Mostrando entradas con la etiqueta Life. Mostrar todas las entradas

Vuela con tardes de los domingos


Centón 1
Taller écfrasis Kalina

Hace un par de semanas (o más días, en realidad) ––––

(Volvamos a comenzar)

Hace más de un par de semanas, para la primera sesión del taller Écfrasis de Kalina, hicimos centones. Un reto, llamémosle; el primero de los ejercicios que vinieron [y que vendrán.] Nota: Para crear un centón, debes 1) leer sobre qué es un centón, 2) Elegir a partir de qué poemas vas a hacer un centón y 3) [Opcional] recortar los poemas de Roque Dalton “El cínico” y “América latina” y 4) no necesariamente usar todas las tiras de papel pero sí algunas, y sí suficientes como para acabar con giros de frase tales como “fumar la luna” o “volar los domingos.”

Ojo: A lo mejor si recortas menos los poemas de Roque, y los usas todos, escucharás más a Roque que a Paty. En todo caso, allí la premisa: algo original es creado a partir de frases y pedacitos de poema anteriores. La intertextualidad à la Genette y su composición restrictiva.

Y en aquella sesión del viernes 8 de marzo no hablamos de intertextualidad, sino de dípticos, escritura ecfrástica, y composiciones a cuatro manos a partir de un cuadro de Carlos Cañas, por ejemplo. You had to be there.

Y yo me vi fumándome un domingo, o varios.

los domingos will always be my favorite day
it’s when i most indulge in chocolat chaud
that turns to wine, that stains my teeth, that bite
into conversciones and questions, ¿alguna vez
has abortado? the memories hover

thoughts float and animate objects

suddenly
everyone is implied

no todos los domingos son buenos para hablar.

it takes two to tango, and we need to be in the same slate
or mind state – you sat opposite to me, we both cried
i tried to finish my plate of chilaquiles and you
ignored that breakfast, i wanted out
no quepo aquí

i escaped, and that domingo i felt released
libre to indulge in these you’ll never guess what
talks, lecciones abajo de la Escalón
i really should never had started any of those –

The afternoon stretched (la mayoría de domingos son así de elásticos) y nos terminamos varias Regias, no muy lejos de casa, no muy cerradas a nada; llegamos justo a la frontera con lunes. Apunté las lecciones de bienvenida a la soltería (era un domingo de junio de 2014), y sonreí todo el rato con el paladar empachado de las charlas de amigas más maitras, más sabias. Ciao, ciao, no sabíamos qué iríamos a vernos un poquito menos, un poquito más al suave. Nuestras sesiones se harían escasas, y buscaríamos siempre fragmentos de esos domingos. ¿Y por qué los domingos?

“Odio los domingos, Paty; te lo juro, es esta ansiedad que no te puedo explicar…” y lo sé, pues no se ve el patos cuando el horizonte que delimita el domingo y anuncia el lunes se nubla. Podemos nadar y volar con el domingo, mientras más se extiende y dan las 12 y olvidamos que todo se acaba, que nada dura, que las noches de chocolate caliente en el cerco de una mesa de un apartamento de confianza pues, allí quedaron, atrás (y atrás está cada vez más lejos).

Aún me saben bien los domingos: agridulce, achocolatado, más balance que acidez.  

A menudo hago trampa y consigo dos domingos en un solo fin de semana: los sábados inertes, con noches vacías, simulan un domingo. Las paredes te hablan y la sobriedad te arrulla, al igual que un domingo con tráfico dying down en armonía con el sonido de la tele (para aquellos que somos ruidodependientes como mi bisabuelo que abría los ojos a la hora que fuera, si le pagabas el televisión perenne, y neuróticos anónimos). Eso, ajá: cuando lo que le sigue no es lunes si no domingo, tenés el doble de terreno de conversaciones fértil. ¿Qué hacer?

comencé por contemplar ese sueño
en el que hice tal como pediste
me llevaste un coco helado
le mentimos a todos
todo por margaritas y chocolate
todo por esconderme en tu guayabera
reímos sobre senderos trazados por cordialidad
siempre ocultando mi cariño, cómplice
de tu deseo, a circus monkey you can claim
in exchange for a taste of shared coconuts
and that distinctive smell of fertile soil
pinecones strewn on the floor
lessons of coffee bean colors
of a life well-spent, of the time
not wasted, and your hands  
that know more

shade from these talks i can’t place
impresas en la almohada, i left
falta
mucho
para que acabe el domingo

Centón 2
Taller écfrasis Kalina


Remedios caseros o mi medicina alternativa

in sickness and in health.


Yo evito tomar medicinas, pero sufro de hipocondría como Woody Allen en Hannah y sus hermanas (1986). Además, tengo ansiedad no-aparente y de vez en cuando tengo achaques reales. Con el tiempo, he probado remedios caseros que sustituyen la medicina, y con algunos me ha ido fatal. La infusión de cebolla, por ejemplo, es un sitio asqueroso al cual espero nunca más volver y ni hablar de las opciones estúpidas para quitarme el hipo… pero igual he acumulado algunos remedios caseros que mantengo bajo la manga, mis caminos alternos a la medicina, que algunos escépticos se atreverán a criticar sin antes probarlo, cual preadolescente que no ha probado la marihuana pero igual opina.


