Viñetas de rupturas




** Llorarás al no verme **


este es el borrador de una conversación conmigo misma de agosto de 2019


Estoy oyendo una canción que se llama “Much Better Off”, lo cual me parece súper oportuno, porque justo hoy estaba tenía ganas de irme a sentar a la barra y escribir sobre rupturas. ¿Por qué hoy? ¿Será la luna? [“Ustedes siempre le echan la culpa a algo! Que la luna, y el eclipse…” y sí, de hecho mercurio retrógrado estaba pegando fuerte y Urano está por allí transitando también para obligarnos a sanar. ¡Nada como sanar a la fuerza! Como cuando me enfermé del páncreas, pero esa es otra historia [que he contado muchas veces].


Y ahorita suena Diana Rosss “Love Hangover” y me transporta simultáneamente a una escena que no existe de yo bailando, sudando y gozando en Studio 54 y, a la vez, a la imagen real de morir del frío en un apartamento en Burdeos mientras, en compañía de Kalani y bajo influencia marijuanezca, veíamos videos de Diana Ross. 


“How old is she?”
“She’s timeless, Kalani. That’s how old she is.”


Y cuando nos atravesamos un video de una canción (cuyo nombre siempre se me olvida a pesar de haber crecido oyendo el CD Diana Ross greatest hits religiosamente después del colegio por 4 años), me dijo que eso iba a hacer un día que yo cortara: me iba a cantar esa canción como una corista de The Supremes, al son alegre de cualquier canción pop que matiza el dolor. ¿Acaso no se acuerdan de la reflexión de Rob en High Fidelity? “Which came first, the music or the misery?”


De hecho, esto va muy bien con el tema de ruptura: High Fidelity de Nick Hornby abre con un narrador reflexionando sobre sus relaciones/rupturas, a la luz de su más reciente ruptura. En la película, esto es representado por John Cusack viendo a la cámara y saliéndose así de la condición de narrador y pasándose a una situación muy “breaking the fourth wall”, conservando la condición narrador-personaje que planteaba Hornby… 


¿qué estaba diciendo?


Ah, sí: el personaje de Rob dice que es imposible que su ruptura posmoderna lo afecte de la misma manera en la que lo afectaron ya los anteriores. Sobre esa premisa, avanza la historia un poco episódica, un tanto actual, de alguien soltero en sus 30’s. Tiene reflexiones humanas que parecen sencillas, metáforas sentimentales, y me permite viajar a estos momentos de ataduras y de diferencias entre personas y dinámicas, cerca y lejos. “Un día, escribiré algo así, pero de mi vida.” Y mientras tanto, haré una entrada en mi blog. 


Quizás no sea solo porque el tema me encanta y amo cuando suena “50 ways to leave your lover” de Simon and Garfunkel, sino porque recientemente/casi-que-ayer me preguntaron por mis historias de rupturas. La persona que tenía enfrente estaba pescando una historia dramática, quizás, pero la verdad es que mis dramas solo son raros y no tan mainstream. Quería saber cuándo ha sido cuando más he estado destruida. No puedo decir cuál ha sido la vez que más me he sentido así, pero sí puedo contar algunas de las formas y formatos que han tomado mis breakups. Solo, al menos, para hacer este ejercicio de radiografía y encontrar un diagnóstico à la High Fidelity y entender dónde situarme en función de las rupturas.


Cuando me preguntaron, conté a medias la historia de yo y un amigo tomando mini botellas de Coca-Zero en San Blas. Era semana de agosto, Coca-Zero era algo nuevo en el mercado y, en una activación de marca, estaban regalando baby Coca-Zeros y descubrimos que ese veneno va muy bien con las confesiones e historias de desamores. Él me contó y revivió la suya, y cerró con: “Yo a vos no te imagino desmoronada.” Y yo le dije “Ah, como no! Sí, sí yo me desmorono… De hecho, la última fue hace poco […]”


Y le conté de:




