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Por tierra

con tal de ver al árbol de fuego

Yo [no] soy una gran manejadora.



Odio para, cuando voy manejando.



Me encanta alejarme de la ciudad y no comprar nada, ni ir al baño, sino hasta que ya estamos adonde vamos.



Alguien me pregunto en el 2011/2012: –¿Nunca aprendiste a manejar?



“No he aprendido todavía”, le dije. No se trata de usar el pasado simple o pretérito indefinido, si no de el pretérito perfecto compuesto, not yet.



Por alguna razón, nadie nunca tuve mucha fe en mi manejar. Ni yo, de hecho: desistí de querer aprender a temprana edad porque pasaban muchas cosas al mismo tiempo y desconfiada de mis profesores (novios y amigos que rondaban los 17 años.) ¿Para qué hacerme eso a yo misma?



¿Para qué hacerle yo eso a alguien?



Siempre que ofrezco “¿Querés que maneje yo?”, me dicen “No.”



Ok.



Y una vez perdí una apuesta: –No me voy a rasurar hasta que saqués tu licencia.– Yo llevaba 2 años aproximadamente manejando sin licencia. No era solo por hacer reprobado el examen y la pereza. Era mi eterno (y permanente) afán por permanecer en el limbo. Las situaciones grises, que tanto digo que no me gustan, me atrapan.



El gesto de afeitarse era una muestra innecesaria de resignación.



Saqué la licencia hace 4 años, aprox. 4 años imperfectos, pero míos.



Hoy venía manejando desde San Salvador hasta Guatemala, y entre tantas curvas y nubes y lluvias, recordé un par de viajes por tierra.



La vez que tratamos de que alguien más se llevara al pasajero que no usaba desodorante.

La vez que a dos de los 5 integrantes del equipo les pusieron “multa”, y allí quedaron no sé cuantos dólares a cambio de ya, porfavor, déjennos pasar. “Nunca se vayan por la Hachadura”, nos dijo Don G.

Pero a mí me llega la Hachadura y pasar viendo los volcanes chapines desde la puerta trasera; y dejarlos atrás y pasar por el litoral y añorar dormir con cocos y arena y brisa. Vivo entre tus montañas y mis hamacas.

Recordé

La vez que nos reímos todo el camino en el bus, ida y regreso.

La vez que hicimos yoga en la gasolinera de Escuintla.

Los viajes recientes, en los que me he perdido y vuelto a encontrar. “Creo que es prudente usar Waze.”

¿Qué hubiera hecho, si al igual que a un ex-copiloto, se me habría olvidado el DUI en San Salvador? Mejor ni pensarlo – porque yo no sé donde está mi pasaporte. No habría tenido la astucia de resolver ese problema, y mi copilota actual… ¿qué me habría dicho?



Se pierden los viajes por tierra en mi cabecita de muchos viajes terrestres. Vacaciones, familia, amigos, amores – mucho ha dependido de cruzar esas fronteras, cruzar este puente, o quedarnos en la frontera comiéndonos una pupusa en lo que se resuelven los problemas limítrofes. 


Quedé hace poco de escribir sobre uno de estos viajes, pero quedó pendiente. Cabal, le dije, estaba pensando en eso: en lo que vas a hayar después del viaje. Calorcito el pecho, cervezas frías. Un amigo no podía escribir la palabra "cervecita" sin trasnportarse.

En este país que dejé se comen los mejores mariscos y se cosechan mis abrazos favoritos.

"voy por atizaya!"


Lotería de viajes exprés






LOTERÍA DE VIAJES EXPRÉS*

*título y ejercicio concebido luego de leer Matria, de A. Lytton Regalado

El viaje exprés, por definición, no es lo mismo que un viaje corto: es un viaje hipercorto (e “hiper” es mi nuevo sufijo preferido, pero no vamos a hablar de eso ahorita.) El viaje exprés tiene su magia particular, mientras que en los viajes cortos abunda el tiempo y se extiende la agenda. En los viajes cortos, hay espacio reservado para descomprimir y también viajar, sin instalarse, permanecer extranjero pero familiarizarse. El viaje express, en cambio, te obliga a obviar lo más posibles las señales de viajero, y tomar con naturalidad la breve estancia, el tiempo, las opciones. No hay tiempo para cosechar la consciencia de la condición de viajero, ni el modo pasajero. Hay que afrontarlos con cotidianidad, poco equipaje y levedad de espíritu.


