Los libros que dejé atrás

Libros que hablan varios idiomas.
En las mudanzas, es imposible traerse todo

Cuando me mudé de Honduras tenía 4 años. Poco antes de que me mudaran (mis papás) de Honduras, yo había visto Dumbo en VHS todos los días.

La vi tanto que arruiné la cinta. No sé si los niños de la era touch screen conocerán dolor semejante al de arruinar tu copia de Dumbo y así cortar la dependencia de una dosis diaria de la historia de un elefante con orejas grandes que quería mucho a su mamá.

Siempre me tapaba los ojos cuando Dumbo cae en la perversión, se emborracha y alucina.

They don’t make ‘em like that anymore, do they?



Me mudé de Honduras y dejé atrás mi película, mi Dumbo.


En mi vida adulta, en la cual las películas dependen de una cuenta de Netflix de un ex o de una página de bajo presupuesto, o, en el mejor de los casos, de un archivo .avi o buen mo4, mi duelo está más en los libros que en las películas –aunque la verdad, aquí entre nos, es que también probé regresar a coleccionar películas y al ritual del DVD con control remoto. Mi lengua lleva aún el sabor a ver películas en posición horizontal, sola, en una esquina francesa.

En mi vida adulta, mi duelo son los libros que dejo atrás.

Deben haber varios libros con mi nombre en la contraportada,  Patricia Trigueros escrito a menudo con un lapicero Bic de esos que muerdo hasta aniquilarlos. “Tomá, hay de todo,”

Me despedí de mi diccionario de francés antiguo, una belleza gruesa y roja apellido Larousse. De él aprendí que no vale la pena gastar 30 euros en un instrumento académico que te enseña a decir Li cuens (“el conde”) o Ausi conme la licorne sui (“soy como el unicornio”); ósea, ¿quién habla francés antiguo hoy en día? Todavía si hubiese sido un diccionario ilustrado, con dibujitos medievales; ahí sí te creo que vale la pena. Lo vendí como en 2 euros en una tienda medio deprimente, Rue St. Catherine, 33000 Bordeaux.

Lo chivo de esa tienda era que quien la atendía era del mismo color que las páginas viejas de los libros de los estantes. Pálido y a la vez amarillo, acomodaba los libros con una delicadeza propia de una enfermera entregada. Los colocaba, te recomendaba literatura anglosajona a lo Frannie et Zoe de J.D. Sallinger, y no hesitaba en mostrarte dónde podías leer más Shakespeare, porque nunca hay suficiente Shakespeare, ¿o sí? A pues, allí quedaron mis Spleen de Paris, Le parti pris des choses, Nadja, Manifesto du Surréalisme, Au-dessous du Volcan… Dejé a Nick Horby, a W.B. Yeats, E. Pound a Keats; a Sylvia Plath y a Jean Baudrillard, a Dino Buzzati, a Kafka, a

a mis Fables de La Fontaine, a otras cosas raras, a

a alguien le dejé mi Under the Volcano.

En rifas he dejado ir The Complete Prose of Woody Allen, y también a Ray Bradbury, porque es divertido hacer rifas.  Mi Trainspotting se perdió en un reclamo (esa fue la última vez que lo vi.) Mi What we talk about when we talk about love, bello, viajó conmigo de Madrid a Guatemala y, en el regreso, se quedó en un apartamento capitalino, salvadoreño. Allí ha de andar todavía. En Cali, Colombia, dejé mis cuentos de Jacinta Escudos. Tan lindo el del cabello de Elsa Kuryaki.

Ala, diabla. Mi La frontera de Cristal de Carlos Fuentes que gocé tanto se quedó a vivir en la librera de Otro, ¿cómo lo pude olvidar? “Ese te va a gustar, Paty.” Bueno, pues, habrá que leer más.

“Tomá, hay de todo,” dije esta última vez. En dos bolsas reutilizables venía dos libros de Maggie Nelson, dos libros de no ficción firmados; un paperback de Here I Am de Jonathan Safran Foer, tres libros en francés, una edición en francés de Germinal de E. Zola que compré por error y que, secretamente, me acecahaba… Well de Matthew McCintosh, dos libros nuevos de autoras argentinas… y muchos más.

Hasta las bolsas le dejé. Yo quería que me diera algo de dinero a cambio, pero simplemente

simplemente no te lo podés traer todo lo que tenés, cuando te mudás.


Mundos literarios

aDIÓS 

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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