Ganas de París

Hoy sí me hacés falta, París.

Íjole.

El problema es que después de cuatro años, me divorcié de Francia, condicionando ahora mi relación con ese país a términos de amor y de odio, porque no quiero volver. No funcionó. En el divorcio se dividieron los bienes por partes desiguales: París se quedó con mis amigos, yo me quedé con los recuerdos, y allí están las calles y los lugares que quisiera recorrer porque tengo ganas ellos.

Empezara con un café. Me bajo del tren en la Gare Montparnasse y, caminando sin rumbo, termino sentada en Le Petit Journal tomando un café allongé, mi intento de sustituir al usual espresso americano. Aquí, hay conciertos y eventos privados; huele a madera y a cigarros, a Francia, y por el momento solo están montando el escenario con instrumentos. Es muy temprano.

Aprovecho para pasar por el Legay Choc. Me bajo en la parada Hôtel de Ville, línea 1 del metro; avanzo hasta la Rue des Archives, no me aguanto por llegar, pues me hace falta el sabor de esa repostería única. Existe tal cosa como orgasmic patisseries: porciones de tartaletas de diferentes sabores que te dejan extasiado, enamorado. Mi favorita es pistacho-durazno, pero la verdad es que pera-chocolate y manzana-canela son igualmente encantadoras. Legay Choc, teamo; todos deberíamos de poder ir siempre a comprar esos postres. Amigos, deberíamos de poder estar todos en París con el tiempo libre necesario para que ese día por la tarde vayamos todos con nuestras respectivas porciones de pasterlería francesa a sentarnos en la grama en la Place des Voges. Sí, allí al lado del Hôtel de Ville, en el barrio Le Marais, recorremos las galerías representativas de la Place des Vosges y nos hacemos a un lado de la fuente para la hora del café, osea chambreando con pan dulce.

¿Qué hacemos después? Nos juntamos en la parada de metro Place Maubert (ajá, allí donde hay una fuente rara que por algún motivo me gusta como ninguna otra) y subimos por hasta la Rue Descartes, porque hay happy hour en El Melocotón. Bière pêche, osea cerveza con sirope de meloctón, es lo que pido para empezar, así como en el 2006; pero no terminamos pasando en el bar de al lado, a la Bodega. Son opciones de bar que reciben amablemente a latinoamericanos gritones y que se conjugan bien con el presupuesto del turista/estudiante. 


El sábado milagrosamente consigo las energías pos-fiesta para ir al museo. Quiero ir al Louvre a correr por allí como en Bande à part de Jean-Luc Godard y también quiero regresar al Musée d’Orsay, porque siempre es buena idea volver a ver a Manet, Monet, Dégas, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, mis amigos impresionistas y posimpresionistas. No hay tiempo, creo, como para hacer las dos cosas en un día; pero ambas opciones se pueden compaginar bien con una caminata por Rue du Rivoli, pasando por la Seine. Más tarde, de noche, ese paseo al lado del río me hará pensar en películas: en cuando Catherine se tira a la Seine en Jules et Jim, en cuando bailan en Everyone says I love you. Ese lado de la Seine está cerca a Notre Dame; pero yo me quiero alejar, quiero pasear por el puente Bir-Hakeim que vemos en El Último Tango en París, y bajar por un pasaje al lado del río, entre los dos puentes, que me hace pensar en melancolía y en soledad.

Ese sábado nos damos Rendez-vous en La Rue Mouffetard, a la hora en que las librerías ya han cerrado pero alcanzamos a ver por las vitrinas, porque es verano y anochece bien tarde. Quiero comer crepas saladas en Opti Grec. Quiero que la mía lleve vegetales sofritos como berengena, cebollas, chile, morrón; además de queso emmental rayado y jamón. Algo así, por como 6 euros. Y quiero ir después, llévenme, a Ledru Rolin, en búsqueda de un bar que nos recibió una vez con happy hour y refills de maní. Para eso, debemos de juntarnos frente a la gran Opera Bastille, sobre las gradas imponentes de concreto gris. Adentro, son dimensiones que nunca había visto antes de logística y teatro, sonido y escenografía, danzas y diálogos.

El domingo, espero, me despierto con vista a la catedral Sacrée Coeur de Montmarte, porque junto al paisaje de techos de edificios parisinos, es de las vistas que más me gustan. Desde allí desayuno baguette con mantequilla y jalea, y quiches recién hechos de la panadería de abajo. Ellas dicen, en lo que revivimos, “Oh, I love petit dej”.

En la estación Marcadet-Poissoniers agarro la línea 4 hasta llegar a Les Halles, el centro, el epicentro. Me bajo, me salgo de la estación de metro más grande que conozco, y paso saludando al museo de arte moderno George Pompidou o Centro Pompidou, como quieran llamarlo. Hace años que no subo al segundo piso en el que me encuentro con los personajes que vuelan sobre ciudades de Chagal, los colores de Kandinsky, las manchas caóticas de Pollock, las formas de Miró. Allí afuera hay un super, el Monoprix, que te invita a pasar adelante y comprarte alguna bebida no-alcohólica y chuchería para sentarnos sobre la plaza, frente al museo, a platicar como si tenemos años de no platicar.
  post signature

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

0 comments: