El café y yo

Termo de café, y más café.
Como muchos o pocos sabrán, el café y su consumo vienen de Etiopía, en donde se cultivó por primera vez. Hay una leyenda que lo cuenta y todo. Éste, la planta del café, viajó de África a Arabia y para este momento la gente ya sabía de su efecto energizante, y se expandió por el medio oriente, luego se mudó también a Europa y las políticas expansionistas lo llevaron a nuestras tierras tropicales. 80 países cultivan café para venderlo en mercados internacionales, ya que es la bebida socializadora sin alcohol más consumida. Es adictivo, es legal, es hermoso; y esto no se trata de la historia del café sino de mi historia con el café, contando en confesiones puntuales al estilo de mi texto “El Alcohol y yo”.

1. El café era una substancia que existía allí, que era caliente y que yo no tomaba en mi infancia. A puras penas y me dejaban tomar gaseosa, no me iban a dar cafñe (mi mamá diluía la Coca-Cola con agua de modo a disminuir el nivel de cafeína y que no me impidiera dormir, a los 6 años aproximadamente). Pero, por allí en esa época me llevaron a mí y a mis compañeritos de 1er grado, de parte del colegio, a la finca de Café Britt en Costa Rica. No, no fue una excursión larga distancia: yo vivía en Costa Rica para este momento. El caso es que allí aprendí de cómo sembraban el café, en la sombra de no-sé-qué árbol, y acerca de los granos verdes y los granos rojos, de cuándo están listos para tostar y moler. Es una gran finca-fábrica, y en la parte en la que todo es gris e industrial sentí el aroma a café tostado y me enamoré. No puedo describir cuánto me gustaron esos olores, el antojo a tenerlos en el paladar… Pero sí puedo decir que tal fue el amor a primer olfato que cuando, en un centro comercial tipo Multi Plaza, en el mes de Septiembre en el que todo gira alrededor de la Independencia, me metí a una vitrina que estaba decorada con granos de café. Eran miles. Me metí con el objetivo de olerlo. Cogí un grano, me lo acerqué a la nariz, lo olí. Lo olí mucho: lo aspiré y se me quedó trabado. Fue doloroso. Salí de la vitrina con el grano de café decorativo trabado en el hoyo de mi nariz, afligida, de 6 años. Mi hermana se reía. Fue vergonzoso. Pero, sobreviví y aprendí a nunca oler cosas pequeñas de tan cerca. Qué bueno que no fue una canica. Aunque, ¿porque habría alguien de oler una canica? El café porque huele rico…

2. Cuando yo tomaba café, aunque lo endulzara, nunca encontraba esa sensación de algo rico. Descubrí que era feo y amargo, wacala. Los amigos de mi hermana mayor, estudiantes de sicología, me hicieron partícipe de un juego en el que contestas preguntas como “describí al café en tres palabras”. Yo, de 9 años, respondí que era feo, amargo, líquido. Resulta que cómo describías al café era cómo veías al sexo, y de entrada sabían los estudiantes de sicología que la niña de 9 años iba a contestar cosas raras de ese tipo.

3. A los 13 años o algo así, descubrí el Mokaccino. Era delicioso y lindo, con una estrella dibujada encima de mi espuma, para mí. Lo amé. Cada vez que podía, pasaba comprándome un Mokaccino, como mujer apasionada que sabe lo que quiere. En esas, probé lattes y capuccinos. En esas, descubrí cómo se preparaban, en qué eran distintos los lattes y los cappuccinos, los espressos y los americanos… Definí que el mío era un capuccino de 8 onzas con saborizante de Crema Irlandesa, porque, pues, así se le siente el kick del espresso sin tanta leche como el latte, y sustituía el azúcar por la indulgencia y el aroma a un café con licor. Como todo, esto terminó y me pasé al americano y luego al espresso. Sí, me pedía espressos después de un rato. Un shot de café, saboreado. O dos.

4. En mi casa, mi fuente principal de estimulante hermoso oscuro, hacemos el café con cafetera eléctrica, método de infusión de filtro. Tazas, llenas, de café es lo que siempre hay. A veces, lo tomaba negro. Pero me gustaba mucho el café con leche, y me decía a mí misma que “café con leche” suena más a “desayuno completo” que simplemente una taza de café. Y si lo tomaba con leche, lo endulzaba con azúcar. En la mañana, salía de mi casa a la carrera todavía sosteniendo una taza de café de cerámica, chorreándome de café en el carro a pesar de mis esfuerzos por mantener un equilibrio que lo impidiera, y llegaba a la clase oliendo a café, aún con café en mi taza de cerámica, perfumando a la clase con ese olor que tanto me gusta.
4.1. La última vez que me subí a un carro con una taza de café aún en proceso fue ayer.
4. 2. Siempre me chorreo de café. Temprano aprendí que no hay manera de impedir que algo se me caiga encima y que las manchas de café se quitan de la ropa, salen con la lavada.
4. 3. En la tarde, a veces, con el objetivo de estudiar para un examen, nos juntábamos en mi casa y tomábamos café con leche, endulzado con azúcar y whiskey. Era bien relajante y mis papás no habrían aprobado de semejante señal de alcoholismo prematuro.

5. Desarrollé un gusto por la french press que me compré en Ikea y por la cafetera italiana que me servían mis espressos dobles, en mi tacita especial de cerámica de espresso doble (porque colecciono tazas, porque amo al café)... en el transcurso de los 4 años que viví en el exilio francés. Tomaba mucho café, y si llegabas a visitarme y a platicar te tomabas una taza y yo me tomaba 4, y proseguía con por lo menos dos tazas de té negro con leche y azúcar. Me daba tembladera. Alimentaba mi insomnio. Hoy, creo que mi dosis perfecta es 4 tazas al día: la de la mañana, la de media mañana, la de después de almuerzo, la de media tarde. A veces, se me va la mano y siempre me mancho de café. Ah, y no tomo café después de las 6pm por medio a encontrarme de nuevo con mi exnovio El Imsomnio. Y mis idas a Viva Espresso me han enseñado a abrirle mi corazón a los métodos Chemex y al Aeropress, pero sigo tomando café de filtro sin azúcar.

6. Aprendí a hacer café turco o “Serbian coffee” como le decían mis amigos de Belgrado. También aprendí a decir cosas en Serbocroata, pero eso no tiene que ver con la técnica de infusión del café que tanto amo.

7. Sin café, no funciono. Me pesan los párpados, y se agrava mi apatía. Claro que su exceso me puede llevar a estados erráticos de como hiperactividad y déficit de atención e idealismo crónico, pero la carencia me mata. Es como que se me acabaran las baterías. El primer día sin café todavía aguanto, como si tuviera reserva, pero más de un día sin nada de cafeína y soy inmóvil. Como cuando fui a acampar con desconocidos, con ese nivel de desconfianza que me hacía casi no hablar y, sin acceso a cafés, me dormía, muerta en silencio. 

Gracias, café, por hacerme avivar un lunes 11 de agosto en la mañana y rápidamente hacerme salir del modo de vacaciones agostinas. Sin ti no habría sido posible. 
Café negro, por favor. 

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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