Aquella vez que, adentro de un carro, agarré el valor de inelocuetemente decirle a mi querido ex que qué ondas, pues, ¿cómo así que en público no me agarres ni la mano? ósea, ¿me entendés? Esperando que él entendiera que eso significaba que yo quería algo un poquito más digno, un tanto más concreto, y que si no, la verdad, mejor no tener nada. Nunca ocupé las palabras “Todo o nada”, y no lo quería todo, la verdad; pero sí hubiera preferido que no me dijera “Pues, no. O bueno, quizás… pero no, la verdad no” porque ya habíamos intentado y bla bla bla. ¿Y qué pasó después? Me dijo que si nos veíamos jueves para jugar mini golf, lo cual no tiene sentido hoy en retrospectiva, porque no juego mini golf; ni tuvo sentido en ese momento. Respondí “¡Vaya!” Por dentro le dije “¿Qué te pasa? ¡Me acabás de romper el corazón!”, y todo en cursiva pero en mute.


Subí a mi cuarto a escuchar Ella Fitzgerald & Louis Armstrong “Learnin’ the blues”, traté de hablar por teléfono y escribí en mi diario. El duelo era más porque en mi ficción, estos dos amantes exnovios en la universidad y amigos del colegio, terminaban juntos al final. ¿Qué iba a hacer con mis personajes?


— 


Ese día, en la playa con mini Coca-Zero en mano, me preguntó mi amigo que y ahora qué ondas? ¿Sentía mariposas? Y lo pensé.
–Siento eso que eran mariposas, pero ahora es náusea. 


— 


Pero hay una anterior, con el mismo chico, que determinó el curso de nuestra amistad que siguió: cortamos por email. Envié un correo torpe, a la luz de no tener celular y no poder esperar a que él me viniera a verme. Él contestó tres días después. Yo estaba en Toulouse fumándome un cigarro. Tomé vino. La vida siguió.




Con este mismo chico no fue exactamente que cortamos, ya que nunca volvimos, pero más-o-menos sí fue nuestra ruptura #3: hemos sido amigos, pero somos más que amigos, y [lo mismo de siempre]. Viendo Madagascar 3 en el sofá de alguien más, no me quedó claro nada, o qué hacer después, entonces me dije “mientras yo no sepa qué ondas, me voy a alejar.” Un poco más cuerdo que el mecanismo recurrente de evadir la realidad. 


– 


Hay rupturas tan raras y tortuosas que son difíciles de resumir, y por ende difícil de contar. Era el día siguiente después de mi cumpleaños, había un batido de frutas, y habían habido momentos de “¿Qué diablos le pasa a esta persona?” Ya no quería saber la respuesta. Adiós.




El que vino después me había empezado a mandar emails y mensajitos al celular años atrás, pero no se reanudó hasta una Navidad en la que terminamos oyendo Incubus románticamente con el aval de mi prima-chaperona-matchmaker. Meses después, estaba metida en una relación mediocre con alguien que se perdía y desaparecía. Mi táctica para romper, esa vez, fue: dejar de hablarle.




Eventualmente me encontré en conversaciones y citas con un no-novio hasta que dije ya, basta, esto no es divertido y no va para ningún lado. Seguí el siguiente consejo: “¿Por qué no solo le dejas de hablar? Si le hablás, o si le dejas de hablar, conseguís de las dos maneras el mismo resultado que es dejar de salir con él.”


– 


Cada vez que opto por lo que ahora se llama ghosting, me he dado cuenta que eso es un falso final porque después viene el post-breakup talk.




Mi primer post-breakup talk fue cuando tenía como 14 años (¿o eran 13?), cuando mi noviecillo con quien habíamos durado dos días agarrados de la mano me reclamó por haberle pedido tiempo y luego, pues, no volver. “Mejor no hubiéramos amarrado.” 


La dialéctica de toda esa relacioncilla, orquestada por terceros, merece su propio texto, al menos para que con el tiempo no se me olviden los detalles de un mini cortejo, muchos chistes, vergüenzas y una amistad que sigue. El set: un rancho en el mar, hamacas y arena.