Las complicaciones y la logística de viajar, con tiempo limitado, aunque el traslado físico sea real, uno jugando a ser inmune: como la vez pasada que pasé como dos horas en tráfico para llegar a Antigua Guatemala, solo para ir a tomarme un café, y ya [exagero, fueron más las horas en carro y no solo tomé café, sino que comí tacos y también grabé audios para un trabajo]. Abajo, un amalgama de viajes exprés.


LA FIESTA


mayo 2018


Si tenía que estar en San Salvador ese sábado, y el evento era jueves, pero jueves en la mañana había un… en fin, la única manera de estar en todos los lugares al mismo tiempo era haciéndolo. No era cualquier fiesta, tampoco: era el estreno de casa de Little Coins. Lo habíamos empezado a planear a finales de abril, en una mesa de Café Despierto con pizzas que nos coqueteaban desde su estructura para servir, elevadas. La planificación había seguido y aproveché las 5 horas de trayecto para entregarme a mi almohada para el cuello en un efervescente monólogo interno y poco trabajo. Llegaría solo a maquillarme, ponerme aretes e irme a 1001 noches, a las oficinas de Little Coins. Iría a reír, comer y beber. Encontrarme con caras conocidas y otras nuevas, y unos colegas, y qué tal si no hablamos de lo que ambos sabemos? Si buscás nuestra amistad en Facebook, encontrarás versiones más jóvenes de nosotrxs comiendo choripanes a las 2 AM afuera de la z. 14, pero esta vez no hablamos de esto: esta vez reímos de cosas que no tienen que ver con las camisas Havoline que llevamos puestas ese viaje corto, el de esa foto de la que no hablamos; esos momentos de 2011.


Las conversaciones del after, entre dos, fueron geniales.


El día siguiente se lo dediqué a mi resaca. Me habían ofrecido ponche para llevar y tuve interacciones innecesarias por What’s App hasta las 2 AM, pues a cualquier se le va un chiste interno con dedicatoria en un balcón. Pasé en pijama y eventualmente recorriendo el apartamento ilustre de Casa Américas, hasta que fue hora de irme. Sería la última vez que nos veríamos, pero yo no lo sabía.


La agenda (apretada) ignoraba la precariedad de tiempo que disponía. Me alcanzó para tener brunch en Café Despierto, we meet again, gesto que agradezco y que desencadenó una serie de pláticas con palabras dulces sumergidas en café. Y para cerrar, un café con Papalota Negra y su estrella de ese momento, Óscar Donado. Un abrazo en 3D, antes del bus hacia la vida real, sin batería en el celular.


Nunca tengo batería en el celular.

EL PUEBLO REVOLUCIONARIO


octubre 2017


Eran las 7:00 AM en San Salvador y yo estaba bañada y semi-vestida (probablemente en bata, probablemente a duras penas arrancado el día, contemplando el vacío cual novela de Virginia Woolf) frente a mi computadora, en mi estudio. Así comenzaban mis jornadas laborales, las de hace un año, no las de hoy.


Cathy me interrumpió mis vacilaciones con una invitación a ir a Cinquera, pueblo revolucionario en el departamento de Cabañas que conocía yo solo de nombre. Una “joya turística llena de historia,” sin duda. En una agenda rígida de profesores del Liceo Francés guiados por el testigo Rafael. Ella tentó su suerte, y no sabía qué respondería a esa propuesta impromptu de irse de viaje en unas cuantas horas. Dije que sí.


