook, encontrarás versiones más jóvenes de nosotrxs comiendo choripanes a las 2 AM afuera de la z. 14, pero esta vez no hablamos de esto: esta vez reímos de cosas que no tienen que ver con las camisas Havoline que llevamos puestas ese viaje corto, el de esa foto de la que no hablamos; esos momentos de 2011.


Las conversaciones del after, entre dos, fueron geniales.


El día siguiente se lo dediqué a mi resaca. Me habían ofrecido ponche para llevar y tuve interacciones innecesarias por What’s App hasta las 2 AM, pues a cualquier se le va un chiste interno con dedicatoria en un balcón. Pasé en pijama y eventualmente recorriendo el apartamento ilustre de Casa Américas, hasta que fue hora de irme. Sería la última vez que nos veríamos, pero yo no lo sabía.


La agenda (apretada) ignoraba la precariedad de tiempo que disponía. Me alcanzó para tener brunch en Café Despierto, we meet again, gesto que agradezco y que desencadenó una serie de pláticas con palabras dulces sumergidas en café. Y para cerrar, un café con Papalota Negra y su estrella de ese momento, Óscar Donado. Un abrazo en 3D, antes del bus hacia la vida real, sin batería en el celular.


Nunca tengo batería en el celular.

EL PUEBLO REVOLUCIONARIO


octubre 2017


Eran las 7:00 AM en San Salvador y yo estaba bañada y semi-vestida (probablemente en bata, probablemente a duras penas arrancado el día, contemplando el vacío cual novela de Virginia Woolf) frente a mi computadora, en mi estudio. Así comenzaban mis jornadas laborales, las de hace un año, no las de hoy.


Cathy me interrumpió mis vacilaciones con una invitación a ir a Cinquera, pueblo revolucionario en el departamento de Cabañas que conocía yo solo de nombre. Una “joya turística llena de historia,” sin duda. En una agenda rígida de profesores del Liceo Francés guiados por el testigo Rafael. Ella tentó su suerte, y no sabía qué respondería a esa propuesta impromptu de irse de viaje en unas cuantas horas. Dije que sí.


El tour empezó con un almuerzo en San Sebastián y compras en Ilobasco… pues, allí compré sorpresitas pícaras que quedarían tiradas en la parte de atrás de ese Toyota por meses. También compré café, para mi alero Eduardo y yo. Equipo Cinquera, allí vamos. Luego, nos instalamos en el hostal de nombre genérico como El Hostal, con quien luego negociamos un precio más barato debido a la averías del baño de la habitación y los daños a la paz mental. En el interim entre la cena a las 6:00 PM y la bienvenida al pueblo Cinquera, hubo un paseo con cerveza en mano. Apreciamos los murales de la zona y el monumento homenaje a las víctimas de la guerra, y a Monseñor Romero. Luego, con nuestra Pilsener camuflajeada, Rafael nos dio el discurso introductorio al tour de Cinquera: la historia de una guerra, su historia dentro de la guerra, los cerros aledaños y lo que sufrieron los que vivieron la misma historia de Rafael, allí en Cinquera.


Pero después de la noche de no dormir, no pude irme con los demás a conocer el pueblo y el cerro y la zona. Me habían prometido caminata y cascada, pero yo tenía que trabajar. Un día laboral, pero en Cinquera. Y ellos volvieron enlodados, y yo olvidé mis mom jeans favoritos en El Hostal, y comimos en Suchitoto, antes de volver a San Salvador. Volví cabal a tiempo para bañarme de nuevo, cambiarme e irme al Teatro Luis Poma.


Ese día, al volver de mi viaje exprés, lanzaron Distópica y hablé de mi texto, “Oro rosa”. También hablé de otros textos, con cervezas, y de otras cosas. Mi mente aún estaba viendo al lago Suchitlán.



LA GRANJA
agosto 2017


Llegué afónica a Hacketstound, N.J., tras haber sufrido de una gripe (la verdadera maldición de Moctezuma es la laringitis aguda potenciada por el cansancio inminente de los viajes cortos a México en general; al D.F. en particular) *tos* Descubrí a Penn Station, en Midtown, bajo el lente empañado de mi malestar, no sin antes tomar un subway desde Nostrand Ave., la estación/avenida limítrofe de los barrios Bed-Stuy y Crown Heights – mis barrios.