Mejor no hubiéramos amarrado. Nos hubiéramos saltado los recuerdos de consejos y conversaciones de ¿quién te gusta? ¿qué vas a hacer? ¿caminaron en la arena? e ir directo al altiplano de amistad en el que ahora nos movemos.




Corté por teléfono. Él sabía la conversación que iríamos a tener, e insistió en tenerla ese lunes por teléfono. Era lunes.


Me fui a La Ventana a tomarme una cerveza. Me tomé 3. Dormí profundamente. 


A los días, salimos a hablar con la excusa de desayunar. Era domingo.


Me fui a tomar una cerveza en la tarde. Las mujeres de experiencia me dieron consejos. Me tomé 3. Dormí profundamente.




Entre mediados de mayo del 2015 y octubre, corté mil veces. No me arrepiento de la primera vez que volvimos, a ver si funcionaba, ¿verdad? Pero las demás fueron innecesarias. Él me dejó, y volvió. Luego, nos dejamos. 


Antes, me fumé un cigarro (o dos? o tres?) con un amigo, en la terraza de la casa de sus papás y medio hablamos de muchas cosas. Matías, yo creí que las cosas iban a ser smooth-sailing a este punto. Que conforme te hacés más viejo, no sé, las relaciones se vuelven más sencillas, y o funcionan o no… Y él me dijo: Paty, it’s never smooth-sailing… Es cuando las cosas están bien que deberías preocuparte. 


Sí, ¿veá?


A veces he escuchado “Don’t think twice it’s Alright” de Bob Dylan, en repeat. Otras veces, “The Build-Up” de Kings of Convenience feat. Feist. Últimamente, mi canción [de cortar] es “If she wants me” de Belle and Sebastian. Es más: la escucho cada cuanto, manejando, con o sin ruptura. 




“Necesitás un “Lay lady lay”, me dijo Matías. 




Un señor una vez le aconsejó a alguien: “Mándale por Facebook la canción de Bob Dylan ‘Don’t think twice it’s alright’, a ver qué te dice”, en plan ruptura amorosa.




A lo largo de nuestra amistad, nos dio por cenar juntxs después de una ruptura. "Venite, vayamos a cenar." Arroz bizmati, samosas y paneer butter masala. A veces, de bebida, limonada con yerba buena. Él cortó, yo corté, yo amarré, él amarró, él cortó, yo corté; yo volví, volví a cortar; él volvió, él cortó... Siempre cenamos comida india.

Y aunque no fuera por una ruptura, sino sentados en la alfombra haciendo tesis o poniéndonos al día porque tenemos ratos de no vernos, siempre que se nos antoja comida india le llamamos breakup food.



Cuando no estás emocionalmente disponible, ni cuenta te das de qué sucede alrededor tuyo. No ves si hay un fiel creyente en Krishna confundiendo el hecho de que ambos no saben bailar con una señal del universo. No ves las flores que te extienden, ni el significado detrás de llamadas a las 5 AM. Solo vas por la vida creyéndote inmune a la soltería, intolerante al amor… Pero un día (quizás porque los eneros de Bordeaux eran particularmente duros), me dije Ay, ya quiero novio. Pues, hacían ya casi tres años de no tener pareja… Pero después, una noche a solas con mi computadora (la Dell Inspiron del 2007 con quien tuve una relación enfermiza), caí en cuenta de que tener 3 años de no tener pareja significaba 3 años de no cortar. La verdad, no tenía prisa de volver a cortar.




La verdad, no tengo prisa. Así estoy bien.


Siento que necesito un párrafo para cerrar este recuento de rupturas, o una anécdota. O una canción, al menos. Como “Times moves slow”, de BADBADNOTGOOD. Pero mejor un párrafo.