El tour empezó con un almuerzo en San Sebastián y compras en Ilobasco… pues, allí compré sorpresitas pícaras que quedarían tiradas en la parte de atrás de ese Toyota por meses. También compré café, para mi alero Eduardo y yo. Equipo Cinquera, allí vamos. Luego, nos instalamos en el hostal de nombre genérico como El Hostal, con quien luego negociamos un precio más barato debido a la averías del baño de la habitación y los daños a la paz mental. En el interim entre la cena a las 6:00 PM y la bienvenida al pueblo Cinquera, hubo un paseo con cerveza en mano. Apreciamos los murales de la zona y el monumento homenaje a las víctimas de la guerra, y a Monseñor Romero. Luego, con nuestra Pilsener camuflajeada, Rafael nos dio el discurso introductorio al tour de Cinquera: la historia de una guerra, su historia dentro de la guerra, los cerros aledaños y lo que sufrieron los que vivieron la misma historia de Rafael, allí en Cinquera.


Pero después de la noche de no dormir, no pude irme con los demás a conocer el pueblo y el cerro y la zona. Me habían prometido caminata y cascada, pero yo tenía que trabajar. Un día laboral, pero en Cinquera. Y ellos volvieron enlodados, y yo olvidé mis mom jeans favoritos en El Hostal, y comimos en Suchitoto, antes de volver a San Salvador. Volví cabal a tiempo para bañarme de nuevo, cambiarme e irme al Teatro Luis Poma.


Ese día, al volver de mi viaje exprés, lanzaron Distópica y hablé de mi texto, “Oro rosa”. También hablé de otros textos, con cervezas, y de otras cosas. Mi mente aún estaba viendo al lago Suchitlán.



LA GRANJA
agosto 2017


Llegué afónica a Hacketstound, N.J., tras haber sufrido de una gripe (la verdadera maldición de Moctezuma es la laringitis aguda potenciada por el cansancio inminente de los viajes cortos a México en general; al D.F. en particular) *tos* Descubrí a Penn Station, en Midtown, bajo el lente empañado de mi malestar, no sin antes tomar un subway desde Nostrand Ave., la estación/avenida limítrofe de los barrios Bed-Stuy y Crown Heights – mis barrios.


Hackettstown está compuesto por granjas: una cama de Lego verde con arbolitos. Sobre ella, casitas, bloques, cul-de-sacs y árboles. La gente de mi generación que trabaja en estas granjas está reinventándose, pues no puede parcelar tierras agrícolas. Yo quiero reinventarme con ellos y ofrecer tours y sandías y elotes y sándwiches. Hay un súper entero de licor y cervezas, “esto no es una tienda, es un universo”. Probé más IPA’s y cené una porción para una persona capaz de alimentar a 3, en un diner que sirve comida las 24 horas, al que chicos de Nueva Jersey solían ir por café ralo ilimitado y cigarros. Cené donde se gestaron infinitas intrigas de amores adolescentes, tal cual lo representa Hollywood en Say Anything de Cameron Crowe, por nombrar un ejemplo. Dormí en una escena de una película gringa, de esas que pasaban en el cable y con las que uno se encariña.


No era mi primera vez en N.J., ni será la última. El domingo bebí blueberry coffee, algo que tachar de la lista de cosas que hice sin antes haber sabido ni siquiera que existían. Fue el acompañamiento de mi cacerola rara de huevos estrellados en una especie de ratatouille de verduras recién cosechadas, y una cama de papas, porque todo es mejor con ese tubérculo. No quería volver a Nueva York, un amalgama de competencia en el que no sé de donde viene lo que a uno le sirven en el plato… no como en Nueva Jersey, donde los menús cambian según temporadas. ¡Y es que hubiera podido ir a cosechar mis propios duraznos! y luego hacerme experta hacedora de jaleas gringas.


Cuando muera, quiero que me recuerden como una mujer que amó la vida rural de Nueva Jersey y siempre se declaró fan de las papas. Y, quién sabe, a lo mejor acabo viviendo en mi propia granja norteamericana, perpetuamente afónica y ebria de fruta fresca fermentada. Les enviaré un día una invitación a una boda en Louisville, Kentucky y verán que no hay nada de malo con el exceso dentro del aislamiento.


LOS ALMUERZOS
mayo 2017





“We all have our rituals”


Uno de mis rituales es almorzar con un caballero cada vez que estoy en Guatemala, al principio o al final. El caballero se llama René y nos conocimos en el 2003, en San Blas. Hablamos de Harry Potter en la arena. Fumábamos de escondidas.


