Paseo inglés (1)


El refugio Matchpoint para robar wifi y usar el baño 


«Sales a lo que venga y lo que viene puede ser desagradable, desde confundir al paseante con un sospechoso hasta auténticas escenas en las que hay que salir corriendo, como intentos de asalto o de atropello»


Esto lo saqué de “El arte del paseo inglés”, publicado en Yoroboku, un texto que me dejó con ganas de leer El arte del paseo inglés de Luigi Amara, “una recopilación en la que De Quincey, Hazlitt, Dickens, Stevenson o Wolf salen a dar una vuelta, mientras que otros como Huxley critican tal menester.” También quedé con ganas de caminar con estos autores, además de escribir sobre mis últimos paseos ingleses.


Empiezan de manera muy extraña. Lo extraño era que, según yo, todo estaba bajo control. Tranquilo, mi tren sale a las 17h35, y sí, yo sé, cuando agarrás uno de esos trenes tenés que estar como una hora antes, es que están locos, ¿cómo hacen control como si fuera un aeropuerto? No, no son trenes normales y no, mi tren no salía a las 17h35: salía a las 17. Corrimos, alzamos mi maleta para atravesarnos toda la estación de tren y no, no llegué a tiempo. Hice cola en donde no debía hacer cola y llegué rápido a decirle a señorita que me ayudara, porque si yo no llegaba a Londres, no podía regresar a mi país, una pequeña mentira que combinaba con mi cara pálida y desamparada. Bien, me cobró unos 40 euros y por dentro sentí alivio de que era 40 y no 140. Muy bien, esperé, presenté mis documentos y me arrinconé hasta que me confirmaron que ya podía subirme a mi vagón porque alguien como yo había perdido su tren, como una cadena kármica de favores. Para ser trenes fuera de lo común, parecían muy comunes los problemas de deternes antes de cruzar el canal porque, pues, el túnel estaba presentado problemas así que un momento, por favor.


Aparecí en London St. Pancras con mi maleta y mi mochila mucho más tarde de lo previsto y medio en automático cogí un tiquet, me subí a un metro, y me bajé en una estación. Mi memoria solo conserva el sentimiento de estar perdida y analicé todas las opciones y caminé en 2 de 3 direcciones equivocadas hasta optar por la opción 4 y llegar a Mestizo, el bar subterráneo que sirve tacos. Me tomé una corona y bailé y grité, porque no se tienen conversaciones si no es a gritos. Hicimos una pila de maletas y una serie de fotos, con intervalos de cigarros friolentos, en el clima que es menos frío en mis recuerdos que en esos momentos. ¿Cómo alguien se puede poner minifalda en estas temperaturas?


El viernes amanecí en Camden Town, sin saber que estaba en Camden Town. ¿Y si nos vamos caminando hasta esa estación? Allí fuimos siguiendo de manera más o menos insolente lo que Google Maps nos dicta, pasamos por aceras nuevas y fachadas de ladrillos y maderosos; casas inglesas que combinaban con el intento torpe de tener paseos ingleses, sombrilla en mano por cualquier adversidad climática. Llegamos al mercadeo y pendejeamos de un stand a otro, sin atrevernos a entrar a la tienda más colorida y ruidosa que jamás he visto. El recorrido terminó en muelle, pintoresco y lleno de la vida que se almacena a su alrededor, y nos metimos a un debate sobre si comprar la Oyster card o no, antes de meternos al metro. No sé hacia qué estación íbamos, pero había que ver la exposición de Yayoi Kusama en la galería Victoria Miro. Había que hacer cola, eso ya lo sabíamos; de las colas más entretenidas que he hecho, por cierto. Y cuando vimos la primera instalación, de un candelabro titilante que gira, con quién tú también giras, que se ilumina y multiplica… Nos conmovió. Está como para tenerlo en tu casa y encenderlo para amplificar lo que sea que sentís, mucho mejor que los ventiladores que vemos cuando nos acostamos a mirar el techo en San Salvador. Pero las calabazas de Kusama, también nos impactaron. Visitamos las alucinaciones y racionalizaciones de una infinidad de trabajo; la vida y obra de Kusama en dos muestras, me pierdo.


Y entre la estación sin nombre y las colas para ver a Kusama, comimos, pero nos equivocamos. No sabíamos que “wedges” no eran lascas de papas sino de lechuga. Era un antro casual, pero movido, con cervezas y bocas que adormecieron el desvelo del Mestizo, pero la decisión estúpida nos dejó con hambre. Nuestro paseo inglés es despistado y torpe, completamente entregado al azar y a sus consecuencias. Escogimos, no sé ni como, bajarnos en London Bridge y ver qué veíamos. Nuestro aliado Mappy nos traicionó y seguimos a unos caminantes hasta encontrar rótulos que decían que el Tate Modern era para allá, solo que nos perdimos en el camino y nos quedamos en The Borough Market. Una ciudad como Londres tiene la licencia de darnos de probar comida vegana de Egipto, salchichas alemanas y café de Colombia –tres variedades distantes, debajo de un puente, lejos de la lluvia. No hubo museo, pero no nos fue tan mal tampoco en nuestra aventura arbitraria. Mi mente estaba persiguiendo la frase que me describió paseo a lo largo del Thames y nuestros pies nos llevaron por un puente y por calles con nombres refinados hasta llegar a las nalgas de la catedral St. Paul’s y perseguimos la imagen que teníamos, por todos los jardines traseros y por la entrada lateral, hasta llegar finalmente a verle la cara. Es gigante, es preciosa y la inmensidad de su belleza no cupo en la foto.


Las sombrillas prestadas fueron vencidas por el viento y la lluvia, pero había que seguir caminando. Quizás lo mejor no era seguir nuestro instinto, pero sin Mappy
no teníamos más que la intuición de que quizás es por aquí, así que seguimos y nos metimos en el metro que nos dejó en Westminster. Nos recibió el Big Ben y The Houses of Parlament con una palmada de viento en la espalda de lo que lo estábamos haciendo bien. Recorrimos el área y pasamos por Westminster Abbey, sin saber adónde ver, porque todo era hermoso. No era hora de meternos a ningún lado, era tarde aunque hubiera sol… Pero dimos con los jardines traseros y encontramos entretenimiento por una cuadra larga, entre árboles y fotos y niños y adultos y grama. Y seguimos, por los puentes que gigantes que mi estatura no alcanza, hasta llegar a Lambeth en donde topamos nuestra ignorancia, y caminamos en el sentido contrario, buscando el regreso, encontrándonos las fresas más caras que nos hemos comido y hojas y flores que árboles habían botado, una alfombra solo para nosotros.


La alucinación compartida

Patricia Trigueros

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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