Hackettstown está compuesto por granjas: una cama de Lego verde con arbolitos. Sobre ella, casitas, bloques, cul-de-sacs y árboles. La gente de mi generación que trabaja en estas granjas está reinventándose, pues no puede parcelar tierras agrícolas. Yo quiero reinventarme con ellos y ofrecer tours y sandías y elotes y sándwiches. Hay un súper entero de licor y cervezas, “esto no es una tienda, es un universo”. Probé más IPA’s y cené una porción para una persona capaz de alimentar a 3, en un diner que sirve comida las 24 horas, al que chicos de Nueva Jersey solían ir por café ralo ilimitado y cigarros. Cené donde se gestaron infinitas intrigas de amores adolescentes, tal cual lo representa Hollywood en Say Anything de Cameron Crowe, por nombrar un ejemplo. Dormí en una escena de una película gringa, de esas que pasaban en el cable y con las que uno se encariña.


No era mi primera vez en N.J., ni será la última. El domingo bebí blueberry coffee, algo que tachar de la lista de cosas que hice sin antes haber sabido ni siquiera que existían. Fue el acompañamiento de mi cacerola rara de huevos estrellados en una especie de ratatouille de verduras recién cosechadas, y una cama de papas, porque todo es mejor con ese tubérculo. No quería volver a Nueva York, un amalgama de competencia en el que no sé de donde viene lo que a uno le sirven en el plato… no como en Nueva Jersey, donde los menús cambian según temporadas. ¡Y es que hubiera podido ir a cosechar mis propios duraznos! y luego hacerme experta hacedora de jaleas gringas.


Cuando muera, quiero que me recuerden como una mujer que amó la vida rural de Nueva Jersey y siempre se declaró fan de las papas. Y, quién sabe, a lo mejor acabo viviendo en mi propia granja norteamericana, perpetuamente afónica y ebria de fruta fresca fermentada. Les enviaré un día una invitación a una boda en Louisville, Kentucky y verán que no hay nada de malo con el exceso dentro del aislamiento.


LOS ALMUERZOS
mayo 2017





“We all have our rituals”


Uno de mis rituales es almorzar con un caballero cada vez que estoy en Guatemala, al principio o al final. El caballero se llama René y nos conocimos en el 2003, en San Blas. Hablamos de Harry Potter en la arena. Fumábamos de escondidas.


No recuerdo mucho de ese día entre semana, en mayo. No me fui en bus, me fui en carro, con el ahora difunto servicio de Intercity. Trabajé las cuatro horas, desde el cel, a través de Google docs. Esta vez almorzamos en Oakland. Pizza o pasta, o ambos; y los dos, René y yo, teníamos historias de Nueva York.


Fui al mercado central, por lo que iba, y encontré cosas que no esperaba. Después no sé si volví al apartamento de René, o si fui por café. La noche estaba apartada: cena con mis amigas de infancia, porque después me iba a Nueva York sin planes de regresar.


Los planes cambiaron. Vuelvo a guate, pero hace ratos que no almuerzo con René.

EL CUMPLEAÑOS
noviembre 2008


El viernes 28 concluyó una semana difícil, de esas de desvelo haciendo disertaciones de literatura comparativa y ejercicios lingüísticos en dos idiomas. Media vez había terminado de poner la última coma y el punto final en mi tarea de Dino Buzzati y Franz Kafka, tenía una copa de vino en mano… o vino, en un vaso, y labios enmoradándose. En calcetines, jeans flojos y camiseta de esas que es pijama o blusa dependiendo del contexto, soirée pequeña en la sala de mi apartamento compartido en Bordeaux. Muchísimo vino y muchísimas risas, sobre todo cuando nos repartíamos historias colectivas y, por turnos, le contábamos al invitado. Sergio era externo al grupo, y el grupo “muy querido.” Boté todas las tensiones, recordé viejos chistes y a caras conocidas y, de repente, me levanté a llamar a Matías. Nada más oportuno que estar despierta justo a las 12 AM y ser la primera en felicitarlo. “¡Te veo mañana! ¡Me voy a Poitiers!”, le grité al teléfono.


Fue una decisión tomada en el fervor de momento que presentaba un riesgo elevado de ser una promesa en el aire, pues esyaba yomando y sin boleto de tren. Pero el día siguiente, reconcí las paredes de mi cuarto y las dimensiones de mi cama y parpadée, buscando irrigar mis ojos con los últimos flashbacks. Huí a Poitiers, para evitar una reproducción semejante. Me había excedido y llegué a darle clases a Charles, un mi alumno que quería reforzar su inglés porque trabajaba en hotelería y turismo, con un boleto comprado y el cerebro a medias. Al terminar de analizar las diferencias entre “since” y “ago”, con ejemplos como “This yoghurt went bad 5 weeks ago! It has been bad since october 21st!”, me fui a Poitiers.


