Paty va a Bogotá

Parqueo genérico un día lluvioso en Bogotá, en la zona G; en el que yo bailé y canté jazz,
porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.

“–Pats, yo no sabía que venías…!
–No, si nadie sabía; yo no sabía que yo venía.”


Y nadie sabía que nunca regresaría, cuando me fui, pero esa es otra historia.


Continuando:


Esto fue, me acuerdo bien, cuando habíamos pasado por la calle 100 y estaba en el barrio el Chicó, sentada en los sofás blanchâtres de la casa de Sara Papaya, mi amiga y excolega de La V Magazine*. Porque, tal cual, tenía un pasaje para ir a Cali (CLO) y no fue sino hasta 5 días antes que cuadré un mini viaje a Bogotá. Si nunca había estado en Sudamérica e iba a estar en Cali, ¿por qué no aprovechar el viaje y caer un par de días a Bogotá?


Como preámbulo a mi viaje, comí sancocho y me relajé en un baño turco del Club Promédico en el Valle del Cauca, en Cali; echada, porque nada dice Semana Santa como que se te pase la migraña a punta de descanso, un día húmedo y nublado (porque el cambio climático hace que en época seca llueva y que en época lluviosa haya sequía) pero, bueno, en fin, ¿en qué estaba? El caso es que el aeropuerto estaba como a 15 minutos, y yo no le creía al anfitrión excelente cuando me decía que me relajara… Pero, efectivamente, como a las 17h30 estábamos allí en CLO para yo irme al Aeropuerto Internacional El Dorado (BOG).


Llegué con frío, un domingo, y permanecí con frío hasta el martes siguiente. Capté un milagro de los tiempos modernos vulgarmente llamado “free wifi” y me junté con Carlos, quien me escoltó a Crepes & Waffles (“Te va a encantar Crepes, si es cierto que hay uno en el aeropuerto”) y me devoré una ensalada creída y un espresso doble en lo que nos desatrasábamos. En nuestra línea de tiempo estaba la vez en enero 2014 que lo había dejado en un estado aguadado y etílico, que menos mal su novia condujo del Tunco al Sunzal… y la boda de mi hermano, ¿cómo olvidarlo? ¡Hay fotos de nosotros bailando reguetón para probarlo! Pero mi amistad con Carlos empieza en el 2007 y sigue, y ve, ¿cuándo te vas a casar? Le insistía que yo quería una boda y bailar y brindar (con agua), y esta vez le atiné porque ya se comprometió y puedo escuchar en mi cabeza The Bridal March. Y cuando caducó el divertido ping pong de reflexioncillas sobre qué ha pasado y qué queremos que pase con nuestras vidas,Carlos alias Churri alias Shamallow (del francés “Shamallow”, que significa malvavisco y que siempre me impresionó cómo una palabra tan ridícula era formalmente parte del lenguaje francés, pero, sigamos…) me advirtió que Paty, estábamos en el aeropuerto y vamos a La Conejera. Nos toca atravesarnos toda la ciudad, y Bogotá es bien grande, pero por mí no había problema y, como era domingo, fue un trayecto sin tráfico que se convirtió en conversaciones hasta la madrugada con mis anfitriones, los hermanos Suárez, hasta que me fui a enchivar en mi lecho de visitante. Les acepté al fin la invitación a llegar, después de 8 años.


El día siguiente, pico y placa, BMW viejo del abuelo, y smooth sailing, también sin tráfico, porque los lunes de Semana Santa no son como un lunes normal. “Pico y placa” me suena a las historias de amigos, caras colombianas que he conocido, de las idas y venidas del colegio y los centros comerciales que juntan a adolescentes manejando un mínimo de independencia en una ciudad muy grande. Vi, en el trayecto, muchas fachadas color ladrillo que contestaban, de alguna manera, con el BMW color terracota, y todo sobre un fondo color neblina. (Si han visto que la neblina tiene color, ¿verdad?)


