A ver, te cuento del D.F.

Alebrijes sobre Álvaro Obregón
Espérame, déjame acordarme de qué hice la última vez que fui a México (18 días que empezaron en noviembre y se convirtieron en diciembre), sin hablar de mis días en Guadalajara, ni de mis confesiones poblanas, ni de nada de esas veces de las que ya te he contado, porque esta vez fue diferente, aunque se parecen en aquello de no alcanzar a ver todo y dejar cosas afuera, y ver de lejos el Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec, sin entrar esta vez pero imaginándome los murales. Pero, a ver, ¿cómo fue?

Salí en un vuelo de Avianca a las 9:00 y algo, un viernes, una trampa, una semana corta, y a saber que iría a pasar cuando regresara, o cómo iba a hacer si me compu no quiso encender y ya no la llevé… Y, extrañamente, se sentí tarde aunque era temprano. Por primera vez andaba deambulando en la Colonia Roma Norte, tan apacible a eso de las 2 de la tarde con ese clima de invierno que no quiere. Sentados en un Bisquet’s sobre Álvaro Obregón, comí por 50 pesos y escuché las noticias: murió el Chavo del 8. El nombre “Roberto Gómez Bolaños” se oía en las noticias de las teles colgantes y se recitaban anécdotas relativas a sus personajes del Chavo y Chespirito, cosas que me recuerdan lejanamente a mis 4 años y muy claramente a platicar con Roberto Rueda Monreal sobre crecer en México en esa época en la que “chingaban a los que estábamos chingados”. (Y esa noche Roberto y Vicky dijeron que qué rico como picaba ese chile que hasta te dormía los labios, del que yo me aparté, la Salvadoreña que no aguanta ese chile-que-te-duerme-la-boca.)

Estuve viendo el techo un rato, abrazando al tiempo muerto entre dejar las maletas y alistarnos y vestirnos e irnos. Hotel Milán, se llamaba, tal como dice el papel de carta que me embolsé y que tengo engavetado junto a brochures y mapas y papeles y cartas postales de 18 días en el D.F., en Guadalajara, en Puebla. Algún exilio debemos tener dentro de la permanencia, ¿no? Este exilio empezó en Álvaro Obregón y con una caminata, descubriendo el Delirio de Mónica Patiño, los Roma Reccords, el camino al metro y al metrobús, los desvíos, las calles perpendiculares y paralelas que acogían a las tiendas de diseño y de segunda mano. Me quería casar con los abrigos de lentejuelas, para bailar Janis Joplin y Joan Baez vistiendo zapatos hechos a mano, sobre Jalapa, Colima, la azotea de American Apparel, las tortas de El Delirio, la plaza Río de Janeiro. Ajá, yo nunca había caminado por Condesa. “Condesa” me sonaba a anécdotas de vivir en apartamentos con terraza, a callecitas y cafecitos, a que quedaba lejos de la Narvarte, y a esa vez que fui a escuchar la conferencia de “Traducción y exilio” Danielle  Risterucci Roudnicky en Casa Refugio Citlaltépetl. Danielle, mi chera, era una señora con aquella inteligencia simpática que logra exponer relaciones de autores, obras, traducciones de manera que despierta sonrisas cómplices, como si entendiéramos todos los fenómenos literarios que ella ve. Mi abuelo escribió en el exiio, en México, me dije, pero nunca logré relacionar eso a las anécdotas de Danielle sobre Alemania ocupada ni el trabajo de Nabokov… pero, en fin, esa es otra historia.