No recuerdo mucho de ese día entre semana, en mayo. No me fui en bus, me fui en carro, con el ahora difunto servicio de Intercity. Trabajé las cuatro horas, desde el cel, a través de Google docs. Esta vez almorzamos en Oakland. Pizza o pasta, o ambos; y los dos, René y yo, teníamos historias de Nueva York.


Fui al mercado central, por lo que iba, y encontré cosas que no esperaba. Después no sé si volví al apartamento de René, o si fui por café. La noche estaba apartada: cena con mis amigas de infancia, porque después me iba a Nueva York sin planes de regresar.


Los planes cambiaron. Vuelvo a guate, pero hace ratos que no almuerzo con René.

EL CUMPLEAÑOS
noviembre 2008


El viernes 28 concluyó una semana difícil, de esas de desvelo haciendo disertaciones de literatura comparativa y ejercicios lingüísticos en dos idiomas. Media vez había terminado de poner la última coma y el punto final en mi tarea de Dino Buzzati y Franz Kafka, tenía una copa de vino en mano… o vino, en un vaso, y labios enmoradándose. En calcetines, jeans flojos y camiseta de esas que es pijama o blusa dependiendo del contexto, soirée pequeña en la sala de mi apartamento compartido en Bordeaux. Muchísimo vino y muchísimas risas, sobre todo cuando nos repartíamos historias colectivas y, por turnos, le contábamos al invitado. Sergio era externo al grupo, y el grupo “muy querido.” Boté todas las tensiones, recordé viejos chistes y a caras conocidas y, de repente, me levanté a llamar a Matías. Nada más oportuno que estar despierta justo a las 12 AM y ser la primera en felicitarlo. “¡Te veo mañana! ¡Me voy a Poitiers!”, le grité al teléfono.


Fue una decisión tomada en el fervor de momento que presentaba un riesgo elevado de ser una promesa en el aire, pues esyaba yomando y sin boleto de tren. Pero el día siguiente, reconcí las paredes de mi cuarto y las dimensiones de mi cama y parpadée, buscando irrigar mis ojos con los últimos flashbacks. Huí a Poitiers, para evitar una reproducción semejante. Me había excedido y llegué a darle clases a Charles, un mi alumno que quería reforzar su inglés porque trabajaba en hotelería y turismo, con un boleto comprado y el cerebro a medias. Al terminar de analizar las diferencias entre “since” y “ago”, con ejemplos como “This yoghurt went bad 5 weeks ago! It has been bad since october 21st!”, me fui a Poitiers.


Esa fue la noche en la que perdí una bufanda, comí rissotto con el cumpleañero quien me hizo huevos rancheros al día siguiente. Hacíamos acentos como en nuestra adolescencia y nos sentamos en el piso de su apartamente a actualizarnos más: relaciones, tareas e universidad, secretos culinarios y cadáveres exquisitos. Hicimos una eppopeya que luego transcribí de mis recuerdos, la esencia misma de la tradición oral, en mi tren de regreso a Bordeaux. Es lindo visitar a Matías, la verdad, aunque sea por 24 horas.


LA EXPOSICIÓN


mayo 2008
Recién llegada de uno de los viajes más largos de mi vida (pero no el más largo), le escribí a un ÉL. Le dije que estaba en París, que me iba al día siguiente; que casi, casi nos veíamos para su cumpleaños. ¿Irme con mis maletas a dormir a su casa a un after? No, no gracias. ¿Exposición con desconocidos? Sí, eso sí. Pero no fui sola.


Me acuerdo de la artista que exhibía esa noche. Su vestido era largo, de tirantes, con un patrón como un pañuelo. Recuerdo las dimensiones de la micro-galería en una callesita no muy lejos de la parada de metro Bastille, y la luz perfecta. Las paredes blancas. Me acuerdo de las sonrisas, del maquillaje y del juguito que nos tomamos en el bus. ¿Era bus? No, no sé.


La noche no terminó en la expo, sino que nos fuimos, parte ahora del clan de desconocidos, a un restaurante. Hubo comida brasileña/árabe y champán, y pastel. Nos demoramos. ¿En qué momento es de buena educación irse?