A woman came into the bar the other day with her two teenage kids and a bottle of tequila. It was official: she was divorced. I arrived later and we raised our glass together. I grabbed her lighter. We smoked cigarettes. She smoked. As of that day, she was single. I didn’t ask why it had taken so long. I remembered effervescently the night I came home after the university to that house I rented in Talence, when my best friend was visiting my roommate and I, on the day my Dad called me with ta news. “Your mother and I are officially divorced.” 


“Paty, tenés que salir hoy”, me dijo. Ella no quería salir. Bueno, ni modo. A celebrar que es una solución a un problema. Las separaciones no tienen porqué ser un problema.


No recuerdo con quien hablé al principio. Me asomé a la barra del Dick Turpin’s, como de costumbre. Un tipo me andaba buscando. “Preguntá por ella en el Dick Turpin’s; es una salvadoreña.” ¿Quién me estaría buscando, en el bar al que iba siempre? Me lo señalaron, “es él.” ¿Quien sos? Y así conocí a Emiliano, el tipo que me enseñó The Mighty Boosh y que luego me robó una maleta (pues, después de cortar no me devolvió la maleta que tomó prestada para salirse del apartamento de su ex.)


Debí haber sabido que no iba a funcionar desde el principio.


En fin, esos son mis párrafos de despedida: hoy aún me dicen cosas como “Paty, ayer fui al bar y pensé que te iba a ver”, pero ya no ocurre en el Dick Turpin’s, porque ya no vivo en esa casa en Talence; y aún brindo por nuevas experiencias y, ajá, esas son [solo algunas de] mis viñetas de rupturas. 

** El Renacido **

Un portavasos en mi mesa de noche

Bailando a las 00h25

Cuando me senté a trabajar con un amigo/colega, un lunes hace unos meses, aún estaba cansada del fin de semana en el que, bueno, ocurrió una y otra cosa, y… “qué noche más dantesca”, me dijo él. 

Es cierto: un acelerado descenso a una especie de infierno de Dante à la Malcom Lowry, mediado no únicamente por los estupefacientes sino también por el dolor corporal causado por alguna conjunción de neptuno en piscis, me enteraría luego, en sesiones de astrología y tarot. En fin.  

Llevaba la semana acumulada en la espalda alta adonde mi cuerpo anida quejas, e iba a cumplir 24 horas de no estar en casa, porque ese viernes que me regalé una velada en casa de una amiga, con el típico despilfarro de parábolas y emociones, y las risas estridentes, no tuve la energía de regresar al apartamento que ¿acaso es mi casa? Es un cuarto en el que no cabe nadie más y a duras penas me encuentro. Me saludan dos postales de Kerry James Marshall en las paredes casi vírgenes. He cambiado 12 veces de domicilio, y escribo desde mi condición de extranjera, nueva; sin familia ni gatos. De la casa de esta mi amiga a una jornada de sentarme en una mesa y representar a una organización, en medio de un foro. Desfile de rostros y algunos diálogos, y por allí me enteré que habían pupusas cerca. Regresé al apartamento con dolor de vientre y recuerdos y tarjetas de presentación, a agarrarla suave un ratito antes de salir. La contractura en mi cuello se quejó, pero le dije que Tranqui, solo me tomaría un par de cervezas con una amiga. “Ay sí, chera, yo también quiero algo tranquilo.” 

Queríamos platicar, y lo hicimos, pues después de una cervecita con cigarro en su terraza, avanzamos hacia el set de un video; y me llevé una copia de una publicación feminista que encontré por allí. Un saludo, no más, antes de irnos a sentar y oscilar entre temas de su vida y de la mía. Nos conocíamos ya, sin conocernos. Nuestros cuentos se conjugan y hablan fuerte. “¿Vos querés comer?”, no, porque la negligencia se lleva bien con la indulgencia. 

Debí de haber sabido que se iba a alargar la noche con cada cerveza, porque son las ámbar con notas amargas que mejor combinan con el refugio de palabras, y no me tenés que torcer mucho el brazo, ¿ah sí, a vos también te pasa? Nos interrumpieron la plática en el área de fumadores, nos tomamos lo último y “vámonos todos”. Pisé un bar con olor a cenizas y a fondo de botellas, oscuro pero abierto a que nos sentaramos haciéndole un guiño a las noches que hemos perdido en el Barbass, los secretos detrás de la boca sellada, porque hay cositas que son para contar en otro momento. Y así, con los nuevos aleros y los desconocidos que se nos sentaron a la par, la plática que había dado vueltas y círculos siguió. “Las mejores historias se asientan en los litros de Gallo”, dice un texto que escribí casi igual que este. La confianza es un imán para que otros se acerquen. Pero el metal me hacía gritar y ya no me cabía más, y me fui haciendo pasiva. Esperaba que se acercara a mí el prometido descanso que implicaba una noche tranquila. Era tiempo de irnos, pero no de parar, sino de bailar cumbia en la calle al son de los 15 años a los que no estábamos invitados, mis pies mojados por la amenaza que irriga las calles de mayo, inmune a los charcos pero vulnerable a los gritos del cuerpo. Se pronunció mi dolor de camino al último par, una cerveza más es una falsa promesa que me he dicho antes, que me llevó una vez a una llanta pinchada, el choque de las conversaciones más incómodas. Mi “una más” sería solo un vasito de mineral. 

Yo no oculté mi malestar, pero tampoco se fue algo que se interpuso. Así, en la madrugada, con tabaco y migraña, pedí explicaciones: ¿me estás diciendo que platiquemos un día, o querés que me vaya con vos a tu casa? El semi-desconocido se rehusó a hablarme claro, pidió absenta y me dejó un portavasos con su e-mail, para completar la farsa. Así no hago las cosas. Las hago sin indirectas, si lo deseo, y sin el cuerpo debilitado. Las mentiras no son buenos atajos. O era que mi mente estaba muy lúcida y mis ojos aún están acostumbrándose a los sonidos y sombras que animan las cuadras, esquinas, barras y baldosas de noche. Cogí el portavasos y le di la espalda, por encender nuevas conversaciones de un “mucho gusto” genuino. 

Cedí a apagar la mente de a poquitos con tequila y sangrita, un cierre para acompañar el inicio de amistades. Las luces de la calle estaban indecisas, pues ya la mayoría estaban o refugiados en alcobas o dormidos en otros bares. Me esperaban solo algunas horas de sueño, pero no muchas. Debería dejar de verlo todo como un viaje: este descenso es solo parte de un nuevo hogar, aquel sábado que la pasamos alegre, que se nos fue un poco la mano, pero que nunca dejamos de sentir confianza y seguridad. 

¿O es que mi cuerpo me pide que cambie de vida, de nuevo? “¿Cuántas vidas has tenido ya, Paty?” Creo que mas bien me pide antídotos, y no le he pegado a la receta, porque no elimino de mi dieta las actividades extenuantes. Continua [el viaje], aunque algunas noches se pierdan, y otras me las quede yo solita. En todas, por ratos, se quede tirado el dolor de cuello. 

El portavasos se quedó a vivir en mi mesa de noche y en mi escritorio. Amovible, no dejó de albergar mis tazas de café y de té, ni de recordarme a ¿a quién se le ocurre hablarme con pretextos? Nunca usé el email de este tipo que intentó disimular su acoso con la intención de platicar, pero ahorita ya perdí el portavasos. No sé qué se hizo. Debí de traerme uno de la vez pasada, de la noche que salimos mi amiga y yo. Nos movíamos a la calle a fumar, y quedaba el portavasos en nuestra mesita [de otro bar, del bar en el que nos reencontramos]. “Restos de ayer, mujer”, me dijo por whatsapp cuando me mandó la foto de Ron Botrán, el portavasos cuadrado con negro que arrulló nuestras cervecitas medidas por mezcal. “Este es un espadín joven”, y otras cosas dulces. 

Regresando a las 3h33

agosto en el D.F.