Esa fue la noche en la que perdí una bufanda, comí rissotto con el cumpleañero quien me hizo huevos rancheros al día siguiente. Hacíamos acentos como en nuestra adolescencia y nos sentamos en el piso de su apartamente a actualizarnos más: relaciones, tareas e universidad, secretos culinarios y cadáveres exquisitos. Hicimos una eppopeya que luego transcribí de mis recuerdos, la esencia misma de la tradición oral, en mi tren de regreso a Bordeaux. Es lindo visitar a Matías, la verdad, aunque sea por 24 horas.


LA EXPOSICIÓN


mayo 2008
Recién llegada de uno de los viajes más largos de mi vida (pero no el más largo), le escribí a un ÉL. Le dije que estaba en París, que me iba al día siguiente; que casi, casi nos veíamos para su cumpleaños. ¿Irme con mis maletas a dormir a su casa a un after? No, no gracias. ¿Exposición con desconocidos? Sí, eso sí. Pero no fui sola.


Me acuerdo de la artista que exhibía esa noche. Su vestido era largo, de tirantes, con un patrón como un pañuelo. Recuerdo las dimensiones de la micro-galería en una callesita no muy lejos de la parada de metro Bastille, y la luz perfecta. Las paredes blancas. Me acuerdo de las sonrisas, del maquillaje y del juguito que nos tomamos en el bus. ¿Era bus? No, no sé.


La noche no terminó en la expo, sino que nos fuimos, parte ahora del clan de desconocidos, a un restaurante. Hubo comida brasileña/árabe y champán, y pastel. Nos demoramos. ¿En qué momento es de buena educación irse?


Nunca, aparentemente. Nos quedamos hasta que se puso más incómodo. Perdimos en el último bus nocturno hacia Porte de Lilas, el barrio en el que ELLA, mi alera de esa noche, y yo siempre pedíamos combos en el McDonald’s de la esquina.


Lo que hicimos fue pedirnos una cerveza cara en la terraza de un bar de Bastille, comprar una cajetilla cara de Camel, dividir la cuenta en dos e irnos en taxi, riéndonos de nosotras.


LA SERENATA
marzo 2009


Mi querido amigo, antiguo co-star de la serie “El amor de mi vida”, me llamó justo cuando estaba viendo una cosa de unos boletos a St Raphaël, en el sur de Francia, un viaje esperadísimo. ¿Por qué no ir a París por un día, en vez? Mi tren al sur iba a posponerse por huelga, y la huelga iba a habilitar algunos trenes principales.


Hicimos una despedida con el vecindario (3 invitados, incluyendo a mi compañero de piso) para desearme buen viaje. Viajé sin nada, prácticamente. Iba, en teoría, a volver a Bordeaux 24 horas después no más a coger el tren nocturno al sur. Iba jugando una lotería, pues me subí y bajé sin pagar. Me preocuparía por el regreso, pero no en ese moment.


¿Qué hicimos? La noche se la dedicamos a cervezas y pizza barata con ÉL y ELLA (los mismos del cuento anterior), mi querido amigo y yo, sus compañeras de piso… una reunión familiar efímera, pero sentida. Al día siguiente paseamos, y cerca del río, hablamos de todo menos de él y yo, como verdaderos amigos. Nos habíamos demorado en llegar, pero allí estábamos. Ese mismo día me tenía que regresar, pero no pude.


Me salía muy caro volver a Bordeaux, para tomar el tren original. Estábamos en mi segundo hogar, el apartamento de mi querido amigo y amigas, escuchando Charles Aznavour, entrada la tarde. “Te sale más barato quedarte a vivir aquí,” pero no lo hice. En vez, me fui al supermercado a comprar provisiones y ropa extra. Hice malabares y compré un boleto de tren extra, y ya allí sí ya nos despedimos, como amigos. “Nos vemos”, nos dijimos. Opté por escuchar Charles Trenet y escribir y escribir, en este nuevo tren nocturno de 8 horas hacia el sur.


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Quisiera más viajes exprés en mi vida. Ir al gimnasio regularmente, para tener a condición física que requieren estas idas y venidas. “Y vos qué venís a Antigua solo por dos horas?” Y sí, esa es la respuesta. Si pudiera hacerlo más lo haría, eso y otros viajes exprés, como la ida a comer tapas a Madrid que concebí en mi mente. Dos vuelos, un transatlántico, un sentimiento de crisis existencial, dos líneas de metro y un par de tapas. Aprovecharía para saludar cálidamente a mi querida amiga Carmen, y nos bajamos el agrio sabor a locura con un Vermut, y ya; de regreso.


mis volcanes