Nunca, aparentemente. Nos quedamos hasta que se puso más incómodo. Perdimos en el último bus nocturno hacia Porte de Lilas, el barrio en el que ELLA, mi alera de esa noche, y yo siempre pedíamos combos en el McDonald’s de la esquina.


Lo que hicimos fue pedirnos una cerveza cara en la terraza de un bar de Bastille, comprar una cajetilla cara de Camel, dividir la cuenta en dos e irnos en taxi, riéndonos de nosotras.


LA SERENATA
marzo 2009


Mi querido amigo, antiguo co-star de la serie “El amor de mi vida”, me llamó justo cuando estaba viendo una cosa de unos boletos a St Raphaël, en el sur de Francia, un viaje esperadísimo. ¿Por qué no ir a París por un día, en vez? Mi tren al sur iba a posponerse por huelga, y la huelga iba a habilitar algunos trenes principales.


Hicimos una despedida con el vecindario (3 invitados, incluyendo a mi compañero de piso) para desearme buen viaje. Viajé sin nada, prácticamente. Iba, en teoría, a volver a Bordeaux 24 horas después no más a coger el tren nocturno al sur. Iba jugando una lotería, pues me subí y bajé sin pagar. Me preocuparía por el regreso, pero no en ese moment.


¿Qué hicimos? La noche se la dedicamos a cervezas y pizza barata con ÉL y ELLA (los mismos del cuento anterior), mi querido amigo y yo, sus compañeras de piso… una reunión familiar efímera, pero sentida. Al día siguiente paseamos, y cerca del río, hablamos de todo menos de él y yo, como verdaderos amigos. Nos habíamos demorado en llegar, pero allí estábamos. Ese mismo día me tenía que regresar, pero no pude.


Me salía muy caro volver a Bordeaux, para tomar el tren original. Estábamos en mi segundo hogar, el apartamento de mi querido amigo y amigas, escuchando Charles Aznavour, entrada la tarde. “Te sale más barato quedarte a vivir aquí,” pero no lo hice. En vez, me fui al supermercado a comprar provisiones y ropa extra. Hice malabares y compré un boleto de tren extra, y ya allí sí ya nos despedimos, como amigos. “Nos vemos”, nos dijimos. Opté por escuchar Charles Trenet y escribir y escribir, en este nuevo tren nocturno de 8 horas hacia el sur.


***


Quisiera más viajes exprés en mi vida. Ir al gimnasio regularmente, para tener a condición física que requieren estas idas y venidas. “Y vos qué venís a Antigua solo por dos horas?” Y sí, esa es la respuesta. Si pudiera hacerlo más lo haría, eso y otros viajes exprés, como la ida a comer tapas a Madrid que concebí en mi mente. Dos vuelos, un transatlántico, un sentimiento de crisis existencial, dos líneas de metro y un par de tapas. Aprovecharía para saludar cálidamente a mi querida amiga Carmen, y nos bajamos el agrio sabor a locura con un Vermut, y ya; de regreso.


mis volcanes

Mi segundo viaje a L.A., parte 2


el chucho que no entró a brunchear a Bottega Louie, Downtown L.A.
domingo 9h35 AM

"part of the thrill is how cheap it is, but Paty missed out on that because I treated her"
almuerzo en in-N-out, domingo 13h15 
Hubo un aspecto muy íntimo presente en muchos de los momentos, un aspecto que no he compartido, pues no es mi historia para contar; más presente el día domingo, que cualquier otro día, y domingo fue mi día favorito. El sábado, sin embargo, yo no sabía que el domingo sería mejor.


La verdad solo se agravó mi adicción a los domingos.


***


El sábado caminamos a Hollywood, hasta separarnos e irnos cada quien por su lado. Nos veríamos en la noche, invitados a la misma fiesta, conocidos entre desconocidos. Me quedé en The Bourgeois Pig, siniestro y con algo inefable y cool; leí y I collected myself, my pieces, and made a map of where I’d take them, a map I constructed with the help of a local, B, who had traveled and come back. It took me about 40 minutes to walk the 20 minute walk to the subway, and then I hovered.