(¿Ya viste como YouTube ahora te impone cosas? Estoy escuchando una canción, acaba y empieza otra, sin que me lo pregunte…)

Y me acostumbré a la Roma Norte. Puedo decirte cómo llegar de allí al Sur, cómo llegar a Chapultepec vía Zona Rosa y Reforma, cosa que no tiene muchísimo mérito tampoco pero que es más chivo mientras más lo haces y te haces, por ende, fan del café americano de 8oz de Cielito Querido café, y buscas soluciones en Reforma 222, soluciones como Birdman de Alejandro Gonzáles Iñarrítu. (Es que fuimos al Museo de Arte Moderno (MAM), en el marco de los 50 años del museo, y estaban las Fridas y Leonora Carrington en la colección permanente; y después fuimos al Museo Tamayo a ver “Cuidate mucho” de Sophie Calle y “Obsesión Infinita” de Yayoi Kusama, porque #YayoiEnElTamayo) ¿Algo más snob que un día de museos y cines? De seguro sí. Los snobs reales lo podrán decir, criticar, hacer un review de lo que hacemos mal, como un manual de Cosas Snob que hacer en el D.F.

Como asistir a una sesión de teatro experimental, “Las Memor”, en el concept store I.L.M. y en eso salir en su video promocional. En un espacio muy reducido, al fondo de dicha boutique, el público se sentó en círculo y escuchamos monólogos entrelazados que contaban la historia abstracta del proceso de recordar, buscar, olvidar, soltar y muchas veces llorar. Dan ganas de volver, dan ganas de más. Y cuando estés en Coyoacán, tratá de ir a la Cineteca, porque mi día en Coyoacán se fue en la Casa Azul y encontrar El arte de la novela de Milan Kundera en dos segundos, allí en la librería El Sótano no muy lejos del mercado. También me la pasé en el mercado y en la fuente de los Coyotes y en el otro mercado, pero no encontré pozole. Esta es la hora que no he comido pozole. Al menos puedo decir que comí gorditas, churros, quesadillas con huitlacoche, quesadillas con rajas, nopales, tacos de barbacoa y otros bocadillos especiales, junto a Paco, hispanoafónico como yo, de mis personas favoritas en el mundo. Y vamos, Paty, aprovechemos el tiempo, te voy a llevar a conocer San Ángel.

Ese día terminó con una cena en MOG, el sitio de comida oriental en el que tuve una cena excesiva, aprovechando el éxito, el triunfo de haber conseguido mesa en el “lugar que siempre pasa lleno, que nunca tiene mesas, que se puede dar el lujo de tratarte mal porque es tan rico que la gente siempre llega.” Ese día fue más productivo que el último viernes en el D.F. en el que pasé en cama, en agonía. Julio me dijo que llegáramos al Bósforo, mezcalería a 5 minutos de Bellas Artes, una cortina gris en la esquina opuesta a un 7 Eleven. Un espadín joven y una botella de Victoria y luego, los seguimos, y caminamos hasta llegar a un edificio en estado crítico, pagar 50 pesos y entrar a una fiesta que respiraba la versatilidad de  mezclar una banda de punk en el sótano, con un Dj y electro-rock-pop en el segundo piso, con gritos y bailes en la azotea. Café Tacuba, Plastilina Mosh, Chichi Peralta, Molotov, Kinky… y todos cantaban y bailaban al unísono. Me dieron una cerveza, luego otra, luego otra. Cuatro cervezas y yo estaba bailando Diana Ross y Michael Jackson con un mi nuevo amigo 2 años mayor que yo, con quien habíamos encontrado el amor por el baile (yo, que no bailo). Los amigos de mi nuevo amigo me subieron a su carro y me dieron aventón hasta la calle Jalapa, para que yo prosiguiera con deambular y encontrar el camino de regreso a Álvaro Obregón. Amanecí en una dinámica de “de-la-cama-al-baño-de-la-cama-al-baño” y solo logré despertarme en la noche por el compromiso con las entradas al teatro que teníamos. Juan Marco, lo hice por ti. “De verdad perdí la cuenta de cuántas veces he visto esta obra”, me dijo; era mi primera vez viendo Mentiras, una comedia musical en la que regresamos a los 80’s para ver a 4 mujeres descubrir las mentiras de un hombre que las engañaba a todas. “La verdad es que todas aquí tienen motivos para matarme”.


Patricia Trigueros

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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