Como en Cali

El Río emblemático de Cali que usaron de referencia cuando
me explicaron que el agua en Cali es lo máximo
A mí me encantan las palmeras. Me fascinan y no, no voy a entrar en detalles de cómo se mueven con el viento y cuántas diferentes especies existen… (Y cuando fui al jardín botánico de San Salvador por primera vez, me les quedé viendo a las palmeras altísimas desde mi 1 metro 53, sin entender cuáles eran las diferentes especies, perpleja y perdida, como en Cali, Colombia…) pero sí diré que por años he andado diciendo “Me voy a tatuar una palmeras. Porque me gustan.” No tengo tatuajes, pero sí tengo una profunda admiración volátil por las características del clima tropical y sus altos y bajos y la sensación de libertad, de escape, de estar pero no estar. Tan lindas que son, esas palmas que amo como la palma de mi mano.


Hoy me desperté soñando. No, no en un sueño sino más bien me desperté y se estaba prolongando este sueño en el que yo vivía en Cali, Colombia, donde hay muchas palmeras. Me había decidido, después de un rato, por vivir en el Sur, aunque consideré por un rato si no fuera mejor vivir al Norte, en el Barrio Granada, en mi concepción macheteada de lo que puede ser esta ciudad llena de palmeras (unas altas, otras con follaje más frondoso, otras más pequeñas y unas más estáticas e inmunes, al parecer, al cambiante clima tropical encerrado en un valle.) La ciudad está atrapada entre montañas y colinas y cerros y si viviera yo en el Sur de Cali viviera cerca de Maria del Mar y de Cali Limonar, por la Pasoancho, ¿cómo es que se llama? Llamaríamos a María Clara y haríamos una vez más el chistecillo inspirado en Cristóbal Colón, ese de “henos aquí Las Tres Marías” (pues, como alguno saben, yo me llamo Patricia María) y fuéramos a comer pan de bono y pan de yuca justo allí a la Casa del Pandeyuca, pronunciados “pan dei buono” y “pan de yuquei” en una jerga privada mía que casi nadie conoce. La mamá de María del Mar hubiese preferido que fuéramos a otra panadería, pero no le hicimos caso. Otro día, estaríamos las tres Marías sentadas, bien galán, en la terraza de Crepes & Waffles, Barrio El Peñón, comiendo un brunch imaginario (pues resulta que solo son los domingos.)


I love Pan de bono, así va a decir mi camiseta autodiseñada en honor a ese bollo de harina de trigo relleno de queso, exquisito. Creí que las almojábanas (que probé en Francia con chocolate caliente, elementos importados que eran un lujo dentro del apartamento cholero de estudiantes colombianos) eran el amor de mi vida, hasta que conocí al pan de bono. Aunque, ahora que lo pienso, es posible tener varios amores: en el aeropuerto de Cali Alfonso-no-sé-qué, desayuné con mis anfitrionas un tinto acompañado de almojábanas y pan de bono. Que era una tortita de masa de maíz con queso, dijo la mamá de Mária cuando le pregunté, ignorante, por la definición de una almojábana.
***
Los planes de Ay, sí, vámonos a Cali y Yo voy a llegar al Salvador fueron enunciados por primera vez en Mayo del 2007, época en la que nada tenía sentido y hablábamos de magos y de profecías autocumplidoras y habían borrachos en una piscina inflable para niños. Y se replicaban en el tiempo estos ecos pero pasó que era febrero 2015 y yo seguía sin conocer Cali. Maríadelmar, me vale verga lo que digas, yo te vuir a ver. Y llegué hecha pija, partida en mil pedazos por la fiebre amarilla o, bueno, por esa inyección obligatoria contra la fiebre amarilla que me pusieron 24 horas antes de viajar en una unidad de salud. Sí, sí estoy, bien; viajé vía PTY y llegué a salvo a CLO (muy a pesar de que cuando el avión aterriza siento que se va a estrellar y que seré la primera en morir)... pero mi apetito estaba destruido y ese estado migrañoso, nauseabundo y deprimente me duró un par de días.
Compramos puchos, pasamos por Lugar a dudas, arte y vacilaciones y nos sentamos en Bourbon’s (que no se llama así) a intentar oír Aterciopelados y Andrea Echeverri como cuando alguna vez María del Mar me cantó “Maligno”, apasionada; pero quedémonos aquí afuera, para poder fumar. La fiebre amarilla no me detiene y, además, prefiero el sonido de conversaciones ávidas que el de las bandas, porque en algún momento me convertí en la chava que llega a oír música pero se queda afuera platicando. Pasa en La Casa Tomada (la de El Salvador, no la de Cortázar), pasa en Cali; pasa en la vida real.


Esa noche aprendí mucho acerca de los tenis New Balance y a la vez no entendí nada, más con la moneda colombiana confusa. Todo es miles de miles de pesos. Yo era millonaria y a la vez una pobre turista. Logré ver un poco del norte y un poco del centro y escuché atenta lo que me iban contando. Luego, cuando me hacían preguntas, yo podía responder como buena alumna que La Tertulia es el museo de arte contemporáneo, que se llama así porque fue fundado por intelectuales que se reunían regularmente a platicar. Hoy allí hay exposiciones y talleres, y queda contiguo a la cinemateca de Cali, y hay un teatro al aire libre que me hizo sentir como dramaturga griega. Me faltaron las máscaras, el coro y más audiencia, pero sí hice un performance.


