Una cucharada de Ataco

mural de Delirio

Me pregunto si algún día dejará de saberme a mayo una ida Concepción de Ataco, Ahuachapán, mayo con una cucharada de junio, porque pues sí, la lluvia de junio fue mi hamaca, bebimos café y pintamos, I like to read and you like to write, con los cafetales en frente, en las faldas de la sierra de Apaneca, sus vestidos verdes. A lo mejor no me lo pregunto tanto, pero sí: cada vez que llueve en San Salvador, viajo a un día de mayo en Ataco.


Pero en cada pedazo de Ataco hay varios mayos, varios globitos de pensamiento, varias primeras veces. Vuelvo a cada uno de ellos, puntualmente, es más, si no te gusta mi memoria no me lleves a Ataco, y si no me gustara la nostalgia no podría pisar un pie en la Ruta de las Flores. Esa ruta es, de hecho, un campo minado y haré su correspondiente topografía en su debido momento, porque recorro con cariño las cabañas de apaneca, los farolitos de ahuachapán y las bodas y jardines de Los Patios, salcoatitan; y con mucha cautela las madrugadas con aguardiente, esto del chaparro y el chamán y yo fue hace mucho. Esas son historias para contar en otro momento.


Me gusta reírme con la carretera a Sonsonate, pasar por El Jobo, y entrar por Sonsonate. Así puedo saludar las calles de mi padre y mis abuelos, imaginarme a sus padres y a sus abuelos y tratar de rehacer el recuerdo de cuando visitamos una casa en ruinas, la misma en la que se sospechaba que existían las cucarachas y ratas más grandes del mundo. Adiós, casa, salú cementerio; no he vuelto a la tumba de mi abuela (nunca te conocí, Elena) pero los mismos verdes y turquesas ese cementerio me acompañan a todos lados, así como el rostro de mi padre en Sonsonate, a Salvador le encantaba llevarnos a dar vueltas por Centroamérica y ahora lo llevo yo, de vez en cuando, evitando baches, aprendiéndome las carreteras, como cuando llevé a mi madre, un 10 de mayo, bajo su propio riesgo. Lo logramos, pero me equivoqué por lo menos tres veces en el camino a Ataco y en el regreso. Qué dicha que se hace tráfico en Lourdes.


Al menos esa vez no iba de goma, como la vez después de la fiesta adonde B., un intercambio de regalos que se nos salió de las manos. Bailé demasiado. No recuerdo donde dormí… y me levantaría de malas para ir a un almuerzo. Ya no eran horas de seguir de goma, pero un batido en ayunas no había sido suficiente para regular mi sistema nervioso (nada lo logra, nunca es suficiente). Mi sobrina tenía 9 meses, iba llorando, expresando más elocuentemente el malestar de todos los que en ese caso sufrimos el tráfico de un sábado en Los Chorros, sufriendo; no vuelvo a chupar. Ese día mi sobrina jugó con una lechuga, fascinada, sobre el mantel puesto en la misma mesa en la que, años antes de que naciera, despedimos sus padres, au revoir R y F, que les vaya bien en Canadá; y yo con una gripe y sobrepeso por exceso de equipaje emocional circa 2010 que no podía con mi vida; aparentemente nunca estoy entera cuando voy a Apaneca.


En Apaneca, en el 2006, aprendí que el paladar ronero es un arma de doble filo.


Prefiero Ataco, no me hacen tan bien las lagunas de las ninfas y de las ranas como los calles de piedra, o la terraza del Segen, o las riguas en la calle… tanto así que una vez llegué a dormir a Apaneca, pero me adoptó Ataco. Fue mi primera vez el hostal Villa Santo Domingo , con pláticas absurdas que no recuerdo, hospedada con un set de hermanas que no son mías, no consanguíneas, y un cuadro con unos perritos enamorados, totalmente marginal al concepto que uno se imagina cuando piensa en las montañas de Ataco. Al día siguiente lo olvidaríamos todo con chorizo y tortilla en la plaza, yo con la ropa de la noche anterior y un sombrero nuevo, y fotos rápidas con Blackberry; mi hermana real no estaba nada contenta.


Y entre octubre y febrero, los atardeceres coquetos que se asoman por las montañas de la Ruta de Las Flores, desde Sonsonate hacia Ataco, son más intensos; los colores, más vivos.


***


Cuando tomo el desvío en Ahuachapán para llegar a Ataco, habiendo perdido la cuenta de los redondeles e intersecciones decisivas que previo a ese momento te tientan con opciones como Guatemala, Los Naranjos, Santa Ana, no necesito volver a ver a mi derecha para saber que allí está el Súper Selectos mas cercano, al que mas de una ve fuimos por cervezas, cigarros, hielo. Regreso a cuando, de pasajera, leía rótulos, embriagada, contenta, adormitada detrás de lentes de sol, algún problema amoroso detrás (o por venir); mirá, allí dice Los Ausoles. En ese desvío me regreso a duchas del 2012, al agua congelada de las duchas en clima frío, de hospedajes en ataco, a la vez que mi laringitis aguda empeoró y canté Edith Piaf de todas formas; y no hay día en esas curvas en el que no exclamo “mountains!”, con mucho cariño, porque son lindas las montañas de la cordillera de Apaneca.


