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Sandeces y cagadas

Cagándolas desde 1987

No sé cómo funciona mi cerebro que hace que yo opere de manera a siempre hacer torpezas. Y como sé que pierdo cosas, y que cuando tenía 6 años salí de una tienda con solo un zapato (y nadie se explica qué hice el otro), trato de ponerle mucho cuidado a todo. Aún así, siempre las cago. Quiero recopilar mis sandeces, para ver si me sirve el recordatorio de cosas que no, men, no hay que hacer.

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Mi batería de mi primera compu, Black Beast, se chingó después de un episodio traumático con ron y juguito de colores. Le compré una batería larga duración, que fue difícil de conseguir. Me metí a bodegas y rastrié proveedores para poder darle más vida  Black Beast, mi HP con Windows-Algo que tanto amé.

Dejé la batería en el avión, porque se la quité, pendejié y me bajé sin ella.

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Dejé una billetera (fea) en una sala de cine en el ‘98.

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Perdí un estuche lleno de lapiceros finos, de colores, para escribir cartas a migas amigas; como en el 2000. Adiós, diversión preadolescentes.

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Dejé mis llaves adentro de mi apartamento, justo el día que mi compañero de piso se iba de viaje.

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Hace no mucho perdí un montón de dólares que tenía que entregar.

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En mi pasantía #1, en París, me pagaban mi transporte. Costaba 62 €, por ahí, la tarjeta Navigo. Va, vine y la compré y la usé un día, y la perdí. Tuve que comprar la misma tarjeta, 2 veces. No me reembolsaron 120 €, lo que me costó la torpeza.

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Perdí mi tren en Lyon, en noviembre de 2006. Me quedé sin tener dónde ir, usé el teléfono público para avisarle a mi amiga que vivía lejísimo que llegaría esa noche.

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Me quedé en Las Chinamas varada una vez en 2004, porque mi pasaporte estaba vencido. Esperé como cuatro horas y un policía me invitó a comer bistec encebollado al lado del puente. Ese fue el highlight.

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Cuando me dejó un avión en Miami, por culpa de Air France, el verdadero sufrimiento era haberme puesto un pantalón apretado y andar con la misma camisa antes blanca y ahora gris, sucia, y con una gran resaca de las 6 horas de beber New Castle Brown Ale de la noche anterior.

_10_
Un día pasé 7 horas esperando un avión en Los Angeles, sudando en el área de fumadores, y no logré subirme al avión porque estaba sobrevendido. #RecuerdosdeLAX

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Llegué al aeropuerto una vez, a agarrar un vuelo transatlántico, sin mi pasaporte con VISA americana.

Ese día había hecho todo bien
empaqué dos semanas antes
dejé mis pasaporte dónde no los perdería
me subí al taxi a las 4 AM
no tomé nada
estaba completamente sobria

El sueño americano.


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Una vez anduve en París, a saber por qué, sin acceso a más efectivo que un montón de monedas. Comí carne por primera vez en 6 meses, me dio demencia y me fui a solas a buscar la línea 11 hacia Porte de Lilas, pero no me alcanzaban monedas. Fue el episodio de “Give me coins, give me coins” de mi vida.

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Me regué café encima de una blusa blanca de lino una vez en 2010, justo antes de yo dar una presentación en Grupo Agrisal, de un producto editorial. Traté de disimular el look calle con un suéter azul rey.

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Me quedé a dormir en un motel en Guadalajara, pero yo no sabía que era un Motel. “Debiste haberlo sabido! Se llama Hotel Astur, ¿sí ves? Ass Tour.”

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Pasé como 12 horas en New Orleans una vez, comí en Cochon Butcher y después fui... a un bar de sushi y jazz, a una discoteca con clues, a un antro con soul y techno... 

En algún momento me acordé de que dejé mi tarjeta –débito, Banco Promerica, sin más que mi firma, pero con toda mi plata– tirada en el Cochon Butcher.

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El día de mi última mudanza (01.06.17), no me servían las llaves, estaba afuera del edificio sin poder entrar, y sin cigarros. Fui a comprar y, ah ve, solo está mi tarjeta de débito. Mi NIT, mi DUI, mi tarjeta de crédito, mi efectivo, mi justificación financiera, mi tarjeta de cliente frecuente de Viva Espresso, mis LifeMiles, las fotos tamaño pasaporte añejas de mis seres queridos... 

Había olvidado TODO dentro del mecanismo casi obsoleto de la libreta de ahorros (sin lo cual hacer transacciones en el Banco Agrícola es aún hoy imposible), en el counter de una tienda tipo Dollar City donde compré vasos de 1 dólar.

Ups.

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Perdí mi tren de París a Aix-en-Provence este pasado 13 de abril.
Tuve que pagar mil euros para reponerlo, y llegar dos horas tarde a Aix-en-Provence TGV, sin nadie que me recogiera. Tendría que coger el busito y llegar tarde a mi EVJF.

Me la pasé divino en Tren #2.

10 minuto antes de que el tren llegara a Aix-en-Provence TGV, cerré la compu y la guardé; me levanté y fui a por mi maleta. Estaba lista.
Me bajé, halando mi maletilla de ruedas y mi bolsón con la compu, y ah, hola de nuevo, Aix-en-Provence… ¿adónde cojo el busito?

¿con qué pago el busito?

Ah…

No andaba mi cartera. La dejé en el tren, y el tren se fue a Marsella y llegó sin mi cartera.