Otra noche, aprendí sobre el Boulevard del Río, y comí empanadas y descubrí la lulada. El lulo es una fruta extraña, ácida y dulce, que no se parece ni al maracuyá ni al kiwi, pero de cierta forma sí. Yo me tardo mil años en consumir líquidos y ondas así pero la lulada me la devoré en dos segundos. Fue un click instantáneo, así como cuando conocés a alguien con quien, por alguna razón, encajas. Descubrí que amo las empanadas y las cosas fritas en Cali, que luego experimenté cerca del Parque del Perro (en medio del cual hay una estatua de un chucho), no muy lejos del zoológico de Cali, al cual los veganos le temen pero que emociona a tantas otras persona. Allí fue que me tomé una foto con las cebras expresando el concepto veranero “Safari glam”, algo que de seguro la revista Vogue o Vanidades identificó antes de que yo lo expresara. La ida zoologística terminó con Paty comiendo un helado de maracuyá y lulo. Creo haberme divertido más que Simón, el callado niño de 7 años que nos acompañó ese día. Simón hubiera preferido tener más privacidad y no estar con las amigas de su tío, pero me imagino que habrá aprendido a hacerle frente a este tipo de adversidades.


También me tomé una foto con la fachada colonial del museo de Arqueológico La Merced, allí en el centro, una estructura blanca de un piso escondido entre edificios más grandes poscoloniales que rodean el centro (que incluyen el estilo que busca imitar lo gótico de la Ermita, el teatro Jorge Isaacs con el romanticismo de sus novelas, el puente Ortiz que Maria del Mar ama y que la hace sentir como heroína romántica, porque le llega el drama; y el Palacio de No-me-acuerdo-qué-pero-digamos-que-se-llama-Justicia, anacrónicamente pintado de blanco cuando en el siglo 18 las fachadas no eran de ese blanco pulcro colonial) Allí adentro de La Merced aprendí sobre los rituales de muerte y entierro y también del arte precolombino que varía de un punto de Colombia a otro. (Los indios Nariño pintaban de una manera distinta a los que habitaban la costa, cuyos artefactos suelen no ser pigmentados, lucen el color de la arena costera) y, ¿qué más? Por allí fue que probé jugo de caña por primera vez y también chontaduro. Del jugo puedo decir que me sabe a tranquilidad y a limonada, mientras que el chontaduro –”No le va a gustar, pero que lo pruebe”– me arrugó la cara, ¡qué asco! Sabe a jocote y a camote y no entiendo por qué ha de llevar sal. ¿O es que acaso si hubiera yo nacido en Cali me sintiera distinta al respecto? A la mara Caleña colombina* les gusta.
*colombino/a es un adjetivo sinónimo de Colombiana


Y fue por allí en el centro que fui a escuchar un concierto de Semana Santa de la Orquesta Filarmónica de Cali, por el Maestro Eugene Sirotkine (porque en Cali como en San Salvador aplauden el trabajo del extranjero). Abrió con un concierto de Johann Sebastian Bach, al que le siguió un canto para orquesta de cuerdas de Roberto Pineda Duque, a quien yo no conocía pero hoy sé que se trata de un compositor moderno (1910-1977) de Colombia. Por último, escuchamos la sinfonía nº 4 de Johannes Brahms, y eso fue lo que más me gustó. ¡Todos a escuchar Brahms sin parar!


Pero como me gusta la música clásica pero también me sé divertir, fui un jueves a un bar. Era el cumpleaños de Lina, y coincidí con 4 personas que no veía en miles de años, ¿qué mejor razón para ir de rumba?


Mentiras, no sé mucho cómo divertirme, no soy buena siguiendo la fiesta y así. Mikasa bar se veía alegre, el lugar me encantó y la música también. Pero no bailo, solo hago movimientos incómodos, y adentro no había mesa entonces, igual, ¿por qué no quedarnos afuera? Allí no se escucha la música pero está el sonido de nuestras anécdotas, e igual no estaba tomando alcohol así que Tomá, Adolfo, te invito a una cerveza y pedime una agua mineral. Ya después sentí una amenaza de migraña –como unas uñas arañando una pizarra verde– y estaba sonriendo pero bostezando, una expresión rara de la diversión así que le dije a Maria del Mar, mi querida anfitriona cuyo nombre no tildo, que la verdad prefería regresar a la casa en vez de ir a bailar hasta el amanecer. Comprensible, viniendo de mí, ¿no? Luego, en el apartamento en Limonar, seguí con esto de lo que me jacto: fumar y hablar (con Maria del Mar, hasta separarnos para tener insomnio cada quien por su lado).


Podríamos ser roommates, pero después de un rato ya no me atendiera con eso de cocinarme arepas al desayuno, ni me mostrara las colinas que abrazan la ciudad con esas leyendas de que el Diablo bailaba en las montañas entonces había que protegerla con monumentos de Cristo y parroquias y cruces, ni me llevara nadie a pasear en carro y reconocer las características de cada una de las zonas de Cali. Adiós, estadio de los juegos Panamericanos de 1971; Nos vemos, laguna de la babilla y hasta luego, comida deliciosa. Y esta vez sí usaré mi blusa con palmeras, a la que señalé diciéndole a Maria "mi blusa con muchas palmeras..." y ella dijo "...Como en Cali."

Palmeras en la Plaza de Caicedo en el Centro de Cali, con el edificio anacrónico atrás
Patricia Trigueros

Patricia Trigueros

105 lbs, Sagitario, 1m56. Paty Stuff son las cosas que llenan mi agenda, las reseñas y anécdotas que lo recuentan. Hablo español, inglés, francés y spanglish. Me exilié en Francia por cuatro años y al regresar caí en copy publicitario, entre otras cosas. Redacto, escribo, traduzco, me río, tomo mucho café, soy una fumadora de medio tiempo y como como señorita pero tomo caballero.

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