The end tail of the March for our lives, in March, after all, first; and then a long line at Daikokuya en Little Tokyo. No me molestan las colas cuando estoy sola: siempre hay más espacio, más rápido, para una sola que para grupos. Ellos se la pasan mejor en las colas, pero esperan más. Éramos dos solitarios. Nos veíamos. Su libro en mano y su tote de The New Yorker me decían que él era mi homólogo, la versión masculina de Paty. Nos sentamos al lado y pedimos lo mismo, quizás no hablamos porque no teníamos nada que decirnos, no hubiéramos pasado de “yo también”.


En Demitasse cargué mi celular, escribí, seguí armando una historia que estaba en remojo, que luego se hizo un poema sobre la identidad cultural que se borra, la cultura subordinada a otra cultura, la violencia normalizada. Justo en esos bosquejos estaba cuando entró una mujer negra pintada de blanco, su rostro visiblemente pintado y las piernas que se le salían de su falda también. ¿Ocupará talco o yeso? Seguro un cruce entre los dos, muy Kerry James Marshall, como evoco en ese poema.


Me detuve por un manicure en silencio, los 6 dólares mejor gastados en mi vida, y seguí caminando, que dolor de pies caminar en botines de Almodóvar, pero no importa, Little Tokyo es precioso así sin rumbo. Caminar hasta que la caminata se convierte en una fila afuera de The Broad, adonde vi banderas gringas de Jasper Johns, y me salté a Yayoi Kusama. Mi relación con Yayoi no sufrirá si no veo más de su obra. La impresión es perenne, la admiración también.


Caminé y caminé, varios círculos inconclusos, hasta que subí al rooftop bar de Tha Standard y brindé con mi primo. Brindamos por Los Ángeles, y por todas las veces que coincidimos, su volatilidad y la mía convergentes, como otro tipo de círculos. Se sumaron Aaron y Aaron, actores, nuevos amigos. En un SMS, yo confundí a Aaron con Erin, y en el bar gritamos para escucharnos, o más bien para que ellos escucharan las descripciones que sintetizar cuando alguien me pregunta ¿Cómo es El Salvador?


“I don’t know, I think San Francisco is more you, but L.A. is great!”


Llegué tarde a The Good Luck bar, y en su sofá rojo expresé mi nuevo amor por Los Ángeles, mi arranque repentino de darle vuelta a mi vida y regresar a Los Ángeles a vivir. Me dejaré crecer el pelo, me haré otra persona, con otro domicilio, con otra relación con el tiempo, el espacio y la percepción del valor, “Eso hice yo”, me dijo mi amiga, “me dejé crece el pelo, me lo pinté de rubio. Me hice instructora de yoga y me compré un carro”.  Eso te hace L.A.


Yo pertenezco en el Good Luck Bar, con el Barman que no me cobraba mis Coca-Cola Zero, hablando de decepciones y frustraciones con Danielle, a quien probablemente nunca vuelva a ver, y viendo al techo. Tomando fotos, oyendo en la música la melodía de tantas voces. Mi amiga me dijo que mudara al Good Luck Bar. Además, tengo sangre china.


***


Mi primo no estaba tan entero al día siguiente. Traté en vano de revivirlo con dosis de agua y café en Bottega Louie. No quería dejarme así, pero debía volver a su hotel, pero, tranquilo, aquí me quedo. Fui al MOCA a comprar postales de Kerry James Marshall y a ver arte. Me traje un lapicero que vive conmigo.


“Qué arte estás viendo?” Me preguntó mi anfitrión, y cuando le conté, me dijo que me nos juntáramos en la estación de metro cercana para ir juntos a Culver City al museo más genial del mundo. Pasamos a In-N-out, y lo tachamos de la lista de cosas no tan chivas que Paty tiene que ver cuando llegue a LA. Luego, terminamos el recorrido por muestras inusuales en The Museum of Jurassic Technology con té en el techo, del cuarto ruso al jardín. No se puede tomar fotos. Las teorías de cómo uno olvida son fascinantes.