El souvenir azul que le traje a mi amigo Nick, agosto 2017 
planes agostinos

Sólo nos tomaríamos una cerveza, ahorita no quiero chupar, dijo. Yo tampoco quería, pero no dije nada: parecía buena idea sentarnos a tomar algo, después de un paseo por Metrocentro, después de una visita de museo, y tras años de ser amigos.  Parecía que ese “algo” debía ser estupefaciente, burbujeante, y no estimulante. Sentémonos y tomémonos algo, habíamos dicho.
Se me olvidaba que ya, en el acto, nos debíamos despedir y volver a ir cada quien por su lado. Geográficamente accidentada, nuestra amistad continúa, bordada con los puentes que buscamos entre las ciudades en las que vivimos; si no hace mucho te quedaste en mi nueva casa, cuando pasaste por Guatemala. Pero, ajá, tenés que venir a México, me dijo.
“¿Cuándo fue la última vez que fuiste? ¿Hace dos años? Llegaste con Dan, ¿eso fue hace dos años?”
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Es cierto, fue en agosto de 2017 mi último viaje a México. Fue el destino que elegimos en nuestras compras impulsivas, porque mejor pasar a saludar al D.F. en ese corto plazo que teníamos, como un pedazo de pastel limitado, pero delis; servido con cucharita que chuparíamos y cuyo sabor se perdería, por que mi memoria ya no es lo que era antes.
Desde la terracita de ese café en Antiguo Cuscatlán, traté de recordarlo todo. Es cierto que no estuve mucho tiempo, dijimos. Fuimos a la Puri, dijimos. Dan habló de Godard en los tacos Frontera de Álvaro Obregón, recordamos. Debo ser capaz de recordar más, sobre todo si fue poco tiempo.
Cuando llegamos a la calle Morelia, había caos. Un incendio en la esquina con Álvaro Obregón estaba deteniendo a carros y a peatones, ahumando a los vecinos, y previniéndonos de todo se iría a perder (y no me refiero a Notre Dame.) Bueno, vámonos: mi anfitrión estaba fuera, en la acera, sosteniendo las dos correas de sus perritas. Pobrecitas, estaban asustadas. Comimos tacos, alambres, chiles, enchiladas. Brindamos y hubo selfies. Ulises, te presento a Dan.
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El día siguiente empezó en Abarrotes, sobre no-me-acuerdo-qué-calle; la calle por al que siempre pasaba, en aquellos otros días en México, tiempo atrás hospedada en el Hotel Milán que también permanece en buenos términos con el pasado. ¿Nunca conté de la vez del hotel de The Shining? Hay varias cosas de viajes en México que no cuento, no en crónicas, ni en fotos. Pero, ¡sorpresa! Nos encontramos con su amiga a quien veríamos esa noche, pues ¿qué tal chelas en el depa y luego un antro? Sí, así hablo cuando hablo del D.F.
Pero primero, antes de la noche en La Purísima con tonos neones y piropos rociados entre el baño y el bar, entre la tarima y el dancefloor, hubo un poco de turismo. Caminamos La Reforma hasta llegar a Chapultepec, abrazados por esa mezcla extraña de frío y calor y lluvia, otro presagio; ¿qué iba a saber yo que me estaba enfermando? A lo mejor el mismo incendio de paz en llamas estaba anunciando impases en mi garganta, pero, bueno; también pude haber inferido por las llamadas Neoyorquinas algo estaba mal, no puedo decirte que así como fue la caminata por el parque Chapultepec, al Tamayo, al de Arte Moderno – sombrío, apartados, interrumpidos – dicen que son los libros de Turismo. Y, de pronto, otra sopresa: llegó Eugenia. Ella vivía en Madrid, yo en Nueva York, pero ambas estábamos paseando por el Museo Rufino Tamayo, aprovechando la muestra de textiles y colores en el ala derecho para actualizar nuestra afición por Adam Rapoport y Bon Appetit, te juro que tengo un email en el que me cuenta cuál es su restaurante italiano favorito, le dije; y Dan por allí andaba. A ser honesta, quedé deseando una taza del overpriced gift shop, del diablito, por que nada me seduce más que cuestionar qué tan malo es lo malo; y seguimos.