Cada regada provoca una catarata de todas las veces que he hecho alguna de estas, o de otro tipo, de estupideces.
Recuperamdo la cartera extraviada, el 14 de abril en Marseille.



Ganas de viajar

Paty Takes Guatemala, con una almohada para el cuello
Viajar, o lo que uno siente cuando viaja, se puede describir de múltiples maneras. A múltiples percepciones, múltiples definiciones y diferentes las elecciones de palabras justas. Pero, retomando palabras mías y las de alguien más, viajar es recorrer un mundo nuevo, encontrándote con cosas nuevas y aprendiendo, y que te gusten cada una de las cosas que encontrás. Experiencias que te suman, pasando por choques culturales o interpersonales que te hacen darte cuenta de quien sos a través de esa confrontación con diferencias. Es lo aliviante y refrescante de cambiar de aire, de saber más, de disfrutar de las diferencias y las aventuras.

Dicen que el turista es el que no sabe dónde ha estado y el viajero no sabe adonde va, y por veces siento que entre más no sabés donde vas, más te movés. Y no se trata tanto de ir rebotando de un lugar a otro, de una vida nómada: se trata de regalarte más, de darte el lujo de perderte en lo que no conoces, de gozar del anonimato, de ser El Extranjero.

Saber que si de algo estoy segura, en cuanto a lo que quiero, es de que tengo ganas de viajar, me da algún tipo de paz.

Viajar, o lo que uno debe de hacer cuando viaja, a veces es sinónimo de procesos tediosos como coger un avión, aguantar trayectos largos, gastar demasiado dinero, etc. Cosas que resultan incómodas, pero de las que dan ganas cuando dan ganas de viajar.

Tengo ganas de andar chineando, de un destino a otro, a una almohada para el cuello que me permita descansar en ella, y dormir. Soy de esa gente que se puede quedar dormida en cualquier lugar: el carro, la silla, la mesa, el barco. He dormido en le ferry inestable desde La Ceiba hasta Utila, en buses de Eurolines de por lo menos 8 horas, en trenes, en puertos sobre bancas de manera, en sofás para pasar la goma mientras alguien ve algo tedioso como un partido de fútbol… Pero he aprendido que viajar es mejor con mi almohada para el cuello. 

Tengo ganas del insomnio prevuelo que hace imposible el descanso necesario antes de un viaje. Ese, el que es causado por nerviosismo, del que te arrepentís cuando estás cabeceando justo después del amanecer, en el aeropuerto, sufriendo.

Extraño no entender qué está pasando y hacer un esfuerzo por no equivocarme en ninguno de los pasos necesarios para llegar a mi destino: salir dos horas antes, llegar a la estación indicada, el bus y vagón indicado, o el gate, verifcar número de vuelo y hora, ver en el mapita la dirección de destino, buscar adonde hay café cerca, ir por más café, llenarme de café, etc. Tengo ganas, también de equivocarme, si es que eso implica viajar: que me vuelva a dejar un avión, perder mi pasaporte y atravesarme todo el aeropuerto, llorar en pánico hasta que milagrosamente me lo entregue una persona arrogante detrás del counter de Servicio al Cliente… Odiarme por no traer ropa extra, en vista de que estoy llena de sudor y de café, buscar adonde puedo fumar, soñar despierta con poder hacer shopping libremente en las tiendas de duty free.

Estoy dispuesta a sacar la computadora de su estuche, y quitarme los zapatos y el cincho, y volverlo a hacer 10 veces si es necesario, en la parte de seguridad antes de abordar un avión. Porque tengo ganas de viajar, de abordar un avión, de estresarme y explotar por dentro con miedo cuando despega el avión y cuando aterrize y cuando haya turbulencia, porque cada más me pone más intranquila. Quiero comida de avión, de esas bandejas que ves y lo pensás dos veces. Quiero escribir en mi diario lo largo del trayecto del tren o del avión, hasta que pase a leer, y ver qué están leyendo mis vecinos y juzgarlos. Quiero observar quienes están en este mismo vuelo, consumir algún refrigerio ridículo, y darme cuenta que aún faltan mil horas. Aburrirme al punto de ver la película que van a poner. De no ser por los vuelos y los buses nunca habría visto TODAS las de Twilight.

Quiero escalas tan largas que alcanzan para hacer amigos de aeropuerto, para fumar con la contaminación de la ciudad en la que aterrizás, para más de un café, para que tu cuerpo y mente empiezan a caducar con el cansancio, y para dejar olvidadas cosas como maleta de mano y otros artículos viajeros y de repente, ups, hay que ir a buscarlos antes de subirte al siguiente vuelo.

Tengo ganas del ruido de la sala de Baggage claim, del tiempo muerto, del ruido, de primeras impresiones, del efecto psicotrópico del cansancio y el jet lag que distinguen a las primeras impresiones de lo que ves al día siguiente… De los encuentros, reencuentros, fotos que tomo en el intento de rendir cuenta de todo eso que estoy viendo, de agarrarla al suave, de no entender, de seguir, de armar mi ruta, mis lugares, de entender, de viajar.

Tengo incluso ganas del regreso y la depresión pos-viaje, la nostalgia naciente, la nueva música que venís escuchando, los papelitos de tickets y brochures, los libros nuevos, las anécdotas, las risas, las nuevas referencias.

Ya casi nos vemos de nuevo, México. 


Las paredes azules de La Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera. 
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