Tiger Balm de Singapur es lo mejor para la contractura del cuello y principios de hernias cervicales. Me pasan diciendo que vaya al doctor, a verme esto de la espalda y las migrañas, pero yo no saben que cuando me unto mi pomada café justo donde empieza la joroba incipiente de mi escoliosis, amanezco como nueva, una muñeca de trapo inmune a las curvas pronunciadas y la tensión acumulada.


Acostarse a leer a Jacinta Escudos con una venda fría me funcionó para combatir la migraña. En general, la posición horizontal y la venda fría funcionan. Entre las posibles variantes están: poner música absurda de fondo, poner cine italiano y escuchar a lo lejos algo así como La Dolce Vita (1960) o La Gran Belleza (2013), dormir 12 horas consecutivas y perder conciencia. A veces echarse y entregarse a la migraña requiere de un pequeño empujón de avamigran, agua y resignación total. Alguno de los detonadores pueden ser hormonas, culpa judeo-cristiana, exceso de montañismo, altura, arrepentimiento, valeverguismo y procrastinación, entre otros. Como método preventivo: hacer ejercicio. Con alguien, dicen.


Una ducha helada sirve para activar la circulación, combatir las crisis de autoestima posadolescentes, y también sirve para purificar la mente luego de un fin de semana excesivo, como cuando uno se baña en el Río Sapo un 1ero de enero o deja sus pecado en el mar, en el agua salada [eso dicen].


Un baño caliente es el mejor remedio… para todo mal, la verdad. Sirve para combatir el frío de un apartamento deprimente en invierno, las tensiones matrimoniales à la Margot Tenenbaum, el estrés pre-exámanes, la goma pos-fiesta, la incubación de una gripe, el dolor de muela, etc,  you name it. Recomiendo usar este remedio con música para gozar en privado, como Norah Jones o el soundtrack de Shortbus, o ¿quién sabe? Todo se vale.


Gárgaras con sal, esta es clásica y un poco hippie, pues no presenta resultado reales y es a lo que acudo cuando los síntomas son graves. No entiendo la correlación entre la necesidad de antibióticos para combatir casos graves que terminan en “-itis” y enjuagarse la boca con sal, pero en la desesperación de ya no tener ofuscada la tráquea, cada año hago gárgaras con sal frente al espejo y pienso “this is bullshit”, pero es mejor que nada.


Girl Talk en dosis elevada es la mejor terapia posoperatoria y preovulación. Regenera todos los tejidos de tu ser. Catarsis le llaman algunos.


Agua mineral limón, sal y azúcar; así, sin pena. Te distrae de la paranoia de tu cerebro que empieza a pensar “omg y si es apendicitis??” y te baja las náuseas. Y si es un malestar estomacal sostenido, yo le agregaría Coca-Cola y galletas saladas y Beethoven (90's) o Home Alone (1990), para regresar a un día de incapacidad en los 90’s, abrumada y en recuperación.




x

Consumo patológico de series es muy importante cuando se trata de sobrellevar las Pancreas Blues que nos dan a nosotros lxs hipoglicémicxs, o incluso los gripes y viruses que nos atacan. Mi recomendación personal es: dedicarle día y noche a Six Feet Under. Es más, ya me quiero enfermar para volver al trance de binge-watching episodio tras episodio del dramón de HBO, y los fantasmas de cada personajito que compone el paisaje narrativo de Six Feet Under.


Abuso de té y ojo que esto no lo acuñé yo, sino que es algo que a menudo me aconsejan cuando estoy navegando las duras aguas de día 3 de gripe extrema. “Tomá un verso de té”. Ok, amigo, lo intentaré… pero, francamente, después de un rato ya no tengo sed como para seguir tomando té y mi garganta no mejora con la temperatura elevada del agua, entonces, pues… me parece un abuso, completo.


Películas vacías porque cualquier cosa que requiera una reflexión más profunda puede ser contraproducente. Cuando tenía dengue y vi la Môme, la vida de Edith Piaf con Marion Cotillard, empeoró mi pysche y agravó mi enfermedad. Para una noche deprimente en cuarentena, es mejor volver a ver Going the Distance (2010) o algo más que no deje nada bueno, como The Rewrite (2014) con Hugh Grant y Marisa Tomei, que compré por $1.00 en el rentavideos a punto de quebrar al que voy par refillear mi colección de DVD’s.


En fin…


Otra cosa que he aprendido (además de que qué asco hacer una infusión de cebolla) es que sí, ok, está bien ir adonde un doctor a que te baje del altiplano del estrés autoinfligido por la mente enferma… esas citas que te confirman que a) no te estás muriendo o b) es tratable… pero ojo también con el tratamiento. Siempre que me da la gripe semestral que me hace dudar de mi razón de ser y la existencia misma, tratarme no me cura. En el clásico coctel de tos nefasta, ojos llorosos, reproducción sin precedente de mocos, deshidratación y malestares varios, acudo a maratones de dormir y de series. Depresión frente a una pantalla parece que va de la mano con curarte.