Tachamos eso de la lista de cosas chicas que Paty tiene que ver cuando llegue a L.A., y nos fuimos a casa de C., allí downtown. Tomamos Picon Bière y hablamos de poesía, de viajes, y se nos fue el tiempo para irnos a Echo Park, a un evento literario en el que nadie nos extrañó. Movimos la fiesta a la calle, a comer tacos, era imposible conseguir un baño, hasta que llegamos por un espresso y cheesecake al café del barrio, de la ciudad, del estado, una institución de esas dee que si has pasado por allí, probablemente le has consumido, y no paramos.


Fuimos a The Last Bookstore a intervenirla y esconder libros de Rupi, y leer un poco de Neruda en dos idiomas, y de chinear un montón de libros que no compramos, Will, should I get this overrated feminist essay? Pasamos de sección en sección, juntos pero no revueltos, y mi anfitrión tenía anécdotas para cada esquina a la que me llevaba. Desde que nos bajamos en Culver City a caminar, y cuando nos sentamos a In-N-out, y en el techo, y en el regreso, y allí en The Last Bookstore,  me iba contando historias personales que le agregan a la dimensión visible, y no se ven igual los rótulos de Downtown Los Angeles y las baldosas abandonadas, no cuando tienen a un narrador así.


“It was Sunday and I hadn’t had Picon bière in a while, and after tacos and coffee, and was there cheesecake, too? ...there was The Last Bookstore and we listened to Bukowski but also read some Spanglish; I left with a copy of Insurgent Art in my bag with new books, and realized that the Japanese Highball at The Library Bar is my new favorite drink.”


***


Señores Los Ángeles, quiero agradecer a Hollywood por mi hospedaje y a los chicos por el mejor domingo de mi vida. Gracias a Silver Lake por mis últimas aventuras, y mi almuerzo a solas en Sqirl y por lo amable que fue, el lunes siguiente. Vitrinié y me compré unas cuantas cositas, para traer y regalar algo de mi viaje sin sentido por las calles, los barrios y los rostros de LA. M, mi amiga, llevó una sábana e hicimos un picnic de barras de cereales y agua de coco, y hablamos de lo mismo que hablamos por Messenger, pero en persona. Caminando, nos encontramos con un póster que nos marcó y nos tomamos una selfie, porque ser a la vez vaqueras y artistas es un poco nuestro sueño. Se fue por un lado, por una subida, y me quedé en un bar cercano para quemar tiempo y usar el baño, obvio, ese oasis difícil de alcanzar en una ciudad tan esparcida como L.A.


En la barra, un desconocido me contó de que había dejado su trabajo, ya mucho, ya basta. Había tristeza pesada en sus ojos que combinaban con su voz grave, pero Los Ángeles en general lo tenía harto. Iba a resolver su vida con un viaje a Houston, un montón de calma, pero si es un viaje vertical a través de las dudas de la existencia a lo mejor no resulte en un sentimiento de levedad. No se lo dije: me mantuve en el territorio diplomático de decir que lo entendía y sentando con la cabeza, si supusiera cuánto lo entiendo. De haberle contado de mí, ni me habría escuchado.


Se hizo hora de cena, hora de una última cena. Cené con Will en Night Market, una última cucharada de la comida divina de Los Ángeles y una dosis extra de cara-a-cara, de vida real. Caminamos por Silver Lake y algún otro boulevard sin rumbo, hasta que se hizo hora de tomar un uber y compartir un sofá, cada quien con su libro, una buena despedida.

Tengo que volver, así voy a Getty Museum y al Griffith observatory y me tomo algo con Ruth y Heinz, que no alcancé a ver, ¿quien sabe? La próxima vez, podré estar en Santa Monica por más de una hora, y no me tendré que cambiar en baños ni hacerme las uñas en un intento de sopesar lo extranjero e incómodo. La próxima vez, veré cortos cuando me inviten y no esperaré las últimas horas del viaje para jugar Tinder, e iré a más cosas con C, y tomaré más fotos, la próxima. Quisiera estar allí ya e ir a ver qué hay en el LACMA, y probar las cosillas que me recomendó Ruth; armar otro mapita para perderme y encontrarme.


***

la manta para el picnic del siglo 19 pero con agua de coco y barras de cereales
amo esa cachucha y ese manicure de Little Tokyo
y debo admitir que le reservo cierta fascinación a los fenómenos hidráulicos como ese reservoir