Recorridos de Madrid

“An artist must learn to be nourished by his passions and by his despairs.”Francis Bacon

Van a pasar 9 horas antes de que llegués a la terminal de buses de Madrid con dolor de nalgas, agradecido con Eurolines y la tarifa 49 euros ida y regreso que conseguiste. Lo primero que vas a ver son edificios sin nombre, desconocidos; y lo primero que vas a hacer es esperar. Ya va a venir Rodrigo, tu escolta, tu anfitrión.

Al llegar a la calle Juan Álvarez Mendizábal, en Argüelles, eres presentada con L’auberge Espagnole: un apartamento amplio y clásico madrileño que alberga a un salvadoreño, un alemán que habla inglés como sureño, una francesa que solo consume aceite de Oliva importado de París y cuyos cortes de cabello no bajan de 120 euros (“Pero, el mío dura todo el año” y es cierto que es mejor que si te lo corto yo gratis”), un rostro serio italiano con gafas que esconde a una reina hermosa que domina la jerga salvadoreña, y la española originaria de Málaga, cuya madre, como huésped, se sorprende cuando encuentra a cuerpos abandonados en los muebles semi-barrocos tapizados de la sala.

Vas a levantarte e irás a conocer Casa Camacho en Malasaña, sin saber cómo es que se siente tan cerca el recorrido desde argüelles y ubicando como si fuera Where’s Waldo? los colores y los significados en los graffitis. El familiar recorrido paralelo al trayecto que te obliga a pasar por el Templo de Debod, adonde regresas con tu resaca y con un kebab, un dúo dinámico; el trayecto que te hace subir por la Gran Vía y soñar por allí. Ojo, que hay una exposición retrospectiva, itinerante, de la obra de Annie Lebowitz, que habla mucho de su vida con Susan Sontag, su estilo y su trabajo. Susan Sontag y vos son como almas gemelas, eso aprendés. Y, volviendo: allí en el pequeño bar sucio en un callejón, te van a ahogar los Vermouth con cola por menos de un euro, las colías de cigarros en el piso, el azulejo escondido por maquinitas, ¿qué ondas con las maquinitas? Y las risas, pues, también. Ya para cuando llegués al Tigre, y a tomar calimochos de dos litros a El Nike, tu pequeño cuerpo va a estar caducando.

Ya pasaste por Chueca, bailaste bachata en la estación de metro, bebiste en la calle y hablaste con los recogedores de basura fuera de la tienda del chino, compartiendo el duelo con toda la ciudad y con todo el mundo de que ¡Michael Jackson ha muerto! Querés que Malasaña sea tu segunda casa. “¡Yo no voy a ir a ese bar turquesa!” dirás en una borrachera, hasta hacerte amiguísima de ese mismo bar turquesa, a quien le serás infiel con el bar Lolita y su concepto vintage. Ya conocés el menú italiano de comida para llevar de Media Luna o como sea que se llame. Te fuiste de fiesta a Lavapiés y encontraste a un alemán embriagado sentado dentro de una maleta, mujeres antipáticas, parejas de infieles que no comen… Fuiste a tomar moijtos cerca de La Puerta del Sol por 5 euros después de los 100 montaditos, pasaste una resaca de 48 horas que la bajaste con 6 películas en compañía del sofá y de empanadas argentinas… Te disfrazaste, escuchaste jazz en el Junco en Huertas, fuiste vos también anfitriona, como miembro honorario de L’Auberge Espagnole. Una, dos, tres, cuatro, miles de noches bailaste en El Polyester y sus chupitos de un euro, que te regalaban y que regalabas. Allí sí te la pasas bien, bien, muy bien; no como en la discoteca en la que pasaste de atraída por todos a mareada y en crisis. Un té de verde te lo va a bajar, al diablo con La Latina, y ¿qué importa si no te levantás para ir al Rastro? Engordás, por supuesto, resultado congruente con tu amor por la tortilla española, las tapas, las papas bravas, la comida china que queda en un sótano por Plaza de España. “Miren, se nota en la foto que me gustó un montón la comida”.

Los días deformes de vivir de noche, a veces, si tenés suerte se convierten en días largos y provechosos. Alcanzás a pasear por el Palacio Real, te asomás por las fachadas de iglesias y un día te alcanza para ir al Museo de la Reina Sofía y también al Prado. No sé cuál va primero, si tu recorrido rectangular que rodea a un jardín central, de Miró, Dalí, y el Guernica de Picasso, en vivo, contigo, en grises; en el Museo de la Reina Sofía… o, el otro, el recorrido del Prado. Es la casa de obras maestras: La Anunciación de Fra Angélico, El Lavatorio de Tintoretto, El Descendimiento de Roger van der Weyden, El jardín de las Delicias del Bosco o Las tres Gracias de Rubens; junto con obras claves de la escuela española como Las meninas deVelázquez, El sueño de Jacob de Ribera o Los fusilamientos de Goya… Nombres e imágenes que antes habías visto en libros académicos, si mucho.

Y seguís, y llegás a la exposición de Francis Bacon, allí en el Prado. Es crudo, es gore, es humano. Pincelazos, colores, carne, representaciones de contrastes y contradicciones. Un etrospectiva vasta y espectacular que vas a recordar años después, un 28 de octubre, conmemorando el cumpleaños de Francis Bacon.

"¿Quieren entrar al estadio Santiago Bernabéu? Yo los invito." Te dirán a vos y a Rodrigo, un día en mayo o abril, o junio. Y no, no van a entrar. Sería en contra de tus principios."

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Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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