Nunca funciona, y socialmente no me funciona, tampoco. Acabo por toser con ánimos, lavarme la cara y lavar todo signo de coqueteo con la muerte, y salgo. Nada me funciona mejor que ignorar la gripe, sonreír en las fotos del bautizo, bailar en la boda, no resistir a los cigarros y a los tragos, e incluso hacer planes insuficientes, y estar inservibles al día siguiente. Debí de haberlo sabido cuando vi a mi tía recuperarse de dos semanas de infección en la garganta a punta de tequila y vino. “Paty, I’m cured!”, dijo, aun ronca.


venda fría + novela salvadoreña **genial**

Los libros que dejé atrás

Libros que hablan varios idiomas.
En las mudanzas, es imposible traerse todo

Cuando me mudé de Honduras tenía 4 años. Poco antes de que me mudaran (mis papás) de Honduras, yo había visto Dumbo en VHS todos los días.

La vi tanto que arruiné la cinta. No sé si los niños de la era touch screen conocerán dolor semejante al de arruinar tu copia de Dumbo y así cortar la dependencia de una dosis diaria de la historia de un elefante con orejas grandes que quería mucho a su mamá.

Siempre me tapaba los ojos cuando Dumbo cae en la perversión, se emborracha y alucina.

They don’t make ‘em like that anymore, do they?



Me mudé de Honduras y dejé atrás mi película, mi Dumbo.


En mi vida adulta, en la cual las películas dependen de una cuenta de Netflix de un ex o de una página de bajo presupuesto, o, en el mejor de los casos, de un archivo .avi o buen mo4, mi duelo está más en los libros que en las películas –aunque la verdad, aquí entre nos, es que también probé regresar a coleccionar películas y al ritual del DVD con control remoto. Mi lengua lleva aún el sabor a ver películas en posición horizontal, sola, en una esquina francesa.

En mi vida adulta, mi duelo son los libros que dejo atrás.

Deben haber varios libros con mi nombre en la contraportada,  Patricia Trigueros escrito a menudo con un lapicero Bic de esos que muerdo hasta aniquilarlos. “Tomá, hay de todo,”

Me despedí de mi diccionario de francés antiguo, una belleza gruesa y roja apellido Larousse. De él aprendí que no vale la pena gastar 30 euros en un instrumento académico que te enseña a decir Li cuens (“el conde”) o Ausi conme la licorne sui (“soy como el unicornio”); ósea, ¿quién habla francés antiguo hoy en día? Todavía si hubiese sido un diccionario ilustrado, con dibujitos medievales; ahí sí te creo que vale la pena. Lo vendí como en 2 euros en una tienda medio deprimente, Rue St. Catherine, 33000 Bordeaux.

Lo chivo de esa tienda era que quien la atendía era del mismo color que las páginas viejas de los libros de los estantes. Pálido y a la vez amarillo, acomodaba los libros con una delicadeza propia de una enfermera entregada. Los colocaba, te recomendaba literatura anglosajona a lo Frannie et Zoe de J.D. Sallinger, y no hesitaba en mostrarte dónde podías leer más Shakespeare, porque nunca hay suficiente Shakespeare, ¿o sí? A pues, allí quedaron mis Spleen de Paris, Le parti pris des choses, Nadja, Manifesto du Surréalisme, Au-dessous du Volcan… Dejé a Nick Horby, a W.B. Yeats, E. Pound a Keats; a Sylvia Plath y a Jean Baudrillard, a Dino Buzzati, a Kafka, a

a mis Fables de La Fontaine, a otras cosas raras, a

a alguien le dejé mi Under the Volcano.

En rifas he dejado ir The Complete Prose of Woody Allen, y también a Ray Bradbury, porque es divertido hacer rifas.  Mi Trainspotting se perdió en un reclamo (esa fue la última vez que lo vi.) Mi What we talk about when we talk about love, bello, viajó conmigo de Madrid a Guatemala y, en el regreso, se quedó en un apartamento capitalino, salvadoreño. Allí ha de andar todavía. En Cali, Colombia, dejé mis cuentos de Jacinta Escudos. Tan lindo el del cabello de Elsa Kuryaki.

Ala, diabla. Mi La frontera de Cristal de Carlos Fuentes que gocé tanto se quedó a vivir en la librera de Otro, ¿cómo lo pude olvidar? “Ese te va a gustar, Paty.” Bueno, pues, habrá que leer más.

“Tomá, hay de todo,” dije esta última vez. En dos bolsas reutilizables venía dos libros de Maggie Nelson, dos libros de no ficción firmados; un paperback de Here I Am de Jonathan Safran Foer, tres libros en francés, una edición en francés de Germinal de E. Zola que compré por error y que, secretamente, me acecahaba… Well de Matthew McCintosh, dos libros nuevos de autoras argentinas… y muchos más.

Hasta las bolsas le dejé. Yo quería que me diera algo de dinero a cambio, pero simplemente

simplemente no te lo podés traer todo lo que tenés, cuando te mudás.


Mundos literarios

aDIÓS