Pero una vez las pasamos y entramos a Ataco, veo con complicidad a Diconte & Axul, la tienda de artesanías, y al café El Sitio, pues llevamos mucho rato de conocernos, Say Hello,Wave Goodbye como amantes que no es que no se quieren, es que no funcionan juntos; antes no habían tantas cosas en ataco, pero no importaba. Un almuerzo en el primer local de Tayua y un postre en Las Flores de Eloísa, una tarde que guardo con cariño, porque me fui con buen ánimo y regresé con más paz, guardando el secreto del mejor tiramisú del país, allí cuando aún comía postres sin culpa. Dije que algún día volvería, pero a vivir en una cabañita, una casa árbol à la Shel Silverstein edición El Salvador circa 2025. Paty del futuro vuelve al Jardín de Celeste, por salsa de loroco y chiles rellenos. Esos sitios están amarrados al recuerdo de mis padres, en paseos, juntos, costumbre que cumplirá más de una década de haberse perdido.


Pero con la arqueología de recuerdos de Ataco se recuperan los vestigios invisibles de cenar pupusas un domingo, sin nadie más en el pueblo, solo hologramas. Conozco un techo y un par de terrazas que albergan a citadinos, y sé a qué sabe aprender a no regresarte a la ciudad cuando se empieza a hacer tarde y aún, con minuta “El Macizo” en mano, no te dan ganas de volver a ciudad. Te quedas en esos momentos a los que luego vuelves, un lunes por la carretera, un día de mayo.


Entre Santa Ana y San Salvador hay un peñón que no he bautizado, pues a veces se me pierde y no lo veo. ¿Cuántas veces nos habremos visto antes de conocernos? Siempre que me regreso por ese lado, me detengo en mi mente a comer yuca en Chalchuapa afuera del sitio arqueológico El Tazumal, y busco el pedazo de carretera que me enseña esa peña, linda, “¿qué es esa maravilla?”


***


Fue hace un poquito más de un año que, en un poquito más de tres semanas, cambié mi vida, y compré un boleto solo de ida. Caí en la cuenta de que tenía ratos de no ir al mar, como unos meses, aquí en El Salvador. A lo mejor antes de irme debía ir a ver a mis palmeras. De pronto vi el cielo nublado de la época lluviosa y cambié de parecer: “la verdad es que no voy a extrañar el mar de mayo; a mí las palmeras de enero son las que más me gustan.” Porque los cielos azules de San Salvador me jalan al lago o al mar, a tocar los bordes de la civilización, con brisa y poca ropa. Los cielos grises me saben a montañas, mayo me sabe a Ataco.


“¿Querés ir a Ataco?”


Mi jueves 26 de mayo 2017 se lo dediqué a despedidas. Me despedí de Atiquizaya, cuando paramos en una hojalatería. Me despedí de Ataco, cuando pintamos un mural con Delirio afuera de Terra Mantra. Me despedí de quienes conocí ese día. Lo cerramos con pasta debajo de la lluvia en Piccolo Giardiano, allí en Ataco, lugar del que había oído hablar. Hola y adiós, nuevos sitios y amigos. Las calles estaban vacías, y se vaciaron en ella mis viejos recuerdos de amanecer brindando y dormirnos sonriendo. Adiós, Ataco. Adiós, Julia Díaz en el Museo Forma, la noche de ese jueves. Adiós amigos en Capital la noche del viernes. Adiós, padre que me fue a dejar al aeropuerto con mi resaca de goodbye beers, y conversaciones, y proyecciones, en la barra de Capital. I scrolled down my timeline and saw things I’d miss, hasta que puse el teléfono en modo avión.


Le conté muchas cosas a D., cuando fuimos a Ataco este último sábado. “Tenía un año de no venir”, le dije a D. “¿No te he contado el episodio Nueva York?” Esa historia es un poco más larga que la de la vez que amanecí en Misión de Ángeles, justo donde nos estábamos tomando “una cerveza”, aquí mismo. El menú de ese lugar me recuerda al desayuno que no me pude comer cuando me levanté una mañana, y fui corriendo de regreso al cuarto, N., salite de la ducha. Habíamos llegado en una procesión ebria, y yo lo más feliz que había estado en todo el 2015. Aquella vez amanecí mal, pero fui fuerte, aunque fueron los electrolitos, de la gasolinera del Congo, los me ayudaron en nuestro trip Indiana Jones en el Tazumal. Terminamos en Coatepeque, señalando los lugares en los que gozábamos cuando nos veníamos de pequeñas, con N. N se iba a quedar a dormir, pero mi cuerpo no podía con otra noche en esas montañas. Esa noche, debía dormir en San Salvador; sentimiento similar a cuando regresé de Nueva York, ese feeling de “ya estuvo”, la madre tierra jala. Ajá, tenía un año de no ir a Ataco.

working con Delirio 


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Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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