No iba con Carlos, sino que con Edgar. Probé habas, que le compramos a un vendedor en la calle, y aún no sé si son semillas o qué, pero sí sé que me supieron como a amargo. Edgar me dio un recorrido por la zona T, las Américas, centros comerciales, consintió mis impulsos consumistas... fuimos a un Hard Rock Café afuera del cual había una instalación de un auto racing para promocionar la última película de Rápido y Furioso, a la cual me querían llevar, un día, pero nunca fui, y fui de turista a un par de (muy coloridos) Andrés Carne de Res, que es como si ya hubiese ido antes por todo lo que me han contado, güón; y la mañana se diluyó y terminó con un café de 16 oz. en la terraza de Juan Valdéz, c.c. Andino.


Llovía mucho y desde el carro veía la saturación de la ciudad con más edificios altos y fachadas de ladrillos que contrastaban levemente con almacenes Pepe Ganga y lo que parecían ser changarritos de comida típica que daban ganas de arepas (“areperío” fue una palabra que le escuché una vez a otra amiga colombiana, Diana, y que siempre me da risa). En medio de todo, una zona con casas de techos picudos y callecitas: la zona G, o “G spot”. En G spot, hay un lugar que se llama el 69. También hay un café francés creído, Grazia, con pastelería que parece arreglos de porcelana y un ambiente que respira fashion. Hay panaderías más sencillas, a las que no entré. Hay un bar ambientado al estilo de los roaring twenties que, porque eran los años de The Prohibition, te hace entrar por la puerta trasera de una boutique y recorrés la cocina, en clandestinidad. Así entrás a alfombras y muebles con excentricidad antigua, espejos, candelabros, todo rayando lo kitsch. Y allí no comimos arepas, comimos sushi, porque una chef Japonesa le dijo a alguien, quien me lo dijo después a mí, “¡tienes que probarlo!” Y yo, pues, puedo ser muy obediente. Si pueden ir, vayan a Canoa Taberna Japonesa.


Si tú no puedes ir a Japón, que Japón vaya a ti. - Nadie


Llovía pero me dio por bailar por todas las calles, tarareando canciones de películas viejas, y me dio por bailar “I’ve heard that song before” con llovizna, en un parqueo antes de movernos del sitio. Hoy llueve, pero no tengo ganas de bailar conmigo misma así como con ese secreto mal guardado que tenía en ese entonces. -Not right now, I have a migraine y hay cosas que no se quitan de un día al otro.- Sin embargo, deberíamos todos poder hacerle buena cara a los días grises y también a los miedos.


Ahora éramos 2 de 3 hermanos Suárez y me llevaron a seguir paseando, mientras el día seguía frío y gris y etc. Conocí la oficina y hablamos de bienes y raíces como expertos, y caminando de la oficina a Usaquén, vi un edificio grisáceo y alto y vidrioso, moderno. En eso, me dicen Ves ese centro comercial? Antes era una hacienda viejísima, pero lo hicieron centro comercial. Y yo pensé ¡Wow! No hay ni señas, no pareciera, they really turned it around. Pero, no Paty, ese no; es ese, me dicen, señalando un centro comercial de a penas un nivel, con una fachada colonial. Aaah, ok, ahora entiendo. Hace sentido, pues Usaquén solía ser un pueblo en las afueras de la ciudad, esta ciudad que creció tanto que ahora el peligro es quererte quedar y absorbió sus zonas aledañas. En San Salvador, no somos tan gigantes, mas somos capitalinos y malinchistas. De Usaquén me llevé un cuadro horrible de un árbol de esperanza, pero de verdad una artesanía-manualidad fea. ¿Qué te puedo decir? A mí me gustó. Allí lo tengo buscando su lugar en mi estudio.