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El día de Roma Sur, no-me-acuerdo-qué-más y Coyoacán fue un día sin prisa. Incluyó tianguis y la tentación de comprar Rudo y cursi en DVD, la sombrilla de la maldición de Moctezuma, la Cineteca a la que nunca había ido, la obligada foto con la pared azul de la Casa de Frida, el silencio de la calle Londres, y unas ganas irremediables de pasar la noche entera del viernes viendo Entre tinieblas (1983), como monjas pícaras que somos ahora que tenemos más de 30.
Pero, vamos, estamos de visita y no podemos quedarnos encerrados por siempre. Fuimos a comer a MOG , con el recuerdo presente de Marco Rivera mi amiguito de Puebla diciendo que sí o sí debíamos ir allí, y lo hice de nuevo.

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No había ido a Teotihuacán desde mi primer viaje a México, ese que fue en los 90’s y del cual no me acuerdo en lo absoluto. En 2012, cuando volví al D.F. para un seminario de traducción literaria, me dije a mí misma “Esta vez voy a ir a las pirámides, sola, pase lo que pase. Me lo afirmé al espejo, me puse botas y camiseta y cogí un morral, y bajé al lobby del hotel 3 estrellas con una determinación jamás antes vista. En el lobby me interceptó el grupo de colegas traductoras y Hola, ¿no quieres venir a Coyoacán? Sí, dije, con mi voluntad flexible, ok; y fui a un recorrido urbano en grupo. Quedó en visto mi solicitud para un recorrido piramidezco, a solas.
Esta vez, así fuera con Dan, se cumplió el deseo y documenté todo el viaje. Foto del café que bebí por la mañana en preparación para la realidad. Foto de los boletos para el viaje sencillo. Fotos de mi look “me estoy dejando crecer el pelo.”
Foto de Paty echada en posición estrella en el pasto del valle de los muertos.
Foto de Paty en posición de edecán arqueológica con el conjunto arquitectónico de Jaguares, y un pequeño guiño a las Cabezas de Jaguar de Fede.
Foto de los ríos de gente reducida a tamaño de hormiguitas desde la pirámide de la luna.
Foto de nuestros piecitos meciéndose desde la pirámide del sol.
Por la noche, en un bar en la colonia condesa que seguro olvidaré con el tiempo, tocó Cartas a Felice y nos encontramos varios cuerpos salvadoreños, en una intersección de exilios. Mi nariz estaba roja de tanto sol Teotihuaquense. La insolación aceleró la gripe.

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El día que volvíamos a Nueva York, alcanzamos a desayunar por allí por última vez. Habíamos ido a Péndulo, pero esta vez fue Delirio. La infección en la garganta y la congestión nasal me hizo disfrutar poco de las salsas y los chiles, y, de nuevo, me enojé. No nos fue tan bien a solas, sin distracciones de las frustraciones, con el incendio en frente y la tos creciente. Mantengo, aún, mi relación con México.

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¿Cuándo iré a volver? No lo sé, pero sé que quiero. Nunca fui al MUNAL, no aún. Hace mucho no como barbacoa ni encacahuetado, ni veo teatro absurdo en un complejo escondido de la colonia condesa. Hace mucho que nos  a Puebla, ni a Cholula; y estoy con eso desde hace días ya de quererme tatuar la flor del agave, por que esa sensación que tuve en los campos de agave afuera de Tequila, con el volcán atrás; el sentimiento de acercarte a la historia, de sorprenderte, de aprender… eso no lo quiero perder.

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Marco vino de Puebla hace poco y, ay, te acordás de esto y aquello…? Nuestras memorias, es cierto que envejecen, pero hay unas con las que siempre te llevás bien… y sí, tenés razón, me dijo, deberías venir a México.
“Pero andate a Querétaro, o a Guanajuato. Yo te veo allí.”
Entre tinieblas (1983), Pedro Almodóvar 
@ Calle Morelia, Roma Norte