Se hizo de noche y me fui al Chicó, como contaba al principio. Sara y yo vestíamos ambas de camisa de mezclilla, convirtiéndonos en Hermanas de Denim, algo que no expresé al oral. Vi sus fotos de la serie de humo de cigarro trabajadas con luces de lámparas, si mal no recuerdo, colgadas en la sala/vestíbulo y pasamos al taller, su espacio de trabajo en el que hace diseño artesanal de producto. Capuleto se llama la marca y yo vi dónde sucede la magia. Sara estaba a días de exponer sus accesorios en una feria en Medellín y aún había que comprar cuero para hacerlos. Igual, se vino conmigo al Club Colombia, porque Pats nunca está en Bogotá. Y Pats (yo) nunca había probado caramañolas, ni plátano en salsa de guayaba, ni morcilla de esa que los hermanos Suárez pidieron esa noche. Y de acompañamiento, intercambiamos anécdotas que hacían el puente entre quienes nos conocíamos, quienes no, y quienes compartían las referencias a lugares y a personas en común. Éramos la mesa que allá al fondo no dejaba de reírse.

Lunes de amigos en Club Colombia, no sé qué barrio, bogotá


***

A las 9 de la mañana, ensueterada con chaqueta de cuero y bufanda, yo era una mujer preparada y prechequeada. El plan era ese, que íbamos a desayunar allá en el centro y hacer cosas todo el día hasta que diera la tarde y nos fuéramos al aeropuerto. Recorriendo la Candelaria, me persiguió la voz de Erica Morón contándome de varios momentos de su vida. Resaltaban los colores de todas las fachadas y los nombres de las calles con conceptos familiares: la soledad, la amargura, los amigos. Comimos en La Puerta Falsa, porque Mariadelmar me había dicho “Puerta - algo” y, de nuevo, hice caso. Caímos entonces en un sitio pequeño con un mezzanine y pedí un tamal (gordo y grande, invitador) y chocolate caliente con queso derretido, porque la altura de no sé cuantos miles de metros hace que la gente haga cosas extrañas y deliciosas. Resultó, según un comment de Instagram, que Anthony Bourdain había hecho lo mismo que yo.


Me compré collares que dicen “he viajado” // porque, tal como lo platiqué con Shamallow, ya mis 27 años me dan la licencia que antes no tenía de lucir como señora letrada y sabia. A los 20, el look “profesora europea” era un poco disonante con mi rostro lozano al que aún le pedían DUI. Hoy, ¡basta de excusas! Ya tengo tres canas. // Vi edificios importantes y viejos, catedrales y conventos, Avianca y El Tiempo, y el Parlamento y el Palacio Presidencial, donde alguna vez mi papá cenó. // ¿Hubo almuerzo? No me acuerdo. ¡Ah! Como no. Probé el mejor ajiaco que he comido en mi vida, en el Restaurante La Puerta de la Catedral. Todos estaban bajo la impresión de que yo era connaisseur de este exquisito platillo colombiano, pero les expliqué a los muchachos que Ajiaco en polvo preparado en Francia no cuenta como comer Ajiaco. // Le compré un rosario a Madre, algo que acostumbro hacer cuando viajo. Subí un cerro en teleférico. Vi a alguien haciendo una llamada por teléfono y jalando una llama. Fui al Museo de Oro y aprendí cosas. Me tomé un café carísimo en el Museo de Oro donde aprendí cosas. Vi ventas ambulantes. Compré una escobilla para limpiar libreras, libros y el teclado de una Macbook Air. Me conmovió lo simpático que era y el vendedor, también y pensé en quien pudiera apreciarlo. Fui a una tienda-taller de encuadernación en la misma calle de una pizza comunista llamada CHE PIZZA y una tienda que se llamaba La Ventanita que le dio Play a una canción de Garibaldi en mi casa. Y vi a Mona, a quien no veía desde enero de 2007. Aparentemente no hemos cambiado nada.


Nos juntamos en la parada del transmilenio y empezamos la caminata en una cuesta hacia el parque Monsterrate que alberga una iglesia en el punto más altísimo de la ciudad, para proteger a la ciudad de los brujos malía. Me contó Shamallow que cuenta la leyenda que una pareja de novios que sube el cerro Monsterrate está destinada a cortar y que la superstición lo come. Con la vista interminable desde allá a 3 152 metrso sobre el nivel mar, hice un thumbs up de aprobación a mi aventura.


Mi aventura terminó cuando encontré un poncho reminiscente de los indígenas Nariño, y no pude evitar comprarlo.


Amistad y turismo.  

Patricia Trigueros

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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